
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
El peligro de la desmotivación espiritual entre hermanos
Willie A. Alvarenga
Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor, es el peligro de la desmotivación espiritual entre hermanos. ¿Cuál es la idea detrás de esta expresión? Por desmotivación espiritual nos referimos a la falta de ánimo, apoyo y aliento entre los miembros del cuerpo de Cristo. Hablamos de hermanos que no toman el tiempo para fortalecer, animar y edificar a su familia espiritual en el Señor. Esta actitud puede parecer insignificante a primera vista; sin embargo, sus consecuencias pueden ser devastadoras para la salud espiritual de una congregación.
Las Escrituras tienen mucho que decir acerca de este asunto. Por ejemplo, el escritor a los Hebreos exhortó a la iglesia diciendo: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras” (Heb. 10:24). Observe cuidadosamente el texto. Dios no solamente nos manda a amarnos unos a otros, sino también a pensar en maneras prácticas de motivarnos espiritualmente. La palabra “considerémonos” implica prestar atención a las necesidades de nuestros hermanos para ayudarles a permanecer fieles al Señor.
El apóstol Pablo escribió a la iglesia en Tesalónica: “Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis. Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros. También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos” (1 Tes. 5:11-14). Esta porción de la Escritura nos recuerda el deber que tenemos de edificarnos mutuamente. También nos enseña que existen hermanos que necesitan ser alentados porque atraviesan momentos de debilidad, tristeza o desánimo.
Lamentablemente, algunos cristianos se han acostumbrado a asistir a los servicios de adoración sin tomar tiempo para animar a nadie. Llegan, adoran y se retiran sin ofrecer una palabra de consuelo, gratitud o motivación. Esta actitud es contraria al espíritu del Nuevo Testamento. Dios desea que seamos instrumentos de ánimo para nuestros hermanos. Bernabé es un excelente ejemplo de esto. Su nombre significa “hijo de consolación” o “hijo de exhortación” (Hechos 4:36). Gracias a su disposición para animar a otros, muchos fueron fortalecidos en la fe y la iglesia fue edificada.
¿Cuánto tiempo toma usted para expresar aprecio y ánimo a los ancianos, diáconos, predicadores y maestros de la congregación? Ellos enfrentan numerosas luchas, responsabilidades y desafíos en su labor para el Señor. Los ancianos velan por las almas como quienes han de dar cuenta (Heb. 13:17). Los predicadores trabajan arduamente en la enseñanza de la Palabra (2 Tim. 4:1-5). Los maestros dedican tiempo y esfuerzo para instruir a la iglesia. Todos ellos necesitan nuestras oraciones, nuestro apoyo y nuestras palabras de ánimo.
Muchas veces nuestros hermanos atraviesan aflicciones, enfermedades, dificultades familiares, problemas económicos y pruebas espirituales. En tales momentos, unas palabras de aliento pueden producir un impacto enorme. Proverbios 12:25 declara: “La congoja en el corazón del hombre lo abate; mas la buena palabra lo alegra”. Asimismo, Proverbios 16:24 enseña: “Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos”. Nunca debemos subestimar el poder de una palabra de ánimo pronunciada en el momento oportuno.
¿Cómo podemos motivarnos unos a otros? Considere las siguientes sugerencias:
(1) Obedeciendo el mandato de animarnos mutuamente (1 Tes. 5:11-14; Heb. 10:24-25).
(2) Haciendo saber a nuestra familia espiritual que oramos por ellos (Ef. 6:18; Col. 4:12).
(3) Evitando acciones, palabras o actitudes que produzcan desánimo en nuestros hermanos (3 Jn. 9-10; 2 Tim. 4:10, 14, 16).
(4) Amando a nuestros hermanos como Cristo nos ha amado (Jn. 13:34-35).
(5) Considerándolos como superiores a nosotros mismos (Fil. 2:1-4).
(6) Haciéndoles saber cuánto los apreciamos y valoramos (Fil. 1:7-8).
(7) Llorando con ellos y gozándonos con ellos (Rom. 12:15; 1 Cor. 12:26).
(8) Hablando palabras que edifiquen y produzcan gracia a los oyentes (Ef. 4:29).
(9) Llevando las cargas los unos de los otros (Gál. 6:2).
(10) Exhortándonos cada día para que ninguno se endurezca por el engaño del pecado (Heb. 3:13).
(11) Mostrando hospitalidad y bondad hacia nuestros hermanos (1 Ped. 4:9; Rom. 12:13).
(12) Expresando gratitud por el trabajo y servicio de los demás (1 Tes. 5:12-13).
Con frecuencia no nos damos cuenta de la influencia positiva que pueden tener unas palabras de ánimo. La fe de muchos es fortalecida cuando comprenden cuánto son amados y apreciados por sus hermanos en Cristo. En ocasiones, un simple mensaje de texto, una llamada telefónica, una visita o un apretón de manos acompañado de palabras sinceras puede marcar una gran diferencia en la vida de alguien que está luchando.
Por lo tanto, se anima al pueblo de Dios a tomar tiempo para fortalecer a su familia espiritual. Tome algunos minutos para enviar un mensaje de ánimo a un hermano o hermana. Haga saber a otros que usted agradece su trabajo y fidelidad al Señor. Le aseguro que sus hermanos en Cristo apreciarán grandemente ese gesto de amor.
Recordemos que juntos corremos la carrera que nos conduce al cielo. Ninguno de nosotros llegará solo. Necesitamos el apoyo, las oraciones y el ánimo de nuestros hermanos. Luchemos unidos y nunca dejemos de motivarnos los unos a los otros. Que cada congregación procure estar llena de “Bernabés”, hombres y mujeres comprometidos con fortalecer la fe de aquellos que les rodean.
En lo personal, agradezco a todos mis hermanos y hermanas en Cristo que a través de los años han tomado el tiempo para brindarme palabras de ánimo. Dios les bendiga por ser verdaderos “hijos de consolación”. Que el Señor nos ayude a todos a ser instrumentos de aliento, esperanza y edificación para Su pueblo.
btsop2004@gmail.com
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
El Problema de los Cristianos Calienta Bancas
Willie A. Alvarenga
Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor, es el problema de los cristianos “calienta bancas”. ¿Qué significa esta expresión? La idea detrás de ella describe a miembros de la iglesia que solamente asisten a los servicios de adoración, pero tienen poca o ninguna participación activa en la obra del Señor. Por obra del Señor nos referimos a responsabilidades tales como el evangelismo personal, la enseñanza de clases Bíblicas para diferentes edades, la preparación o compra de alimentos para los convivios de la iglesia, la limpieza después de eventos congregacionales, la ayuda con decoraciones para ocasiones especiales, la participación en los servicios de adoración, la bienvenida a los visitantes, la promoción de actividades de la iglesia en las redes sociales, el ofrecimiento de ayuda a los ancianos y diáconos, la visita a los enfermos, el ánimo a los desanimados, la ayuda a los nuevos convertidos para que crezcan espiritualmente, y muchas otras oportunidades de servicio. Esta lista cubre solamente algunas de las muchas maneras en que los cristianos pueden contribuir activamente a la obra del Señor.
Tristemente, muchos miembros de la iglesia se conforman con simplemente asistir a los servicios y luego regresar a sus hogares sin mayor participación. Otros ni siquiera asisten regularmente y, cuando lo hacen, su única contribución es ocupar un asiento. Algunos asisten fielmente, pero dedican su tiempo a criticar a la congregación en lugar de animarla. Hermanos, esto no debería ser así.
Los miembros fieles de la iglesia del Señor deben asistir regularmente a los servicios de adoración (Hebreos 10:25; Mateo 6:33; Colosenses 3:1-4). Sin embargo, nuestro servicio a Dios va mucho más allá de simplemente estar presentes. El cristianismo nunca tuvo la intención de ser una religión de espectadores. Cada cristiano ha sido llamado a servir, crecer y contribuir al bienestar espiritual de la congregación. El Nuevo Testamento enseña que cada miembro tiene una función dentro del cuerpo de Cristo (Romanos 12:4-8; 1 Corintios 12:12-27). Así como cada parte del cuerpo humano tiene un propósito, cada cristiano posee habilidades y oportunidades que pueden ser utilizadas para la gloria de Dios.
Los cristianos del primer siglo procuraban ser útiles tanto dentro como fuera de la asamblea de adoración. Su dedicación fue extraordinaria, dando como resultado crecimiento espiritual y numérico para la gloria de Dios. Esto es exactamente lo que observamos a lo largo del libro de los Hechos. Vemos cristianos enseñando a otros (Hechos 8:4), animando a los creyentes (Hechos 11:22-24), ayudando a los necesitados (Hechos 2:44-47) y trabajando juntos para esparcir el evangelio por todo el mundo (Hechos 17:6). La iglesia primitiva estaba compuesta por obreros activos, no por observadores pasivos.
Uno de los mayores peligros de convertirse en un cristiano calienta bancas es el estancamiento espiritual. Un cristiano que no sirve frecuentemente deja de crecer. Dios espera que Su pueblo madure espiritualmente y produzca fruto en Su reino. Jesús enseñó: “En esto es glorificado Mi Padre, en que llevéis mucho fruto” (Juan 15:8). Cuando los cristianos no participan activamente en la obra del Señor, se privan de oportunidades para crecer, animar a otros y glorificar a Dios.
Además, las Escrituras condenan repetidamente la pereza espiritual. El siervo que enterró su talento en lugar de utilizarlo fue reprendido por su señor (Mateo 25:24-30). La iglesia necesita obreros dispuestos a dedicar su tiempo, talentos y recursos a la causa de Cristo. El apóstol Pablo exhortó a los cristianos a estar “firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre” (1 Corintios 15:58). Observe que Pablo no animó a una participación ocasional, sino a una dedicación continua a la obra del Señor.
¿Qué pueden hacer los cristianos para evitar caer en el error de simplemente calentar una banca en la iglesia del Señor? Considere lo siguiente:
- Cultive un profundo amor por Dios (Marcos 12:30). El amor genuino por Dios motivará un servicio activo y una obediencia fiel.
- Recuerde que Dios desea un crecimiento continuo en Su obra (1 Corintios 15:58; 2 Pedro 3:18).
- Tenga presente que la ociosidad en la obra del Señor no produce fruto para la gloria de Dios (2 Pedro 1:5-11; Tito 3:14).
- Recuerde que la falta de crecimiento espiritual puede impedir la entrada al cielo (2 Pedro 1:10-11; 2 Timoteo 4:7-8).
- Cultive un profundo amor por la iglesia del Señor, recordando que Cristo murió por ella (Hechos 20:28; Efesios 5:25).
- Descubra y desarrolle las habilidades que Dios le ha dado para ponerlas al servicio de los demás (1 Pedro 4:10-11).
- Propóngase animar al menos a una persona cada semana (Hebreos 3:13; 10:24-25).
- Involúcrese activamente en el evangelismo y en compartir el evangelio con otros (Mateo 28:19-20; Hechos 8:4).
- Ore regularmente por oportunidades para servir y por la sabiduría necesaria para reconocerlas (Colosenses 4:2-6).
- Recuerde que un día todos daremos cuenta de nuestra mayordomía delante de Dios (Romanos 14:12; 2 Corintios 5:10).
Dios no quiere cristianos que simplemente calienten bancas. Él desea siervos fieles que glorifiquen Su nombre mediante vidas de dedicación, servicio y crecimiento espiritual. La iglesia es más fuerte cuando cada miembro participa activamente en la obra del Señor. Por lo tanto, esforcémonos cada día por darle a Dios lo mejor de nosotros, sabiendo que nuestro trabajo en el Señor no es en vano (1 Corintios 15:58). Que nunca nos conformemos con simplemente ocupar un asiento cuando Dios nos ha llamado a ocupar un lugar de servicio en Su reino.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR: Arrastrar a la hipocresía a los miembros de la iglesia por Willie A. Alvarenga
Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista de cosas que perjudican a la iglesia del Señor es la de arrastrar a otros hermanos a la hipocresía y al error. Este problema no es nuevo; ha existido desde los tiempos del cristianismo primitivo y ha causado grandes divisiones, tropiezos y daños espirituales dentro del cuerpo de Cristo. Cuando hermanos con influencia, liderazgo o reputación espiritual practican conductas contrarias a la voluntad de Dios, muchas veces terminan influyendo negativamente en otros miembros de la congregación. Por esta razón, la Biblia exhorta a cada cristiano a vivir con integridad y cuidado, reconociendo que nuestras acciones afectan a quienes nos rodean.
El apóstol Pablo escribió lo siguiente a los hermanos en Galacia:
“Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos” (Gálatas 2:11-13).
Muchos conocemos lo que sucedió en este contexto. El apóstol Pedro, por temor a ciertos judíos, comenzó a actuar con hipocresía al apartarse de los cristianos gentiles. Pablo tuvo que resistirlo públicamente porque su conducta no estaba conforme a la verdad del evangelio (Gál. 2:14). El propósito de este artículo no es analizar todos los detalles del contexto, sino considerar una de las consecuencias más peligrosas de la hipocresía: la influencia negativa que puede ejercer sobre otros cristianos.
El texto declara que “aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos” (Gál. 2:13). La palabra “arrastrado” implica ser llevado juntamente con otros hacia una conducta equivocada. El término “simulación” denota actuar hipócritamente junto con otros, fingir o participar colectivamente en una práctica incorrecta. Esto nos enseña una lección muy seria: el pecado y la hipocresía pueden propagarse rápidamente dentro de una congregación cuando no son confrontados Bíblicamente.
El caso de Bernabé hace aún más impactante este incidente. Bernabé era conocido como un cristiano ejemplar. La Biblia lo presenta como un hombre generoso que ayudó a los necesitados (Hch. 4:36-37), un hermano que apoyó al apóstol Pablo cuando muchos le tenían temor (Hch. 9:26-27), un “varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe” (Hch. 11:24), y un fiel defensor del evangelio (Hch. 15). Sin embargo, aun un hombre tan espiritual como Bernabé pudo ser influenciado negativamente por la conducta de otros. Esto demuestra que ningún cristiano debe pensar que está completamente inmune al peligro de ser arrastrado al error (1 Cor. 10:12).
Hoy en día sucede lo mismo en muchas congregaciones. Hay hermanos que poseen gran influencia debido a su antigüedad, conocimiento Bíblico, amistad cercana o posición dentro de la iglesia. Cuando tales hermanos comienzan a practicar actitudes pecaminosas o promueven ideas contrarias a la sana doctrina, otros terminan siguiéndolos ciegamente. Algunos arrastran a otros al desánimo, la crítica constante, la división, el liberalismo doctrinal, la mundanalidad, el favoritismo, la rebeldía contra la autoridad Bíblica o la apatía espiritual.
La Biblia advierte repetidamente acerca del peligro de las malas influencias:
- “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Cor. 15:33).
- “Un poco de levadura leuda toda la masa” (Gál. 5:9).
- “No participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas” (Ef. 5:11).
- “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:15).
Es triste observar cómo algunas congregaciones han sufrido divisiones y conflictos porque ciertos hermanos influyentes persuaden a otros a seguir caminos incorrectos. En ocasiones, hermanos respetados utilizan su influencia para sembrar descontento, hablar mal de otros, cuestionar decisiones Bíblicas, o promover actitudes carnales. Tales acciones dañan profundamente la unidad y la espiritualidad de la iglesia. Pablo exhortó a los hermanos: “Os ruego, pues, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Rom. 16:17).
También debemos reconocer que la hipocresía no solamente perjudica al que la practica, sino también a los nuevos convertidos y a los débiles en la fe. Jesús habló severamente acerca de aquellos que hacen tropezar a otros:
“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera si se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mt. 18:6).
Cada cristiano debe examinar cuidadosamente el impacto de su ejemplo. Nuestras palabras, actitudes y acciones pueden fortalecer o destruir la fe de otros. Por esta razón, Pablo escribió: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Cor. 11:1). Todo cristiano debe procurar ser una influencia piadosa y no un tropiezo para la iglesia.
¿Qué lecciones podemos aprender de Gálatas 2:13 respecto al peligro de arrastrar a otros a la hipocresía?
- Aun hermanos fieles pueden ser arrastrados al error.
Nadie debe confiar excesivamente en sí mismo (1 Cor. 10:12). - Los hermanos con influencia pueden afectar positiva o negativamente a otros.
El ejemplo tiene un enorme poder dentro de la congregación (1 Tim. 4:12). - No debemos seguir ciegamente a ningún hombre.
Nuestra lealtad suprema debe ser siempre hacia Cristo y Su Palabra (Hch. 5:29). - Cuando un hermano anda desordenadamente, debe ser exhortado con amor y firmeza.
Pablo corrigió públicamente a Pedro porque el daño era público (Gál. 2:11-14). - La hipocresía puede extenderse rápidamente dentro de la iglesia.
El pecado tolerado termina contaminando a otros (1 Cor. 5:6). - Cada cristiano debe cuidar su influencia.
Jesús enseñó que somos luz del mundo y sal de la tierra (Mt. 5:13-16). - La unidad verdadera solamente puede existir cuando todos andamos conforme a la verdad del evangelio.
La unidad sin verdad no agrada a Dios (Jn. 17:17; Ef. 4:1-6).
La iglesia del Señor en muchos lugares ha sido lastimada y obstaculizada en su trabajo espiritual por causa de hermanos que no se conducen conforme a la voluntad de Dios y que además influyen negativamente sobre otros. Por esta razón, cada cristiano debe orar constantemente a Dios para nunca convertirse en instrumento de división, hipocresía o tropiezo dentro de la congregación.
Procuremos más bien ser cristianos fieles que animen a otros a permanecer firmes en la verdad, el amor y la pureza espiritual. Que nuestro ejemplo siempre conduzca a otros más cerca de Cristo y nunca lejos de Él.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
Introducción a la serie de artículos para el año 2026
Willie A. Alvarenga
Este es el primer boletín del año 2026, en el cual se introduce una nueva serie de artículos que abordarán el tema de las prácticas que lastiman la iglesia del Señor. En la portada principal del año, los artículos tratarán de manera breve algunos de los retos que enfrentan nuestros jóvenes en la actualidad. Ambos temas deberán ser examinados cuidadosamente a la luz de las Escrituras y, al mismo tiempo, considerados con seriedad en nuestros corazones, evaluando su importancia y aplicación en nuestra vida cristiana.
En lo personal, expreso mi más sincero agradecimiento a todos los hermanos y hermanas que, durante el año 2025, tomaron el tiempo para leer y reflexionar sobre los artículos incluidos en el boletín semanal. También agradezco a quienes respondieron al boletín de la semana pasada y se acercaron para compartir sus comentarios y sugerencias. Gracias por mostrar un interés genuino en su crecimiento espiritual. Lamentablemente, no todos los cristianos muestran esta misma disposición para crecer en el conocimiento de la Palabra de Dios (2 P. 3:18). Mi oración constante es que este no sea el caso con la iglesia aquí en Brown Trail. Como predicador, hermano en Cristo y siervo de todos, mi deseo es siempre lo mejor para cada uno de ustedes, y que su crecimiento espiritual glorifique a Dios por medio de sus vidas.
Durante este año, mi intención es escribir acerca de ciertas prácticas que tienen el potencial de lastimar a la iglesia del Señor. El propósito de esta serie es ofrecer una especie de “vacuna espiritual” que nos ayude a no contaminarnos con actitudes, conductas o enseñanzas que puedan dañar la iglesia y la obra que buscamos realizar para la gloria de Dios. A través de estos artículos aprenderemos cuáles son esas prácticas y qué podemos hacer para ser más que victoriosos sobre todo aquello que pueda afectar negativamente a la iglesia por la cual nuestro Señor Jesucristo dio Su vida en la cruz del Calvario.
Cada miembro del cuerpo de Cristo tiene la responsabilidad de cuidar la obra del Señor. Las consecuencias de dañar o destruir el Cuerpo de Cristo son sumamente serias. Esto lo vemos claramente en 1 Corintios 3:16-17, donde el apóstol Pablo escribe:
“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.”
Que Dios nos ayude a nunca adoptar prácticas que tengan el potencial de lastimar o destruir Su obra.
Cada artículo contará con aproximadamente 550 palabras, y, con la ayuda de Dios, todo este material será compilado en un libro al final del año. Damos gracias a Dios porque ya contamos con tres libros titulados “Meditando en las Escrituras”, correspondientes a los años 2023, 2024 y 2025, los cuales contienen todos los artículos publicados en el boletín de la congregación. Estos libros están disponibles en la página de internet de la iglesia.
Hermanos, les ruego que oren por mí, para que al preparar estos artículos pueda hacerlo conforme a la voluntad de Dios, enseñando siempre con fidelidad a Su Palabra (Tit. 2:1; 1 P. 4:11).
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La actitud pecaminosa Diótrefes
Willie A. Alvarenga
En la tercera carta del apóstol Juan, específicamente en los versículos 9 y 10, se presenta un claro listado de actitudes pecaminosas manifestadas por un individuo llamado Diótrefes. El texto inspirado declara lo siguiente:
“Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace, parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se los prohíbe, y los expulsa de la iglesia”.
A la luz de este pasaje, se puede identificar un conjunto de actitudes que estaban causando un daño significativo a la iglesia del Señor.
En primer lugar, se observa un amor desmedido por la preeminencia. A Diótrefes le agradaba ocupar el primer lugar entre los hermanos. Esta actitud contrasta directamente con la enseñanza de Jesucristo, quien exhortó a Sus discípulos a no imitar el modelo de liderazgo del mundo (Mr. 10:42-45). El Señor enseñó que la verdadera grandeza se manifiesta en el servicio humilde, recordándonos que Él mismo vino para servir y no para ser servido. El deseo de preeminencia inevitablemente conduce a actitudes que perjudican la armonía y la edificación de la iglesia.
En segundo lugar, se evidencia un rechazo claro y deliberado de la autoridad apostólica. Diótrefes se atrevió a rechazar al apóstol Juan, lo cual implica, en esencia, un rechazo de la Palabra de Dios. Juan fue designado apóstol por Jesucristo; por lo tanto, rechazar su autoridad equivalía a rechazar la autoridad del mismo Señor. Aquellos que adoptan una actitud similar a la de Diótrefes tienden a menospreciar la autoridad de las Escrituras y a hablar no conforme a la sana doctrina, sino según sus propios pensamientos y opiniones (1 P. 4:11; Tit. 2:1).
En tercer lugar, se puede notar una conducta pecaminosa caracterizada por el uso indebido de la lengua. El verbo “parloteando” implica la idea de denigrar, calumniar o hablar maliciosamente. La Biblia Textual emplea la expresión “denigrándonos con palabras maliciosas”; la versión Dios Habla Hoy dice: “anda contando chismes y mentiras contra nosotros”; mientras que la Nueva Traducción Viviente afirma: “y sus infames acusaciones contra nosotros”. Estas expresiones dejan claro que Diótrefes violó los principios bíblicos relacionados con el buen uso del lenguaje, los cuales condenan toda palabra corrupta, maliciosa o dañina (Ef. 4:29, 31; Mt. 12:36-37; Col. 4:5-6).
En cuarto lugar, se observa una marcada falta de hospitalidad hacia los hermanos. El texto indica que Diótrefes no los recibía, lo cual puede referirse tanto a la negativa de ofrecer hospitalidad en su hogar como al rechazo de aceptarlos en la congregación. Las Escrituras exhortan repetidamente a los cristianos a practicar la hospitalidad (Rom. 12:13; Heb. 13:2). Al negarse a hacerlo, Diótrefes transgredía la autoridad divina y contribuía al daño espiritual de la iglesia. Además, el texto señala que prohibía a otros hermanos recibirlos, reflejando una actitud controladora y divisiva que aún hoy se manifiesta cuando algunos se oponen a que los hermanos cultiven relaciones sanas dentro de la iglesia.
Finalmente, Diótrefes fue culpable de abuso de autoridad al expulsar de la iglesia a aquellos hermanos que no compartían su mentalidad pecaminosa. Usó su influencia de manera indebida para imponer su voluntad, provocando un grave daño a la obra del Señor. Tal conducta es completamente contraria a los principios del liderazgo bíblico.
El apóstol Juan estaba dispuesto a confrontar y reprender este tipo de actitudes que perjudican la iglesia de Cristo. De igual manera, los cristianos de hoy deben estar siempre preparados y dispuestos a señalar y corregir conductas pecaminosas que dañan la causa del Señor. Nunca se deben tolerar tales actitudes, sino promover aquellas que Dios enseña claramente por medio de Su santa y perfecta Palabra.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La actitud pecaminosa de Himeneo y Fileto – Apostasía y trastorno de la fe
(2 Timoteo 2:16-18)
Willie A. Alvarenga
En este artículo se abordará el tema de Himeneo y Fileto, dos personajes mencionados por el apóstol Pablo, quienes fueron responsables de causar daño a la iglesia del Señor. Pablo escribió lo siguiente acerca de ellos:
“Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2 Tim. 2:16-18).
A través de este pasaje se pueden identificar los pecados cometidos por estos hombres, los cuales perjudicaron la iglesia del Señor. Es necesario que el pueblo de Dios evite caer en prácticas semejantes.
En primer lugar, se observa la desobediencia a la Palabra de Dios al apartarse de ella. Pablo señala que Himeneo y Fileto “se desviaron de la verdad”. El verbo “desviaron”, en tiempo aoristo, indica una acción completa en el pasado y significa descarriarse, perder el camino o apostatar. Al desviarse de la Palabra de Dios, abandonaron la fidelidad que Dios merece y dejaron de ser un apoyo espiritual para la iglesia. La expresión “la verdad” se refiere al cuerpo de la doctrina de Dios que debe ser respetado y obedecido. La conducta de estos hombres presenta un mal ejemplo y ejerce una influencia negativa sobre los demás, ya que existe el riesgo de que otros hermanos sigan el mismo camino, causando perjuicio a la iglesia.
En segundo lugar, Himeneo y Fileto trastornaron la fe de algunos creyentes. Enseñaban falsamente que la resurrección ya se había efectuado, lo que provocó confusión y debilitamiento de la fe en Cristo. La palabra “trastornada” denota derribar, destruir o arruinar las convicciones del corazón. Estos hombres no consideraron el daño espiritual que causaban a la comunidad de creyentes. La enseñanza de falsa doctrina está prohibida por la Palabra de Dios, la cual enfatiza que solo debe enseñarse la sana doctrina (Tit. 2:1; 2 Tim. 1:13; 1 P. 4:11; 2 Jn. 9-11).
La conducta de Himeneo y Fileto es un ejemplo claro de cómo la apostasía y la falsa enseñanza pueden dañar la iglesia. Su desobediencia y tergiversación de la verdad provocaron trastornos en la fe de los hermanos y pusieron en riesgo la integridad espiritual de la comunidad. Por ello, los cristianos deben permanecer firmes en la sana doctrina, obedecer la Palabra de Dios y cuidar de no ser instrumentos de confusión o división en la iglesia. La fidelidad a la verdad y la protección de la fe de los hermanos son esenciales para la salud y crecimiento de la obra del Señor.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
Las mentiras y la mala influencia de Ananías y Safira
(Hechos 5:1-11).
Willie A. Alvarenga
La historia de Ananías y Safira ha quedado marcada en los primeros años de la iglesia del Señor como una seria advertencia contra la práctica de la mentira. Este relato muestra cómo un matrimonio decidió trabajar unido, no para honrar a Dios, sino para mentirle a Él, al Espíritu Santo y al apóstol Pedro acerca del precio por el cual habían vendido una heredad (Hch. 5:3–4, 9). Ambos se pusieron de acuerdo para engañar (Hch. 5:2, 8), y la Escritura revela cómo los dos fueron castigados por causa de su pecado.
La Biblia enseña claramente que Dios no se complace en los labios mentirosos (Prov. 12:22) y que las consecuencias eternas de la mentira son terribles (Ap. 21:8, 27).
¿De qué manera perjudicaron Ananías y Safira a la iglesia del Señor? A continuación, consideremos un aspecto fundamental.
Ananías y Safira fueron culpables de dar un mal ejemplo a la iglesia. Su mal ejemplo se manifiesta en la forma en que ambos se pusieron de acuerdo para practicar la mentira contra Dios, el Espíritu Santo y el apóstol Pedro. Lamentablemente, hoy también pueden existir matrimonios que se prestan para engañar juntos a los hermanos de la iglesia, poniéndose de acuerdo para mentir en diversos asuntos de la vida espiritual.
Este matrimonio mintió de tal manera que probablemente la iglesia pensó que ellos eran fieles y muy generosos con la obra del Señor, cuando en realidad no lo eran. Tal actitud no agrada a Dios. Los matrimonios cristianos deben trabajar unidos para dar un ejemplo fiel que anime a otros a practicar la verdad y no la mentira.
La iglesia se dio cuenta de este pecado, y no solo los hermanos, sino también “todos” (Hch. 5:5, 11). Estos pasajes sugieren que el pecado de Ananías y Safira fue notorio tanto dentro como fuera de la iglesia. Su infidelidad llegó a ser conocida aun por los no cristianos. La Biblia exhorta al pueblo de Dios a ser luz y buen ejemplo para todos (Mt. 5:16), pero este no fue el caso con ellos.
Los matrimonios hoy deben cuidarse de no perjudicar la obra del Señor con un mal ejemplo, ya que esto puede ser piedra de tropiezo para los hermanos y una mala imagen ante los que no son cristianos.
Póngase a pensar en esta historia: aun los jóvenes de la iglesia tuvieron trabajo extra por causa del pecado de Ananías y Safira. Ellos tuvieron que sacar y sepultar sus cuerpos (Hch. 5:6, 10). Esos jóvenes pudieron haber usado su tiempo en evangelizar o en servir de manera positiva en la obra del Señor, pero tuvieron que ocuparse de las consecuencias del pecado de otros.
Hermanos, Dios no se agrada cuando el cristiano perjudica la obra del Señor. Por eso, debemos practicar la fidelidad en todo tiempo y alejarnos de la mentira y del mal ejemplo. Que Dios nos ayude a nunca unirnos para el error, sino siempre para la verdad y la fidelidad.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La inmoralidad sexual en la iglesia
(1 Corintios 5:1-13).
Willie A. Alvarenga
En 1 Corintios 5:1–13, el apóstol Pablo aborda uno de los problemas más graves que puede perjudicar profundamente a la iglesia del Señor: la inmoralidad sexual tolerada dentro de la congregación. Pablo informa que entre los hermanos de Corinto existía un caso escandaloso: “uno tiene la mujer de su padre” (v. 1). Tal conducta constituía una clara y abierta violación de los principios morales establecidos por Dios desde tiempos antiguos. De hecho, este tipo de pecado ya había sido condenado explícitamente en la ley mosaica. Moisés declaró:
“Ninguno tomará la mujer de su padre, ni profanará el lecho de su padre” (Deuteronomio 22:30; cf. Levítico 18:8; 20:11).
Esto demuestra que el pecado cometido en Corinto no era una cuestión cultural o de ignorancia, sino una transgresión clara y deliberada de la voluntad revelada de Dios.
Algunos intérpretes sugieren que la mujer mencionada era la madrastra del hombre involucrado, mientras que otros consideran la posibilidad de que se tratara de su propia madre. El texto Bíblico no especifica este detalle, por lo cual ambas posturas han sido propuestas. No obstante, el punto central del pasaje no es la identidad exacta de la mujer, sino el hecho de que la inmoralidad sexual, cuando no es confrontada ni corregida, no reconoce límites (cf. Proverbios 6:27–29; Efesios 4:19).
El apóstol Pablo no solo reprende al individuo culpable, sino también a toda la iglesia, señalando que tal fornicación era conocida públicamente dentro de la congregación. Además, los reprende severamente porque, en lugar de lamentarse profundamente, estaban “envanecidos” (v. 2). Este término describe una actitud de orgullo, arrogancia y autosuficiencia (cf. 1 Corintios 4:6, 18–19). Aun más, Pablo denuncia la jactancia de los hermanos (vv. 6–7), una actitud que la Escritura condena repetidamente (cf. Jeremías 9:23–24; Santiago 4:16). Hasta ese lamentable nivel había llegado la iglesia en Corinto: no solo toleraban el pecado, sino que se sentían orgullosos de su aparente “tolerancia”.
Como resultado, la iglesia en Corinto era culpable de varios pecados graves:
- Fornicación, practicada por el hermano que tenía la mujer de su padre (1 Co. 5:1; cf. 1 Tes. 4:3).
- Un pecado sexual tan grave que ni aun se nombraba entre los gentiles, es decir, entre los no creyentes (1 Co. 5:1; cf. Romanos 2:14–15).
- Envanecimiento, al no lamentarse ni tomar medidas correctivas frente al pecado (1 Co. 5:2; cf. Proverbios 28:13).
- Jactancia, una actitud claramente condenada por Dios (1 Co. 5:6; cf. Proverbios 16:18).
- Comunión con los culpables de inmoralidad sexual, ignorando la necesidad de aplicar la disciplina bíblica ordenada por Dios (1 Co. 5:9–11; cf. Mateo 18:15–17; 2 Tesalonicenses 3:6).
Todas estas acciones estaban perjudicando seriamente la obra del Señor. No cabe duda de que la iglesia en Corinto había adquirido una mala reputación ante el mundo. En lugar de ser luz, su testimonio estaba oscurecido (cf. Mateo 5:14–16), y Dios no estaba siendo glorificado como Él lo demanda (cf. 1 Corintios 10:31).
La inmoralidad sexual nunca es un pecado privado cuando se tolera dentro de la iglesia; afecta a todo el cuerpo de Cristo. Pablo utiliza la ilustración de la levadura para enseñar que “un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Co. 5:6; cf. Gálatas 5:9). Este pecado debilita el testimonio de la iglesia, destruye la pureza espiritual, endurece la conciencia y provoca que el nombre de Dios sea blasfemado entre los incrédulos (cf. Romanos 2:24; 1 Timoteo 6:1).
Cuando la iglesia deja de lamentarse por el pecado y comienza a justificarlo o tolerarlo, pierde su identidad y su poder espiritual (cf. Isaías 1:21–23; Apocalipsis 2:20–23). Por esta razón, Pablo exhorta a la iglesia a tomar una postura firme, santa y Bíblica, removiendo al pecador impenitente para preservar la pureza del cuerpo (1 Co. 5:5, 7, 13).
La pureza moral no es opcional, sino esencial para que la iglesia glorifique a Dios, mantenga su testimonio y cumpla fielmente su misión en el mundo (cf. Efesios 5:3–7; 1 Pedro 1:15–16). Solo una iglesia comprometida con la santidad podrá reflejar el carácter de Cristo y honrar el nombre del Señor delante de una generación corrompida.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La actitud de división de la iglesia de Cristo en Corinto
(1 Corintios 1:10-13).
Willie A. Alvarenga
En 1 Corintios 1:10–13, el apóstol Pablo aborda uno de los problemas más serios que se estaban presentando en la iglesia de Cristo en la ciudad de Corinto: la división entre los hermanos. Este problema atentaba directamente contra la unidad que Cristo demanda para Su iglesia. El pasaje revela la profunda preocupación de Pablo y su actitud pastoral al exhortar a los hermanos diciendo:
“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Cor. 1:10-13).
A través de esta sección de la Escritura, se puede observar cómo los hermanos se estaban dividiendo entre sí al adoptar un espíritu de lealtad indebida hacia aquellos que les predicaban la Palabra de Dios. Algunos habían llegado al punto de exaltar a Pablo, Pedro o Apolos como si alguno de ellos fuera superior espiritualmente. Para ciertos hermanos, el haber sido bautizados por Pablo parecía tener más valor que haber sido bautizados por Pedro; para otros, Apolos era preferible. Esta mentalidad carnal reflejaba una comprensión errónea del evangelio y del propósito de los siervos de Dios (1 Cor. 3:3-7).
Tal actitud divisiva no es correcta y debe ser rechazada por el pueblo de Dios, ya que todos los predicadores fieles son solo colaboradores en la obra del Señor, mientras que Dios es quien da el crecimiento (1 Cor. 3:6-9). Ningún siervo debe ocupar el lugar que solo pertenece a Cristo, quien es la cabeza de la iglesia (Col. 1:18).
Los siervos de Dios deben tener la misma importancia ante todos los hijos de Dios. No importa cuánto hayan logrado en sus ministerios, el hecho permanece firme: todos son instrumentos en las manos de Dios y deben ser valorados como tales (2 Cor. 4:5). Exaltar a unos y menospreciar a otros solo fomenta el orgullo y la división, pecados que Dios claramente condena (Prov. 6:16-19).
Es muy probable que aquellos que preferían a Pablo menospreciaran a Pedro y a Apolos. Esta actitud de hacer diferencias entre los hermanos causa divisiones dentro de la iglesia y provoca que muchos sean lastimados por el desprecio y la arrogancia espiritual. Tal conducta contradice el amor fraternal que debe caracterizar al pueblo de Dios (Rom. 12:10; Efesios 4:1-3).
Según el pasaje bajo consideración, los corintios no estaban obedeciendo la Palabra de Dios. No estaban en la misma sintonía espiritual ni caminaban conforme a la enseñanza apostólica. Al ignorar las instrucciones recibidas, se hicieron culpables de promover la división. Cuando un cristiano considera que un hermano es mejor que otro, incurre en el pecado de la acepción de personas y fomenta una práctica que Dios claramente reprueba (Santiago 2:1-13; Romanos 2:11).
Además, los corintios fallaron en estar perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. La falta de unidad espiritual siempre traerá consecuencias negativas, pues una iglesia dividida pierde efectividad en su misión y debilita su testimonio ante el mundo (Juan 17:20-21; Mateo 12:25). La división no edifica; por el contrario, destruye la obra del Señor.
Por lo tanto, aprendamos del error cometido por los corintios y esforcémonos por tratar a todos los hermanos con el mismo amor, respeto y consideración. Amemos a todos por igual, tal como Cristo nos ha amado, para que el pecado de la división no lastime la obra del Señor (Juan 13:34-35; Filipenses 2:1-4; Colosenses 3:12-15). Atendamos con seriedad a las palabras del apóstol Pablo, a fin de no encontrarnos en desobediencia directa a la voluntad de Dios. La unidad siempre será lo mejor y más beneficioso para la iglesia del Señor.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La indiferencia hacia la obra del Señor
Willie A. Alvarenga
Otra práctica que daña seriamente a la iglesia del Señor es la indiferencia hacia Su obra. El sustantivo “indiferencia” describe una actitud de frialdad, desdén, insensibilidad, falta de interés o apatía hacia algo o alguien (Diccionario Manual de Sinónimos y Antónimos, p. 448). Lamentablemente, esta actitud ha penetrado el corazón de muchos cristianos a quienes simplemente no les importa la obra del Señor. Para tales cristianos, la obra del Señor no merece su tiempo, su esfuerzo ni su preocupación. Esta actitud contradice claramente el mandato Bíblico de servir a Dios con diligencia y fervor (Romanos 12:11).
Este tipo de indiferencia se manifiesta de diversas maneras:
(1) Ausencia voluntaria a los servicios de adoración (Hebreos 10:25).
(2) Falta de amor fraternal hacia la iglesia (Juan 13:34-35).
(3) Ausencia voluntaria a las actividades espirituales de la congregación (Hechos 2:42).
(4) Falta de oración en la vida del cristiano (1 Tesalonicenses 5:17).
(5) Falta de participación en los servicios de adoración (Colosenses 3:16).
(6) Falta de interés en la adoración a Dios (Juan 4:23-24).
(7) Falta de atención a los sermones que se predican (Hechos 17:11).
(8) Falta de interés en el estudio serio de las Escrituras (2 Timoteo 2:15).
(9) Falta de interés en la evangelización de las almas perdidas (Marcos 16:15; Mateo 28:19-20).
(10) Falta de arrepentimiento ante la práctica del pecado (Hechos 8:22).
(11) Falta de respeto al liderazgo de la iglesia (Hebreos 13:17).
(12) Amor superficial hacia los hermanos (1 Juan 3:16-18).
(13) Frialdad en la ofrenda a Dios (2 Corintios 9:6-7).
(14) Falta de compromiso espiritual con Dios (Lucas 9:23) y
(15) Falta de amor profundo por Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo (Mateo 22:37; Juan 14:15).
La obra de la iglesia ha sido grandemente afectada de manera negativa por causa de miembros que practican las actitudes antes mencionadas. Muchas congregaciones están perdiendo miembros e incluso han llegado al punto de cerrar sus puertas debido a la indiferencia espiritual de muchos (Oseas 4:6). La indiferencia debilita la iglesia, apaga el celo espiritual y deshonra el nombre de Cristo (Apocalipsis 2:4).
¿Qué se puede hacer ante este grave error? En primer lugar, se deben reconocer los daños serios que se causan a la obra del Señor (Salmo 51:3). En segundo lugar, se debe recordar con seriedad el compromiso que tenemos con Dios (Filipenses 1:21; Mateo 6:33; Romanos 14:8). En tercer lugar, se debe aumentar cada día el amor profundo por Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerzas (Marcos 12:30). En cuarto lugar, se debe evitar a toda costa la práctica de las quince manifestaciones de indiferencia señaladas en este artículo. En quinto lugar, se debe recordar que la indiferencia espiritual puede provocar la pérdida eterna del alma (Apocalipsis 3:14-22; Mateo 16:26).
Este es un problema serio y debe evitarse a toda costa. Recordemos las palabras de Jesús a la iglesia en Laodicea: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16). Asimismo, el Señor exhorta diciendo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19). El cristiano fiel debe aprender de este ejemplo para no cometer el mismo pecado de indiferencia espiritual.
Nunca se debe buscar entristecer a la Deidad por causa de esta actitud pecaminosa (Efesios 4:30). La iglesia le costó un precio muy alto al Señor Jesucristo, pues Él la compró con Su propia sangre (Hechos 20:28). Su sacrificio debe motivarnos a ser diligentes, fieles y comprometidos en la obra que se lleva a cabo para la gloria de Dios (1 Corintios 15:58).
La iglesia de Cristo del primer siglo es un gran ejemplo de la fidelidad que debemos reflejar en nuestra vida cristiana. Aquellos hermanos perseveraban en la doctrina, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones, aun en medio de severas tribulaciones (Hechos 2:42; Hechos 8:1-4). Por lo tanto, debemos procurar imitar este ejemplo apostólico para que Dios sea siempre glorificado y Su obra sea bendecida por medio de un servicio diligente, ferviente y libre del pecado de la indiferencia (Mateo 5:16).
“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21).
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
El chisme entre los miembros
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es el chisme. Aunque algunos lo consideran un pecado “pequeño”, las Escrituras lo presentan como una conducta destructiva y condenable, especialmente cuando se practica entre los miembros del cuerpo de Cristo.
El término chisme ha sido traducido de diferentes maneras en las versiones bíblicas. Por ejemplo, La Biblia de las Américas lo traduce como “calumnia”, mientras que La Biblia Textual utiliza el término “difamación”. Los léxicos y diccionarios bíblicos definen esta palabra como el acto de hablar mal de otra persona sin necesidad ni edificación, divulgando información —sea verdadera o falsa— que daña su reputación, siembra división y provoca conflictos. En esencia, la práctica del chisme busca perjudicar el buen nombre del prójimo.
Las Escrituras inspiradas tienen mucho que decir respecto a esta práctica pecaminosa:
- Levítico 19:16
“No andarás chismeando entre tu pueblo…” - Proverbios 11:13
“El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo”. - Proverbios 16:28
“El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos”. - 1 Timoteo 5:13
“Y también aprenden a ser ociosas, andando de casa en casa; y no solamente ociosas, sino también chismosas y entremetidas, hablando lo que no debieran”. - Tito 2:3
“Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras…”
Estos pasajes deberían motivar seriamente a los cristianos a rechazar la práctica del chisme. No solo se viola la voluntad de Dios, sino que también se perjudica injustamente la reputación de los miembros del cuerpo de Cristo. Cuando cristianos se reúnen —ya sea en hogares o en cualquier otro lugar— para hablar negativamente de un hermano o hermana, con el propósito de dañar su imagen, tal conducta no agrada a Dios.
Santiago, el hermano del Señor, advierte con firmeza:
Santiago 4:11
“Hermanos, no murmuréis los unos de los otros…”
El verbo “murmuréis” aparece en tiempo presente y modo imperativo, lo cual indica una prohibición continua. Dios demanda que esta práctica sea evitada en todo momento, no solo ocasionalmente.
El chisme perjudica a la iglesia porque, con frecuencia, se utiliza para dañar la reputación de personas que no están practicando el pecado. Lamentablemente, quienes propagan el chisme suelen encontrar oyentes dispuestos a creer sin verificar los hechos. Esto contradice el principio bíblico de justicia y prudencia (cf. Proverbios 18:13).
Tal como señala Proverbios 16:28, el chismoso aparta a los mejores amigos. En el contexto de la iglesia, esta conducta promueve la división, rompe la comunión y debilita la unidad espiritual del pueblo de Dios.
Por ello, el apóstol Pablo exhorta:
Efesios 4:29
“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”.
El chisme no edifica, no restaura y no glorifica a Dios. En lugar de practicarlo, los cristianos deben comprometerse a hablar con verdad, amor y sabiduría, procurando siempre la edificación del cuerpo de Cristo y la honra del nombre del Señor.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La hipocresía en el amor fraternal
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado en gran manera a la iglesia del Señor es la hipocresía en el amor fraternal. El apóstol Pablo dirigió palabras muy claras a la iglesia en Roma cuando escribió:
“El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno” (Romanos 12:9).
La expresión “sin fingimiento” procede del término griego anupókritos, el cual denota aquello que es sin hipocresía, es decir, algo sincero, genuino y verdadero. Los léxicos coinciden en que este término describe una actitud libre de doblez y simulación. La Biblia Traducción en Lenguaje Actual traduce este pasaje diciendo: “Amen a los demás con sinceridad”, mientras que la Nueva Traducción Viviente declara: “No finjan amar a los demás; ámenlos de verdad”. Cada una de estas traducciones resalta la gran verdad de que el amor que debe practicarse entre los hermanos no puede ser fingido, sino auténtico y constante.
El supremo ejemplo de amor que encontramos en las Escrituras es el de Dios y Su Hijo, Jesucristo. El amor de Dios hacia la humanidad jamás ha sido fingido, sino siempre real, sacrificial y fiel. De la misma manera, el amor de Jesús hacia Sus discípulos fue verdadero y constante. Por ello, el Señor los exhortó diciendo:
“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado…” (Juan 13:34–35).
CONSECUENCIAS DE LA HIPOCRESÍA EN EL AMOR FRATERNAL
Las consecuencias de practicar un amor lleno de hipocresía son graves y peligrosas. En primer lugar, quien practica la hipocresía se engaña a sí mismo, pues no está poniendo en práctica lo que la Palabra de Dios enseña. Santiago advierte claramente sobre este autoengaño espiritual (Santiago 1:22–25).
En segundo lugar, el que ama con hipocresía no ha conocido verdaderamente a Dios, porque Dios es amor, y Su amor es genuino y sin doblez (1 Juan 4:8).
En tercer lugar, todo aquel que practica un amor fingido no anda en el camino de la vida eterna, sino que se expone al juicio divino. El apóstol Juan afirma que el odio, aun cuando se disfraza de amor, coloca al individuo fuera de la comunión con Dios (1 Jn. 3:14–15).
CÓMO SE LASTIMA LA CAUSA DE CRISTO
La causa de Cristo también se ve seriamente afectada cuando hermanos y hermanas no practican un amor sincero. En primer lugar, se presenta un mal ejemplo dentro de la iglesia del Señor. Algunos piensan que su hipocresía pasa desapercibida, pero en la mayoría de los casos la congregación puede percibir claramente cuando el amor es fingido.
En segundo lugar, los inconversos observan la incoherencia entre la profesión cristiana y la conducta diaria. La hipocresía, la acepción de personas y la falta de amor genuino se convierten en grandes obstáculos para que otros deseen obedecer el evangelio. Jesús exhortó a Sus seguidores a vivir de tal manera que glorificaran a Dios delante de los hombres (Mateo 5:16).
EXHORTACIÓN FINAL
Se hace un llamado urgente y diligente al pueblo de Dios a no permitir jamás que el amor fingido forme parte de nuestra vida cristiana. Debemos esforzarnos por amar a nuestros hermanos con sinceridad, pureza y constancia. Cuando este amor genuino se practica, la iglesia del Señor se fortalece y presenta un testimonio poderoso ante el mundo.
Recordemos que todos los cristianos somos exhortados a ser imitadores de Dios y de Cristo, andando en amor, así como Él nos amó (Efesios 5:1–2; 1 Corintios 11:1). Que Dios, en Su gracia y misericordia, nos ayude siempre a vivir este amor verdadero en nuestra vida diaria.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
El abandono de la causa de Cristo
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es el abandono de la causa de Cristo. Esta conducta no es nueva, pues la Escritura nos presenta ejemplos claros de quienes, por diversas razones, decidieron apartarse del compromiso con el Señor y Su obra.
Un caso notable es el de Demas. En 2 Timoteo 4:10 leemos:
“Porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica; Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia”.
El verbo “desamparado” implica el acto de dejar, abandonar o desatender. El léxico BDAG lo define como abandonar a una persona, dejándola sin cuidado o apoyo. Esto fue exactamente lo que Demas hizo con el apóstol Pablo y, en consecuencia, con la causa de Cristo. Su amor por el mundo (cf. 1 Jn. 2:15–17) lo llevó a tomar una decisión que tuvo serias implicaciones espirituales.
El capítulo 4 de 2 Timoteo presenta varios eventos que evidencian momentos de profundo desánimo en la vida del apóstol Pablo. En el versículo 10, Demas lo abandona; en el versículo 14, Alejandro el calderero le causa muchos males; y en el versículo 16, Pablo declara que en su primera defensa “ninguno estuvo a su lado”. Sin duda, estas acciones no solo afectaron emocionalmente a Pablo, sino que también perjudicaron la obra del Señor.
No obstante, Pablo afirma con confianza que hubo alguien que jamás lo desamparó: el Señor. En 2 Timoteo 4:17–18 declara que el Señor estuvo a su lado y lo fortaleció. Esta verdad armoniza con promesas como Hebreos 13:5 (“No te desampararé, ni te dejaré”) y Mateo 28:20 (“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”).
Ante este panorama, surge una pregunta importante:
¿Por qué el abandono de la causa de Cristo perjudica gravemente la obra del Señor? Consideremos las siguientes razones:
1. Provoca que la obra del Señor sea blasfemada
Cuando los cristianos abandonan su compromiso, el nombre de Dios es deshonrado. Romanos 2:24 afirma:
“El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros”.
Además, Jesús enseñó que nuestras buenas obras deben glorificar a Dios (Mt. 5:16). La infidelidad produce el efecto contrario.
2. Reduce la fuerza necesaria para la evangelización y el trabajo de la iglesia
La obra del Señor requiere cooperación y compromiso. En el primer siglo, la iglesia creció porque todos trabajaban unidos (Hch. 2:42–47; 4:32). Cuando algunos abandonan la causa de Cristo, el avance del evangelio se dificulta (cf. 1 Cor. 3:6–9).
3. Da un mal ejemplo a los recién convertidos
La apostasía y la indiferencia espiritual proyectan un ejemplo negativo de inconstancia y falta de amor por Cristo. Pablo exhortó a Timoteo a ser “ejemplo de los creyentes” (1 Tim. 4:12). Un mal ejemplo puede hacer tropezar a los más débiles en la fe (cf. Rom. 14:13; 1 Cor. 8:9).
4. Impide que Dios sea glorificado
Dios es glorificado cuando Su pueblo vive en obediencia y fidelidad (Jn. 15:8; Fil. 1:11). La indiferencia espiritual y la infidelidad conducen a la pérdida de la esperanza eterna (Heb. 3:12–14; Ap. 2:10), lo cual resalta la gravedad de este asunto.
El pueblo de Dios es exhortado a perseverar fielmente en la causa del Señor (1 Cor. 15:58; Gál. 6:9). Dios ha provisto todo lo necesario para una vida piadosa (2 Pedro 1:3). Por lo tanto, debemos procurar con diligencia vivir fielmente, para que, al final de nuestra carrera, podamos entrar en la gloria preparada para los que aman y permanecen en Cristo (2 Tim. 4:7–8; Ap. 21:7).
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La comunión con falsos maestros
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado en gran manera a la iglesia del Señor es la comunión con falsos maestros. Un falso maestro es aquel que ha tergiversado la enseñanza correcta y verdadera de las Escrituras (cf. 2 Pedro 3:16-17). La palabra “tergiversado” denota el acto de distorsionar, mal representar o malinterpretar algo. La Biblia advierte repetidamente acerca de la presencia de tales hombres entre el pueblo de Dios. Por ejemplo, el apóstol Pedro declaró que, así como hubo falsos profetas entre el pueblo, también habría falsos maestros entre los cristianos (2 Pedro 2:1). Asimismo, el apóstol Pablo advirtió que algunos hablarían cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos (Hechos 20:28-30).
Entre las características de los falsos maestros se encuentran: (1) Introducen enseñanzas erróneas contrarias a la verdad de Dios (2 Pedro 2:1), (2) Engañan con palabras persuasivas y halagadoras (Colosenses 2:4; Romanos 16:17-18), (3) Buscan el provecho personal y explotan a otros por avaricia (2 Pedro 2:3; 1 Timoteo 6:3-5), (4) Dividen a la iglesia del Señor causando tropiezos (Romanos 16:17; Judas 19), (5) Desvían a las personas de la verdad de Dios (Gálatas 1:6-7; Hechos 20:28-30), (6) Aparentan piedad y fidelidad a Dios, pero niegan el poder de ella (Mateo 7:15; 2 Timoteo 3:5), (7) Enseñan doctrinas de hombres en lugar de la Palabra de Dios (Mateo 15:8-9; 1 Timoteo 4:1-2). La lista de características de un falso maestro podría continuar, ya que son muchas; sin embargo, es imperativo que el pueblo de Dios las conozca y procure no ser engañado por estas personas (1 Juan 4:1).
El problema grave surge cuando varios hermanos que profesan ser seguidores de la sana doctrina mantienen comunión con aquellos que poseen las características ya mencionadas. Lamentablemente, muchos en la actualidad están más enfocados en mantener amistades y relaciones con aquellos que no andan conforme a la verdad de Dios. Muchos están más interesados en ser reconocidos por ellos que por el Señor. Esta clase de actitudes constituye una violación directa de lo que Dios prohíbe. Por ejemplo, el apóstol Pablo exhortó a la iglesia en Éfeso a no tener comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien a reprenderlas (Efesios 5:11). El apóstol también exhortó a la iglesia en Roma a tener cuidado con aquellos que procuraban causar divisiones y tropiezos contra la doctrina verdadera que habían recibido, y a apartarse de ellos (Romanos 16:17-18).
De igual manera, el apóstol Juan enseñó claramente que no se debe recibir ni dar bienvenida a quienes no permanecen en la doctrina de Cristo (2 Juan 9-11). El hacerlo, dice el texto, implica participar en sus malas obras. Estas enseñanzas muestran que Dios espera que su pueblo mantenga una clara separación doctrinal del error. Sin embargo, parece que a muchos no les importa predicar en el mismo programa donde también predican falsos maestros, ni compartir plataformas que dan legitimidad al error. Hermanos, esto no debería ser así.
¿De qué forma perjudica a la iglesia del Señor el tener comunión con falsos maestros? En primer lugar, se presenta un patrón erróneo que sugiere que es correcto mantener comunión con aquellos que andan en el error. Miembros débiles en el Cuerpo de Cristo podrían pensar que tal práctica es aceptable, cuando en realidad no lo es (1 Corintios 8:9-13). En segundo lugar, la Palabra de Dios se ignora cuando se busca comunión con falsos maestros. Ya se ha observado cómo la Palabra de Dios prohíbe la comunión con el error (2 Tesalonicenses 3:6, 14-15). Por ende, se debe evitar a toda costa practicar esto. En tercer lugar, la reputación de la iglesia del Señor se mancha ante aquellos que pueden llegar a pensar que Dios aprueba el error y a quienes lo promueven (1 Tesalonicenses 5:22). En cuarto lugar, tal comunión debilita el compromiso con la sana doctrina y puede llevar gradualmente a la tolerancia del error (2 Timoteo 4:3-4).
Es tiempo de que muchos en el pueblo de Dios, especialmente algunos predicadores, abran sus ojos y dejen de pensar que el ecumenismo es bíblico. La verdadera unidad en la iglesia no se logra apoyando el error ni a quienes lo promueven. La unidad verdadera siempre debe procurarse sobre la base de la doctrina correcta y verdadera de Dios (Efesios 4:1-6; Tito 2:1; 2 Timoteo 1:13). La iglesia será gravemente lastimada si esta comunión con el error continúa creciendo. Por lo tanto, el pueblo de Dios debe contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Judas 3) y mantenerse firme en la doctrina de Cristo (Hechos 2:42). Sólo así la iglesia podrá permanecer fiel al Señor y proteger la pureza de su enseñanza.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La pereza espiritual
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado en gran manera a la iglesia del Señor es la pereza espiritual. Esta actitud, aunque muchas veces silenciosa, tiene consecuencias devastadoras tanto para el individuo como para la congregación en general.
El apóstol Pablo escribió las siguientes palabras a la iglesia de Cristo en Roma:
“En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Romanos 12:11).
En este pasaje se observan palabras clave que ayudan a comprender la voluntad de Dios respecto a nuestra actitud en la obra del Señor.
El sustantivo “diligencia” denota esfuerzo máximo, esmero, prontitud, dedicación y entusiasmo. Según el léxico de Louw & Nida, implica estar dispuesto a hacer algo con la disposición de invertir energía y esfuerzo. La Biblia también enfatiza esta actitud en otros pasajes:
- Eclesiastés 9:10: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”
- Colosenses 3:23: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor”
Por otro lado, el término “perezosos” describe a aquellos que dudan o rehúsan involucrarse en lo que vale la pena, mostrando falta de interés o ambición. La Escritura advierte claramente contra esta actitud:
- Proverbios 18:9: “El que es negligente en su trabajo es hermano del que destruye”
- Hebreos 6:12: “A fin de que no os hagáis perezosos…”
La palabra “fervientes” literalmente significa “hervir en el espíritu”, es decir, tener un entusiasmo ardiente y constante en el servicio a Dios. Este fervor también se refleja en:
- Gálatas 4:18: “Bueno es mostrar celo en lo bueno siempre”
- Hechos 18:25: Apolos, “fervoroso de espíritu”
Todas estas definiciones muestran claramente que Dios espera de Sus hijos una vida activa, comprometida y llena de entusiasmo espiritual.
La naturaleza de la pereza espiritual
La pereza espiritual es el antónimo de la diligencia. Es la actitud de descuido, indiferencia y falta de compromiso en las cosas de Dios. El cristiano no ha sido llamado a ser un holgazán, es decir, alguien que evita el esfuerzo espiritual.
Nuestra actitud debe ser como un fuego encendido en el corazón, siempre listo para servir. Sin embargo, esta “enfermedad espiritual” ha afectado a muchos a través del tiempo, incluyendo predicadores y miembros. Tristemente, algunos parecen pensar que entre menos hacen, mejor están. ¡Esto no debe ser así!
La exhortación Bíblica es clara:
- 1 Corintios 15:58: “estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre”
- Tito 2:14: “celoso de buenas obras”
¿Cómo perjudica la pereza espiritual a la iglesia del Señor?
1. La obra del Señor recae en unos pocos
Cuando muchos son perezosos, pocos hacen el trabajo:
- Nehemías 4:6: “el pueblo tuvo ánimo para trabajar” (ejemplo positivo)
- Contraste: pocos trabajan cuando falta ese ánimo
2. Desanima a los que sí trabajan
Los que laboran fielmente pueden fatigarse al ver la falta de apoyo:
- Gálatas 6:9: “no nos cansemos de hacer el bien”
- 2 Tesalonicenses 3:13: “no os canséis de hacer bien”
3. Detiene el crecimiento espiritual
La pereza impide la madurez:
- Hebreos 5:12-13: “tenéis necesidad de leche…”
- 2 Pedro 1:5-8: crecimiento requiere diligencia
4. Abre la puerta al pecado
La inactividad espiritual produce descuido:
- Mateo 26:41: “Velad y orad…”
- Santiago 4:17: “al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado”
5. Da un mal ejemplo
La falta de diligencia influye negativamente en otros:
- 1 Timoteo 4:12: “sé ejemplo”
- Mateo 5:16: “alumbre vuestra luz”
6. Pone en peligro la salvación
La negligencia espiritual tiene consecuencias eternas:
- Mateo 25:26-30: el siervo negligente fue castigado
- Apocalipsis 3:15-16: la tibieza es rechazada
- Hebreos 2:3: “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos…?”
7. Impide llevar fruto para Dios
El cristiano perezoso no produce lo que Dios espera:
- Juan 15:2: el que no lleva fruto es quitado
- Tito 3:14: “ocuparse en buenas obras”
Ejemplos Bíblicos de advertencia
- El siervo negligente (Mateo 25:24-30)
- Los discípulos dormidos (Mateo 26:40-43)
- La iglesia en Laodicea (Apocalipsis 3:15-16)
- El perezoso en Proverbios (Proverbios 6:6-11)
Hermanos, la pereza espiritual es un enemigo peligroso que debilita la iglesia, desanima a los fieles y pone en riesgo el alma. Por lo tanto, debemos esforzarnos en cultivar una vida espiritual activa, comprometida y ferviente.
La exhortación final es clara:
- Romanos 12:11: “fervientes en espíritu, sirviendo al Señor”
- Hebreos 6:11: “mostrar la misma solicitud hasta el fin”
Procuremos trabajar con ese espíritu ferviente que Dios desea de nosotros, recordando que nuestro trabajo en el Señor no es en vano (1 Corintios 15:58).
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La murmuración en la iglesia
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es la murmuración. ¿Qué significa esta palabra? Según el diccionario de la Real Academia Española, es una conversación en perjuicio de un ausente, censurando sus acciones. Denota hablar a espaldas, criticar o dañar la reputación de alguien. El Diccionario de la lengua española la define como hablar entre dientes, manifestando queja o disgusto; es decir, hablar mal de otros en su ausencia. El léxico BDAG la describe como una queja o expresión de descontento, incluyendo una actitud de inconformidad.
Desde la perspectiva bíblica, la murmuración no es simplemente un problema de comunicación, sino un problema del corazón. Jesús enseñó: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12:34). Por lo tanto, cuando una persona murmura, revela un corazón lleno de descontento, crítica, falta de amor y, muchas veces, orgullo.
La práctica de la murmuración siempre ha sido desagradable ante Dios y jamás ha tenido una connotación positiva. En Juan 6:41 leemos: “Murmuraban entonces de Él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo”. Estas personas expresaron descontento y rechazo hacia Jesús. En Juan 6:42 se observa cómo esta murmuración los llevó a cuestionar y desacreditar su identidad. De igual manera, en Lucas 15:2, los fariseos y escribas murmuraban diciendo: “Este a los pecadores recibe, y con ellos come”, mostrando una actitud crítica y orgullosa.
El Antiguo Testamento también presenta serias advertencias. El pueblo de Israel murmuró repetidamente contra Dios y contra Moisés (Éxodo 16:7-8; Números 14:2), lo cual fue considerado rebelión contra Dios mismo. En 1 Corintios 10:10, el apóstol Pablo advierte: “Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor” (cf. Núm. 16:41-49). Esto demuestra que la murmuración trae consecuencias graves delante de Dios.
¿De qué forma perjudica la iglesia la práctica de la murmuración? Consideremos algunas:
• Viola el mandamiento del amor cristiano (Jn. 13:34-35). No puede existir verdadero amor fraternal donde hay crítica, queja y hablar a espaldas (1 Jn. 3:15).
• Viola el mandamiento de no hablar mal de los hermanos (Stg. 4:11-12). Hablar contra un hermano es colocarse como juez, una posición que solo pertenece a Dios. Recordemos que perseguir o hablar contra los cristianos es hacerlo contra Cristo mismo (Hch. 9:4).
• Produce contiendas, divisiones y tropiezos (Stg. 4:1-2; Rom. 16:17). La murmuración destruye la unidad por la cual Cristo oró (Jn. 17:20-21).
• Contamina a otros y se esparce fácilmente (1 Cor. 15:33). Una sola actitud negativa puede influir en muchos y dañar la congregación entera.
• Da mal testimonio a los no creyentes (Mt. 5:16; Rom. 2:24). Cuando los cristianos hablan mal unos de otros, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles.
• Refleja falta de gratitud y fe (Fil. 2:14-15; 1 Tes. 5:18). La murmuración nace de un corazón inconforme con la voluntad de Dios.
• Fomenta la soberbia y la autosuficiencia (Prov. 12:15; 21:2; Stg. 4:6). El que murmura cree estar en lo correcto y se exalta a sí mismo por encima de los demás.
• Contrista al Espíritu Santo (Ef. 4:29-31). Toda palabra corrompida, incluyendo la murmuración, entristece a Dios.
Ante esta realidad, la Biblia nos llama a una conducta diferente. En lugar de murmurar, debemos:
- Hablar lo que edifica (Ef. 4:29)
- Practicar la bondad y el perdón (Ef. 4:31-32)
- Ser humildes y pacientes (Col. 3:12-13)
- Resolver conflictos directamente y con amor (Mt. 18:15)
- Hacer todo sin murmuraciones (Fil. 2:14)
Sea Dios quien ayude a Su pueblo a mantenerse alejado de la murmuración. Esta práctica, si no se corrige, puede llevar a consecuencias espirituales graves, incluso a la pérdida de la salvación (Gál. 5:19-21). Por esta razón, se exhorta a los hijos de Dios a practicar el amor fraternal, cuidar sus palabras y procurar siempre aquello que edifica, promueve la unidad y glorifica a Dios.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
El materialismo
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es el materialismo. Este término describe una realidad espiritual muy seria: el amor al dinero, el apego excesivo a las riquezas, la confianza en lo material en lugar de Dios, y una vida dominada por la codicia o avaricia (Colosenses 3:5).
Diversos diccionarios ayudan a comprender la magnitud de este problema. La Real Academia Española lo define como la tendencia a dar importancia primordial a los intereses materiales. Otros diccionarios coinciden en que el materialismo es una preocupación excesiva por las cosas materiales en detrimento de los valores espirituales. A la luz de la enseñanza Bíblica, esta condición no es simplemente una debilidad, sino una verdadera enfermedad espiritual que puede afectar profundamente al cristiano.
Lamentablemente, esta actitud ha penetrado en el corazón de algunos hijos de Dios, quienes han llegado a priorizar lo temporal sobre lo eterno (Filipenses 3:18-19). Esto nos lleva a considerar seriamente cómo el materialismo afecta a la iglesia del Señor.
El materialismo extravía a los cristianos de la fe. El apóstol Pablo advierte que el amor al dinero ha llevado a muchos a desviarse, causándose a sí mismos muchos dolores (1 Timoteo 6:9-10). No se trata simplemente de poseer bienes, sino de permitir que el deseo por ellos gobierne el corazón.
También conduce a la violación de los mandamientos de Dios. Jesús enseñó claramente que nadie puede servir a dos señores (Mateo 6:24), y exhortó a guardarse de toda avaricia (Lucas 12:15). El materialismo coloca al cristiano en una posición donde debe escoger entre Dios y las riquezas, y muchas veces, tristemente, escoge lo segundo.
Además, el materialismo desordena las prioridades espirituales. En lugar de buscar primeramente el reino de Dios (Mateo 6:33), el cristiano comienza a enfocarse en las cosas de esta vida, descuidando su crecimiento espiritual, su servicio y su comunión con Dios.
El corazón del materialista también se endurece y se engaña a sí mismo. Jesús declaró que donde está el tesoro, allí estará el corazón (Mateo 6:21). La iglesia en Laodicea pensaba que era rica, pero en realidad era pobre espiritualmente (Apocalipsis 3:17). Así, el materialismo produce una falsa sensación de bienestar.
Otra consecuencia grave es que fomenta el favoritismo dentro de la iglesia. Cuando se da mayor valor a lo material, las personas comienzan a ser juzgadas por su apariencia o posición económica, algo claramente condenado en Santiago 2:1-4.
El materialismo también impide amar a Dios con todo el corazón. El gran mandamiento exige una devoción total (Marcos 12:30), pero esto es imposible cuando el corazón está dividido entre Dios y las riquezas (Mateo 6:24).
Asimismo, desvía la confianza que debe estar puesta en Dios. Pablo exhorta a no poner la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo (1 Timoteo 6:17). Sin embargo, el materialista encuentra seguridad en lo que posee.
Otra evidencia del materialismo es el descontento. El escritor a los Hebreos enseña que debemos estar contentos con lo que tenemos (Hebreos 13:5), pero el que ama el dinero nunca se sacia (Eclesiastés 5:10). Siempre quiere más.
El materialismo también abre la puerta a otros pecados. La avaricia es identificada como idolatría (Colosenses 3:5), y puede llevar a la injusticia, la deshonestidad y el egoísmo. No es un pecado aislado, sino una raíz que produce muchos males.
Además, debilita la generosidad cristiana. Dios espera que demos con alegría (2 Corintios 9:7) y que seamos ricos en buenas obras (1 Timoteo 6:18), pero el materialista tiende a retener en lugar de compartir.
Finalmente, el materialismo ahoga la Palabra de Dios e impide el crecimiento espiritual. Jesús enseñó que el engaño de las riquezas puede sofocar la Palabra, haciéndola infructuosa (Mateo 13:22). Esto pone en peligro la salvación del alma, ya que amar al mundo es incompatible con amar a Dios (1 Juan 2:15-17).
El materialismo es una amenaza constante contra la iglesia del Señor. No solo afecta al individuo, sino también a la congregación en su totalidad. Por ello, cada cristiano debe examinar su corazón y asegurarse de mantener sus prioridades en orden. Es necesario buscar primeramente el reino de Dios, aprender a vivir con contentamiento y poner la mirada en las cosas de arriba (Colosenses 3:1-2; Filipenses 4:11-13).
Que Dios nos ayude a no caer en este grave error, y a mantenernos fieles, recordando que lo temporal es pasajero, pero lo eterno permanece para siempre.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La arrogancia entre hermanos
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es la arrogancia entre hermanos. Este término describe una actitud de orgullo excesivo en la que una persona se cree superior a los demás y actúa con desprecio, autosuficiencia y una evidente falta de humildad. En esta condición, el individuo llega a pensar que no necesita la ayuda de nadie, que siempre tiene la razón y que sus opiniones deben prevalecer sobre las de los demás.
La arrogancia no es simplemente un rasgo negativo del carácter; es una condición espiritual que afecta profundamente la relación del cristiano con Dios y con su prójimo. Es un problema del corazón que, si no se corrige, puede causar gran daño dentro del cuerpo de Cristo.
Una persona arrogante manifiesta varias características evidentes. Se considera superior a los demás, rechaza la corrección (Proverbios 12:15), menosprecia las opiniones ajenas y busca constantemente exaltarse a sí misma (Mateo 23:12). Además, tiene dificultad para reconocer sus errores, carece de amor genuino hacia todos (1 Corintios 13:4-5) y, en muchos casos, busca la aprobación de los hombres en lugar de la de Dios (Gálatas 1:10). Su vida espiritual puede volverse superficial, honrando a Dios solo de labios (Mateo 15:8), mientras su corazón permanece lejos de Él.
Los sinónimos de esta actitud incluyen soberbia, altivez, orgullo (en sentido negativo), vanidad, prepotencia, jactancia e insolencia. Todos estos términos reflejan distintas facetas de un mismo problema: un corazón que no se ha sometido completamente a la voluntad de Dios.
Desde una perspectiva Bíblica, la arrogancia tiene su raíz en la autosuficiencia y en el olvido de nuestra dependencia total de Dios. La Escritura enseña en 1 Corintios 4:7 que nada tenemos que no hayamos recibido, lo cual debería producir en nosotros una actitud de humildad constante. Sin embargo, cuando el ser humano pierde de vista esta verdad, comienza a confiar en sí mismo y a elevarse por encima de los demás.
La Biblia habla con claridad respecto a la gravedad de este pecado. En Proverbios 8:13 se nos recuerda que Dios aborrece la soberbia y la arrogancia. Asimismo, Proverbios 16:18 advierte que la soberbia precede al quebrantamiento. El Nuevo Testamento también enfatiza esta verdad al declarar que Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes (Santiago 4:6). Incluso en la enseñanza de Jesús, como en Lucas 18:9-14, se muestra claramente que el corazón arrogante no es justificado delante de Dios.
Las consecuencias de la arrogancia dentro de la iglesia son devastadoras. Esta actitud produce divisiones, contiendas y rivalidades entre hermanos (1 Corintios 1:10). También fomenta la envidia y la vanagloria (Gálatas 5:26), debilitando la unidad espiritual que debe caracterizar al pueblo de Dios (Efesios 4:3). En muchos casos, las congregaciones se ven afectadas no tanto por errores doctrinales, sino por actitudes orgullosas que impiden la armonía y el crecimiento espiritual.
Ante esta realidad, es necesario que el cristiano tome medidas para evitar que la arrogancia se arraigue en su corazón. La oración es fundamental, pidiendo a Dios sabiduría y un espíritu humilde (Santiago 1:5-6). También es esencial practicar el amor sincero hacia todos los hermanos (Juan 13:34-35; Romanos 12:9), evitando la vanagloria y aprendiendo a gloriarse únicamente en el Señor (Gálatas 6:14). La humildad debe ser una práctica diaria, como enseña Miqueas 6:8, recordando siempre nuestra dependencia total de Dios (Juan 15:5).
Finalmente, la exhortación Bíblica es clara: debemos guardar nuestro corazón con toda diligencia (Proverbios 4:23), ya que de él mana la vida. La arrogancia es una enfermedad espiritual destructiva que puede infiltrarse silenciosamente, pero la humildad, cultivada a través de una relación sincera con Dios, fortalece la iglesia y glorifica al Señor.
La arrogancia no tiene lugar en la vida del cristiano fiel. Solo cuando aprendemos a someternos a Dios y a considerar a los demás como superiores a nosotros mismos, podremos vivir en armonía, crecer espiritualmente y reflejar verdaderamente el carácter de Cristo.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La vestimenta inapropiada
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor es la vestimenta inapropiada. Por vestimenta inapropiada me refiero a toda aquella forma de vestir que contradice los principios bíblicos establecidos por Dios en Su Palabra. La manera en que nos vestimos no es un asunto superficial, sino espiritual, ya que refleja el carácter, las intenciones del corazón y nuestro respeto hacia Dios (1 Samuel 16:7).
Algunos ejemplos de vestimenta inapropiada pueden ser: (1) Blusas o camisas que dejan el abdomen o el pecho demasiado expuesto, (2) Faldas o vestidos excesivamente cortos, (3) Ropa transparente sin la cobertura debida, (4) Pantalones muy ajustados tanto para hombres como para mujeres, (5) Camisas abiertas que exhiben el pecho del hombre o de la mujer, (6) Prendas que marcan de forma exagerada el cuerpo, (7) Ropa diseñada para resaltar partes íntimas tanto en hombres como en mujeres, (8) Camisas que promueven cigarros, alcohol, drogas, sustancias prohibidas y el pecado, (9) Camisetas con mensajes de doble sentido, (10) Ropa diseñada para provocar, como escotes exagerados y estilos que buscan atraer miradas, (11) Ropa demasiado casual o descuidada en la adoración al Creador de los cielos y la tierra, y (12) Vestimenta inadecuada durante eventos formales.
La lista de ejemplos pudiera ampliarse aún más, pero estos se presentan para darnos una idea clara y precisa de lo que constituye una vestimenta inapropiada. La Biblia contiene múltiples enseñanzas acerca de la vestimenta que agrada a Dios. Un pasaje fundamental es 1 Timoteo 2:9, donde el apóstol Pablo enseña que las mujeres deben ataviarse con ropa decorosa, con pudor y modestia. El término “decoroso” denota aquello que es respetable, digno y apropiado; “pudor” implica reverencia, respeto y una sana vergüenza moral; y “modestia” describe lo que es sensato, prudente, de buen juicio, cordura y decencia.
Asimismo, 1 Pedro 3:3-4 enfatiza que la verdadera belleza no está en lo externo, sino en el “incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible”. De igual manera, Romanos 12:1-2 nos exhorta a no conformarnos a este siglo, sino a vivir una vida transformada que agrade a Dios en todo, incluyendo nuestra forma de vestir.
Toda vestimenta inapropiada que provoque que el hombre o la mujer enfoquen su mirada de manera indebida viola la enseñanza de Mateo 5:28, donde Cristo declara: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. También debemos considerar 1 Corintios 8:9, que nos advierte a no ser tropiezo para otros. Nuestra libertad en Cristo nunca debe convertirse en ocasión para hacer caer a alguien más en pecado.
Ni la mujer ni el hombre pueden argumentar que no es su responsabilidad si otros los miran de manera indebida cuando visten inapropiadamente. Gálatas 5:13 enseña que no debemos usar la libertad como pretexto para la carne. Se debe razonar correctamente: si las personas evitaran vestirse de manera indecorosa, se reduciría en gran manera la tentación y el pecado en el corazón de muchos. Nunca debemos ser culpables de hacer que otros pequen por causa de nuestra vestimenta o conducta.
¿Por qué la vestimenta inapropiada es un problema en la iglesia?
(1) Viola principios de santidad (Hebreos 12:14; Mateo 5:8; 1 Pedro 1:15-16).
(2) Presenta un mal ejemplo a creyentes y no creyentes (1 Timoteo 4:12; Mateo 5:16; Tito 2:7-8).
(3) Tienta a las personas a pecar en su corazón (Mateo 5:28; Romanos 14:13).
(4) Refleja una mentalidad conformada al mundo (Romanos 12:2; 1 Juan 2:15-17).
(5) Deshonra el cuerpo, que es templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19-20).
¿Qué se puede hacer para evitar que este problema dañe la iglesia del Señor?
(1) Procure pensar con cuidado antes de usar algo inapropiado (Proverbios 4:23).
(2) Pregúntese a sí mismo: ¿Da gloria a Dios la vestimenta que deseo usar? (1 Corintios 10:31). ¿Existe la posibilidad de que alguien sea tentado a pecar por lo que llevo puesto?
(3) Estudie las Escrituras para aplicar su enseñanza y no pecar contra Dios (Salmo 119:11).
(4) Desarrolle un corazón humilde y temeroso de Dios que busque agradarle en todo (Eclesiastés 12:13).
(5) Recuerde que su vida es un testimonio constante ante el mundo (Filipenses 2:15).
Procuremos siempre que nuestra conducta y manera de vivir reflejen la santidad, la pureza y la modestia que Dios demanda de Sus hijos. Recordemos que Dios se merece lo mejor de cada uno de nosotros (Colosenses 3:17), por lo que debemos esforzarnos en vivir en santidad, reverencia y obediencia a Su Palabra en todos los aspectos de nuestra vida, incluyendo nuestra manera de vestir.
RETOS QUE ENFRENTAN LOS JÓVENES – “CULTIVAR UN DESEO PROFUNDO DE QUERER FORMAR PARTE DE LA ORGANIZACIÓN BÍBLICA DE LA IGLESIA”
Willie A. Alvarenga
Otro reto importante que los jóvenes enfrentan hoy es el de cultivar el deseo profundo de querer formar parte de la organización Bíblica de la iglesia. Cuando hablo de la organización Bíblica de la iglesia, me refiero a las diferentes responsabilidades que Dios ha delegado a los ancianos, diáconos y predicadores (Filipenses 1:1; Hechos 20:28; 1 Tim. 3:1-13; Tito 1:5-9; 1 P. 5:1-4). Estas funciones no son invenciones humanas, sino parte del diseño divino para el buen funcionamiento y crecimiento espiritual de la iglesia del Señor.
El joven cristiano debe considerar seriamente la posibilidad de servir algún día en una de estas responsabilidades y privilegios disponibles en la iglesia. La Biblia enseña que desear servir en estas áreas es algo bueno y digno: “Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea” (1 Timoteo 3:1). Por lo tanto, es esencial que los jóvenes crezcan de tal manera que desarrollen un profundo anhelo de servir a Dios, ya sea como futuros ancianos, diáconos, ministros de la Palabra, o como cristianos fieles, comprometidos y activos en la obra del Señor (1 Corintios 15:58).
Es un gran desafío pensar y orar acerca de llegar a formar parte de estas hermosas responsabilidades algún día. Sin embargo, este deseo comienza con un corazón dispuesto a servir. Los hermanos que actualmente sirven como ancianos, diáconos y predicadores también pasaron por un proceso de crecimiento espiritual, oración y reflexión seria respecto a su responsabilidad de servir a la iglesia en estas áreas (1 Timoteo 3:8-13; Tito 1:5-9). Nadie llega a estas funciones de la noche a la mañana; es el resultado de una vida de preparación, fidelidad y madurez en Cristo.
La Biblia también muestra ejemplos de jóvenes que decidieron servir a Dios desde temprana edad, como Timoteo (2 Timoteo 2:15) y Jeremías (Jeremías 1:6-7). Estos siervos entendieron que la edad no es un impedimento para comenzar a servir, sino una oportunidad para prepararse mejor.
Animamos a todos los jóvenes cristianos a estudiar diligentemente las Escrituras para estar bien preparados y así poder servir a la iglesia del Señor en el futuro. El conocimiento de la Palabra de Dios es fundamental para todo aquel que desea servir (2 Timoteo 3:16-17; Salmo 119:11). Asimismo, es importante desarrollar cualidades cristianas como el buen testimonio, la disciplina, la humildad y el amor por las almas (1 Timoteo 4:12).
Las escuelas de predicación pueden ser una gran bendición para capacitar hermanos en el ministerio del ancianato, diaconado o la predicación del evangelio. Sin embargo, la preparación también comienza en el hogar, en la congregación local y en la vida diaria del cristiano (Deuteronomio 6:6-7).
Si comienzas a meditar, prepararte y orar desde temprana edad, Dios puede bendecirte con la hermosa oportunidad de servir a la iglesia en diferentes capacidades. Recuerda que el servicio a Dios es un privilegio y una responsabilidad (Colosenses 3:23-24). Te animo a que pongas tu vida en las manos del Señor y permitas que Él te use para Su honra y gloria.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
El favoritismo entre hermanos
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor es el favoritismo entre hermanos. Este ha sido un problema desde el primer siglo, aun en los días de la iglesia primitiva. Santiago, el hermano del Señor, trató directamente este asunto en su carta. En el capítulo 2, presenta la relación entre la fe y las obras, enfatizando que la fe verdadera debe ir acompañada de obediencia. Una de esas obras consiste en evitar la acepción de personas. El texto declara claramente que nuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo debe ser sin favoritismo (Santiago 2:1).
La expresión “acepción de personas” denota parcialidad o trato preferencial injusto hacia ciertos individuos. Implica valorar a unos más que a otros por razones externas como apariencia, posición social o conveniencia personal (cf. Santiago 2:2-4). Esta actitud es pecaminosa porque contradice la naturaleza de Dios, quien no hace acepción de personas (Hechos 10:34; Romanos 2:11). Además, ataca directamente la integridad de la fe cristiana, ya que no puede existir una fe genuina que agrade a Dios mientras se practica el favoritismo (Santiago 2:9).
El favoritismo también es pecado porque destruye la unidad y el amor fraternal que Dios desea ver en Su pueblo. Nuestro Señor Jesucristo mandó: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros” (Juan 13:34-35). Este amor debe ser sincero, sin hipocresía (Romanos 12:9), y extendido a todos los hermanos sin distinción (1 Pedro 1:22). Cristo mismo es el ejemplo perfecto, pues mostró compasión y amor sin discriminar a nadie. Él reflejó el carácter del Padre, quien trata a todos con justicia y equidad (Colosenses 3:25).
Aquellos que practican el favoritismo muchas veces no perciben que sus acciones son evidentes. La Escritura enseña: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). El pecado, aunque se intente ocultar, termina manifestándose (Números 32:23). El favoritismo revela una falta de madurez espiritual y una fe débil, cualidades que deben corregirse si se desea heredar la vida eterna (2 Pedro 1:5-11).
Además, es importante recordar que en el cuerpo de Cristo no hay lugar para divisiones ni preferencias humanas. Gálatas 3:28 enseña que todos somos uno en Cristo Jesús. Asimismo, Efesios 4:1-3 exhorta a mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. El favoritismo rompe esa unidad y causa tropiezo entre los hermanos (Romanos 14:13).
¿Cuáles son algunos síntomas del favoritismo?
(1) Preferir convivir solo con un grupo selecto,
(2) hablar mal de quienes no pertenecen a ese grupo (Santiago 4:11),
(3) mostrar interés solo por los cercanos,
(4) hacer bien únicamente a quienes corresponden (Lucas 6:32-33),
(5) excluir o ignorar a otros hermanos,
(6) mostrar actitudes de desprecio o superioridad (Filipenses 2:3),
(7) vivir una fe superficial, sin verdadero amor cristiano.
Hermanos, pidamos a Dios que nos ayude a no abrir nuestro corazón al pecado del favoritismo. Recordemos que tal actitud es contraria al evangelio y puede impedirnos alcanzar la vida eterna (Apocalipsis 2:10). Practiquemos el amor verdadero, la humildad y la justicia. Aprendamos a amar a todos nuestros hermanos en Cristo sin distinción, porque esto es lo que Dios desea de cada uno de nosotros (Miqueas 6:8).
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La ignorancia Bíblica
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor es la ignorancia Bíblica. Este ha sido un problema grave desde tiempos antiguos y continúa siendo una amenaza en nuestros días. Una lectura cuidadosa del Antiguo Testamento muestra cómo el pueblo de Dios, en diversas ocasiones, abrió la puerta al desconocimiento de Su voluntad, con consecuencias devastadoras.
Por ejemplo, en Isaías 5:13, el profeta escribió: “Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed”. Este pasaje demuestra claramente que la falta de conocimiento bíblico conduce a una cautividad espiritual. De igual manera, el profeta Oseas advirtió sobre las terribles consecuencias de ignorar la Palabra de Dios: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento…” (Oseas 4:6). La ignorancia no es simplemente una debilidad; es una condición peligrosa que puede llevar a la destrucción espiritual.
La Biblia también enseña que Dios desea que Su pueblo crezca en conocimiento. En Proverbios 1:7 leemos que “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová”, mientras que en Proverbios 2:1-6 se nos exhorta a buscar la sabiduría como un tesoro. Asimismo, el profeta Jeremías lamentó que el pueblo no conocía a Dios (Jeremías 9:3-6), lo cual evidencia que la ignorancia espiritual es señal de alejamiento de Él.
Ahora bien, ¿de qué manera puede el pueblo de Dios caer en esta ignorancia?
(1) Siendo negligente en crecer en el conocimiento de la Palabra (2 Pedro 3:18),
(2) No permitiendo que la Palabra de Cristo habite en abundancia en el corazón (Colosenses 3:16),
(3) Fallando en poner en práctica lo aprendido (Santiago 1:22-25),
(4) Descuidando la lectura constante de las Escrituras (1 Timoteo 4:13),
(5) No enseñando correctamente la doctrina (2 Timoteo 2:15; 1 Pedro 4:11),
(6) No guardando la Palabra en el corazón (Salmo 119:11),
(7) Fallando en obedecer lo que Dios manda (Juan 14:15),
(8) Dejándose llevar por falsas enseñanzas (Efesios 4:14),
(9) Rechazando el amor por la verdad (2 Tesalonicenses 2:10-12).
La ignorancia Bíblica ha sido una de las causas principales por las cuales el pueblo de Dios ha fallado en cumplir Su voluntad. Esta voluntad no puede llevarse a cabo si abrimos la puerta a la insensatez y al desconocimiento de las Escrituras. El apóstol Pablo exhortó: “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5:17). Asimismo, en Romanos 10:2-3, Pablo describe a aquellos que tienen celo por Dios, pero no conforme a ciencia, mostrando que el entusiasmo sin conocimiento también puede llevar al error.
La única manera de mantenernos firmes en el camino del Señor es prestando diligente atención a la Palabra de Dios. Ella es la lámpara que guía nuestros pasos (Salmo 119:105), el consejo seguro para nuestras decisiones (Salmo 119:24), y el medio por el cual nuestra fe crece (Romanos 10:17). Jesús mismo declaró: “Erráis, ignorando las Escrituras” (Mateo 22:29), indicando que el error doctrinal muchas veces tiene su raíz en la ignorancia Bíblica.
Además, la Palabra de Dios tiene el poder de salvar nuestras almas (Santiago 1:21), hacernos sabios para la salvación (2 Timoteo 3:15), y transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento (Romanos 12:2). Es la Palabra inspirada por Dios (2 Timoteo 3:16), útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia, y capaz de equiparnos completamente para toda buena obra (2 Timoteo 3:17).
Hermanos, la ignorancia Bíblica puede llegar a ser tan peligrosa que incluso puede impedir nuestra entrada al cielo (Oseas 4:6; Mateo 7:21-23). Por esta razón, se anima al pueblo de Dios a tomar con mayor seriedad el crecimiento espiritual. Es necesario escudriñar las Escrituras diariamente, como lo hacían los de Berea (Hechos 17:11), y desear la Palabra como niños recién nacidos desean la leche espiritual (1 Pedro 2:2).
Se nos exhorta a cultivar un profundo amor por la Palabra de Dios (Salmo 119:97), a meditar en ella día y noche (Josué 1:8), y a perseverar en su estudio y obediencia. De esta manera, no solo seremos conocedores, sino también hacedores de la Palabra (Santiago 1:22).
Debemos reconocer que un pueblo instruido en la Palabra de Dios será útil y de gran bendición para la obra del Señor. La sabiduría y la inteligencia que la Palabra produce en nuestras vidas (Deuteronomio 4:6) nos ayudarán a vivir de tal manera que glorifiquemos a Dios en todo. No solamente esto, sino que también nos dará la bendición de, un día, estar en el cielo con nuestro Dios, habiendo permanecido fieles a Su verdad.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
Padres ignorando la educación Bíblica de sus hijos
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor es la de padres que ignoran la educación Bíblica de sus hijos. Este ha sido un problema grave por mucho tiempo. Desde los días del Antiguo Testamento, Dios ha enfatizado la responsabilidad de los padres en instruir a sus hijos en Su Palabra (Deut. 6:6-7; 11:18-19). Sin embargo, a pesar de esta clara enseñanza, existen congregaciones que han sido afectadas profundamente debido a padres que han fallado en educar a sus hijos en el conocimiento de la Palabra de Dios.
Por ejemplo, hay padres que se conforman solamente con enviar a sus hijos a las clases de los domingos y miércoles, pero fallan en impartir enseñanza en sus propios hogares, olvidando que la responsabilidad principal recae sobre ellos y no exclusivamente sobre la iglesia (Ef. 6:4; Prov. 22:6). Hay padres que, cuando sus hijos cometen errores, no los corrigen apropiadamente, es decir, conforme a la Palabra de Dios (Prov. 13:24; 29:15). También hay padres que no creen en la disciplina para ayudar a sus hijos; tales han adoptado los caminos del mundo en lugar de lo que Dios enseña por medio de Su Palabra (Heb. 12:5-11).
Asimismo, algunos padres no hablan de Dios en el hogar, no leen las Escrituras con sus hijos, ni fomentan conversaciones espirituales, descuidando así una de las herramientas más importantes para formar corazones fieles (Deut. 6:7; Sal. 78:4-7). Otros permiten que las influencias del mundo —como malas compañías o entretenimiento inapropiado— moldeen el carácter de sus hijos más que la Palabra de Dios (1 Cor. 15:33; Rom. 12:2). Todo esto, de una forma u otra, afecta la obra del Señor en gran manera.
Debemos recordar que los hijos son el presente y el futuro de la iglesia. Ellos son quienes continuarán con la obra del Señor una vez que los padres ya no estén vivos (Sal. 127:3-5). Por ello, los padres deben preocuparse por la educación Bíblica de sus hijos, ya que esto les ayudará en su vida personal y espiritual, guiándolos por el camino correcto (Prov. 3:5-6; Ecl. 12:1).
¿Cuáles son las formas en las cuales podemos tomar una parte activa en la educación Bíblica de nuestros hijos? A continuación, se presentan algunas maneras en que esto se puede lograr.
Educamos a nuestros hijos:
- A través de presentarles un buen ejemplo de fidelidad a Dios (1 Tim. 4:12; Mt. 5:16; Fil. 3:17).
- A través de tomar el tiempo para aconsejarles en el camino del Señor (Tito 2:6-8; Sal. 119:24; Prov. 4:1-4).
- A través de orar juntos en familia (Ef. 6:18; Col. 4:2; 1 Tes. 5:17).
- A través de animarles a memorizar las Escrituras (Sal. 119:9, 11; Prov. 7:1-3; Col. 3:16).
- A través de animarles a estar presentes en los servicios de adoración de la iglesia (Heb. 10:24-25; Mt. 6:33; Sal. 122:1).
- A través de animarles a ser estudiantes diligentes de la Palabra de Dios (2 Tim. 2:15; Hch. 17:11; 2 Tim. 3:14-15).
- A través de animarles a amar a Dios con todo su ser (Mr. 12:30; Deut. 10:12; Jos. 24:15).
- A través de corregirlos y disciplinarlos con amor conforme a la voluntad de Dios (Ef. 6:4; Prov. 22:15; Heb. 12:7).
- A través de protegerlos de influencias negativas y guiarlos a escoger buenas compañías (Prov. 1:10; 1 Cor. 15:33; Sal. 1:1-2).
- A través de enseñarles a temer a Dios y guardar Sus mandamientos (Ecl. 12:13; Prov. 1:7).
Estas son solamente algunas formas de cómo podemos ocuparnos en la educación Bíblica de nuestros hijos. Estoy más que seguro de que todos los padres desean que sus hijos estén bien y que un día puedan estar en el cielo con Dios (3 Jn. 4). Sin embargo, para que esto sea una realidad, como padres debemos preocuparnos constantemente porque nuestros hijos conozcan a Dios y le sean fieles en todo (Jn. 17:3; Ap. 2:10).
Si esto no se hace, sufriremos al ver una generación que no conoce a Dios ni las grandes obras que Él ha hecho a través de los tiempos (Jueces 2:10-11; Oseas 4:6). Que sea Dios quien nos dé la sabiduría para preocuparnos diligentemente por la educación Bíblica de nuestros hijos (Stg. 1:5).
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
Esposos maltratando a sus esposas
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que podemos añadir a la lista y que ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor es la de esposos maltratando a sus esposas. Este ha sido un problema muy grave por mucho tiempo y uno que continúa causando dolor, tristeza y división en muchos hogares. El maltrato de esposos para con sus esposas se puede observar de las siguientes maneras: (1) Fallando en amar a sus esposas como Cristo amó a la iglesia (Ef. 5:25), (2) Tratando a sus esposas de una manera áspera (Col. 3:19), (3) Fallando en proveer para las necesidades físicas y espirituales del hogar (1 Tim. 5:8), (4) Fallando en ser la cabeza espiritual del hogar (Ef. 5:23), (5) No tratando a sus esposas como a vaso más frágil (1 P. 3:7), (6) Utilizando palabras que lastiman y destruyen emocionalmente (Ef. 4:29), (7) Siendo infieles a ellas (Mt. 5:28; Heb. 13:4), (8) Descuidando el tiempo y la atención que deben brindarles (Ecl. 9:9), (9) Actuando con egoísmo y orgullo (Fil. 2:3-4), y (10) Maltratando físicamente a sus esposas por medio de la violencia doméstica. Estas son solamente algunas de las formas en las que el esposo puede maltratar a su esposa. Tales prácticas constituyen pecado delante de Dios y son completamente contrarias al diseño divino para el matrimonio.
Tristemente, el maltrato de los esposos para con sus esposas es algo que se ha podido observar aun en algunas iglesias del Señor. Amados hermanos, esto nunca debe ser el caso en nuestros matrimonios. El hogar cristiano debe ser un lugar donde reine el amor, el respeto, la comprensión y la paz. La voluntad de Dios nunca ha sido que la esposa viva con temor, tristeza o inseguridad. El matrimonio fue establecido por Dios para bendición y compañía (Gen. 2:18, 24), no para sufrimiento ni abuso.
El apóstol Pablo escribió lo siguiente a los santos en Éfeso: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, así mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Ef. 5:25-30).
A través de esta sección se puede observar cómo el apóstol instruye a los maridos a: (1) Amar a sus esposas con un amor profundo y sacrificial que imita el amor de Cristo por Su iglesia, (2) Buscar siempre el bienestar físico, emocional y espiritual de su esposa, (3) Amar y cuidar de sus esposas como a sus mismos cuerpos, y (4) Tratar a sus esposas con ternura, paciencia y consideración. Todo esposo que obedezca estas directivas logrará mantenerse alejado de maltratar a su esposa. Sin embargo, todo esposo que ignore los mandamientos que Dios ha establecido para el matrimonio terminará destruyendo su propio hogar y alejándose de la voluntad divina.
La Biblia enseña claramente que el carácter del cristiano debe reflejar mansedumbre, dominio propio y amor. Pablo escribió: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia” (Ef. 4:31). También escribió: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros” (Ef. 4:32). Un esposo que constantemente vive en ira, gritos, amenazas y violencia está actuando de una manera incompatible con la vida cristiana.
El apóstol Pedro también instruyó a los maridos diciendo: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 P. 3:7). Este pasaje enfatiza que el esposo debe honrar y respetar a su esposa. El hombre que humilla, desprecia o maltrata a su esposa pone en peligro su relación con Dios, ya que sus oraciones serán estorbadas.
También es importante recordar que los hijos sufren grandemente cuando observan violencia y maltrato dentro del hogar. Un hogar lleno de gritos, amenazas y agresión deja heridas emocionales profundas. Los padres cristianos deben criar a sus hijos “en disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:4), mostrando con su ejemplo cómo luce un matrimonio piadoso y agradable delante de Dios.
Por ende, ¿Qué más se puede hacer para evitar el maltrato de las esposas? Considere lo siguiente: (1) Recuerde que su esposa es una gran bendición en su vida (Prov. 18:22), (2) Recuerde que su esposa debe ser tratada con amor, dignidad y respeto (1 P. 3:7), (3) Recuerde que el no tratar bien a su esposa resultará en que sus oraciones no sean escuchadas ni respondidas por Dios (1 P. 3:7), (4) Recuerde que el amor verdadero “no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita” (1 Cor. 13:4-7), (5) Recuerde que usted dará cuentas a Dios por la manera en que trató a su familia (Rom. 14:12; 2 Cor. 5:10), y (6) Recuerde que maltratar a su esposa puede resultar en la pérdida de su esperanza de vida eterna si no hay arrepentimiento genuino (Rom. 6:23).
Es imperativo recordar que maltratar a su esposa impedirá que usted pueda experimentar un crecimiento espiritual conforme a la voluntad de Dios. El matrimonio es una institución establecida por Dios y, como tal, debe ser respetada y tenida en alta estima (Heb. 13:4). Dios ya ha provisto suficiente instrucción para poder gozar de una relación hermosa y estable en el matrimonio. Por lo tanto, esforcémonos siempre por mostrar amor, paciencia, respeto y fidelidad hacia nuestras esposas. Solamente así podremos tener hogares fuertes, matrimonios saludables y congregaciones agradables delante de Dios.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
Esposas maltratando a sus esposos
Willie A. Alvarenga
Otra práctica dañina que podemos añadir a la lista, y que ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor, es la de esposas maltratando a sus esposos. Este ha sido un problema muy grave por mucho tiempo y, lamentablemente, continúa afectando muchos hogares Cristianos. Dios diseñó el matrimonio para ser una relación de amor, respeto, ayuda mutua y edificación espiritual (Gen. 2:18; Ef. 5:22-33). Cuando una esposa no cumple con las responsabilidades que Dios le ha dado, no solamente afecta su matrimonio, sino también la estabilidad espiritual del hogar y el bienestar de la iglesia.
El maltrato de esposas hacia sus esposos puede observarse de muchas maneras: (1) No mostrando respeto hacia sus esposos (Ef. 5:33; 1 P. 3:1-6), (2) No sujetándose a ellos conforme al orden establecido por Dios (Ef. 5:22-24; Col. 3:18), (3) Siendo rencillosas y contenciosas con sus maridos (Prov. 21:9; 27:15), (4) Siendo iracundas y dominadas por el enojo (Prov. 21:19), (5) Hablando mal de sus maridos delante de los demás (Ef. 4:29; Mt. 12:36-37), (6) Rehusando vivir como la mujer virtuosa descrita en Proverbios 31, (7) Siendo mujeres necias que destruyen su hogar con sus propias manos (Prov. 14:1), (8) No respetando la fidelidad matrimonial (Heb. 13:4; Mt. 5:28), (9) Descuidando el hogar y las responsabilidades familiares (Tit. 2:4-5), (10) Siendo piedra de tropiezo para sus esposos al no animarles espiritualmente (Job 2:9), (11) Negándose a mostrar un espíritu afable y apacible, el cual es de grande estima delante de Dios (1 P. 3:4) y (12) No cumpliendo con sus deberes conyugales (1 Cor. 7:1-5).
En algunos casos, el comportamiento de ciertas esposas ha sido uno de los obstáculos por los cuales muchos maridos no viven felizmente con ellas. También impide que los esposos cumplan adecuadamente con los deberes que tienen dentro del matrimonio. Esto nunca debería ser el caso; sin embargo, lamentablemente lo es. Muchos maridos sufren emocional y espiritualmente a causa del maltrato recibido por parte de sus esposas. Ellas no siempre consideran el gran daño que causan cuando su comportamiento no está conforme a la voluntad de Dios.
La Biblia enseña claramente que el hogar debe caracterizarse por la paz, el amor y la edificación mutua. Colosenses 3:19 manda a los esposos amar a sus esposas y no ser ásperos con ellas; de igual manera, las esposas deben procurar un comportamiento que ayude y fortalezca a sus maridos. El matrimonio no fue diseñado para ser una relación de competencia, manipulación o menosprecio, sino una unión donde ambos glorifiquen a Dios (Ecl. 4:9-12).
¿De qué manera afecta a la iglesia el maltrato de esposas hacia sus esposos? Observe las siguientes consecuencias:
- Los esposos son obstaculizados en cumplir las responsabilidades que Dios les ha encomendado.
- Algunos esposos no llegan a ser predicadores porque sus esposas no desean apoyarles en la obra del Señor.
- Algunos no pueden servir como ancianos debido a la conducta infiel o desordenada de sus esposas delante de Dios (1 Tim. 3:1-7; Tit. 1:6-9).
- Otros no pueden llegar a ser diáconos por falta de apoyo espiritual en el hogar (1 Tim. 3:12).
- Muchos no pueden participar plenamente en ciertos ministerios por causa de conflictos constantes dentro del matrimonio.
- La iglesia recibe reproche del mundo al observar el comportamiento infiel de algunas esposas.
- La Palabra de Dios llega a ser blasfemada por causa de esposas que no cumplen sus deberes asignados (Tit. 2:5).
- Los hijos son afectados negativamente al crecer en hogares llenos de conflicto y falta de respeto.
- El ambiente espiritual del hogar se debilita, afectando la oración, el estudio Bíblico y la fidelidad a Dios.
- Satanás aprovecha estas dificultades para dividir hogares y debilitar a la iglesia (1 P. 5:8).
Este es un asunto muy serio y con consecuencias dolorosas. La iglesia es lastimada cuando hermanas casadas no se comportan como Dios manda en Su Palabra. Siempre debe ser el caso que el pueblo de Dios se esfuerce por vivir de tal manera que Él sea glorificado en la vida de todos los miembros de la iglesia (Mt. 5:16; 1 Cor. 10:31).
Gracias a Dios, el cambio sí es posible. Nuestro Padre celestial ha provisto todo lo necesario para que las esposas puedan desarrollar un carácter piadoso y agradable delante de Él. Por medio del estudio de la Palabra, la oración, la humildad y el deseo sincero de obedecer a Dios, toda esposa puede llegar a ser una bendición para su esposo, su hogar y la iglesia. Se anima a todas las esposas a esforzarse cada día por ser la clase de esposa que Dios manda. ¡Esto sí se puede lograr!