
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
Introducción a la serie de artículos para el año 2026
Willie A. Alvarenga
Este es el primer boletín del año 2026, en el cual se introduce una nueva serie de artículos que abordarán el tema de las prácticas que lastiman la iglesia del Señor. En la portada principal del año, los artículos tratarán de manera breve algunos de los retos que enfrentan nuestros jóvenes en la actualidad. Ambos temas deberán ser examinados cuidadosamente a la luz de las Escrituras y, al mismo tiempo, considerados con seriedad en nuestros corazones, evaluando su importancia y aplicación en nuestra vida cristiana.
En lo personal, expreso mi más sincero agradecimiento a todos los hermanos y hermanas que, durante el año 2025, tomaron el tiempo para leer y reflexionar sobre los artículos incluidos en el boletín semanal. También agradezco a quienes respondieron al boletín de la semana pasada y se acercaron para compartir sus comentarios y sugerencias. Gracias por mostrar un interés genuino en su crecimiento espiritual. Lamentablemente, no todos los cristianos muestran esta misma disposición para crecer en el conocimiento de la Palabra de Dios (2 P. 3:18). Mi oración constante es que este no sea el caso con la iglesia aquí en Brown Trail. Como predicador, hermano en Cristo y siervo de todos, mi deseo es siempre lo mejor para cada uno de ustedes, y que su crecimiento espiritual glorifique a Dios por medio de sus vidas.
Durante este año, mi intención es escribir acerca de ciertas prácticas que tienen el potencial de lastimar a la iglesia del Señor. El propósito de esta serie es ofrecer una especie de “vacuna espiritual” que nos ayude a no contaminarnos con actitudes, conductas o enseñanzas que puedan dañar la iglesia y la obra que buscamos realizar para la gloria de Dios. A través de estos artículos aprenderemos cuáles son esas prácticas y qué podemos hacer para ser más que victoriosos sobre todo aquello que pueda afectar negativamente a la iglesia por la cual nuestro Señor Jesucristo dio Su vida en la cruz del Calvario.
Cada miembro del cuerpo de Cristo tiene la responsabilidad de cuidar la obra del Señor. Las consecuencias de dañar o destruir el Cuerpo de Cristo son sumamente serias. Esto lo vemos claramente en 1 Corintios 3:16-17, donde el apóstol Pablo escribe:
“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.”
Que Dios nos ayude a nunca adoptar prácticas que tengan el potencial de lastimar o destruir Su obra.
Cada artículo contará con aproximadamente 550 palabras, y, con la ayuda de Dios, todo este material será compilado en un libro al final del año. Damos gracias a Dios porque ya contamos con tres libros titulados “Meditando en las Escrituras”, correspondientes a los años 2023, 2024 y 2025, los cuales contienen todos los artículos publicados en el boletín de la congregación. Estos libros están disponibles en la página de internet de la iglesia.
Hermanos, les ruego que oren por mí, para que al preparar estos artículos pueda hacerlo conforme a la voluntad de Dios, enseñando siempre con fidelidad a Su Palabra (Tit. 2:1; 1 P. 4:11).
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La actitud pecaminosa Diótrefes
Willie A. Alvarenga
En la tercera carta del apóstol Juan, específicamente en los versículos 9 y 10, se presenta un claro listado de actitudes pecaminosas manifestadas por un individuo llamado Diótrefes. El texto inspirado declara lo siguiente:
“Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace, parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se los prohíbe, y los expulsa de la iglesia”.
A la luz de este pasaje, se puede identificar un conjunto de actitudes que estaban causando un daño significativo a la iglesia del Señor.
En primer lugar, se observa un amor desmedido por la preeminencia. A Diótrefes le agradaba ocupar el primer lugar entre los hermanos. Esta actitud contrasta directamente con la enseñanza de Jesucristo, quien exhortó a Sus discípulos a no imitar el modelo de liderazgo del mundo (Mr. 10:42-45). El Señor enseñó que la verdadera grandeza se manifiesta en el servicio humilde, recordándonos que Él mismo vino para servir y no para ser servido. El deseo de preeminencia inevitablemente conduce a actitudes que perjudican la armonía y la edificación de la iglesia.
En segundo lugar, se evidencia un rechazo claro y deliberado de la autoridad apostólica. Diótrefes se atrevió a rechazar al apóstol Juan, lo cual implica, en esencia, un rechazo de la Palabra de Dios. Juan fue designado apóstol por Jesucristo; por lo tanto, rechazar su autoridad equivalía a rechazar la autoridad del mismo Señor. Aquellos que adoptan una actitud similar a la de Diótrefes tienden a menospreciar la autoridad de las Escrituras y a hablar no conforme a la sana doctrina, sino según sus propios pensamientos y opiniones (1 P. 4:11; Tit. 2:1).
En tercer lugar, se puede notar una conducta pecaminosa caracterizada por el uso indebido de la lengua. El verbo “parloteando” implica la idea de denigrar, calumniar o hablar maliciosamente. La Biblia Textual emplea la expresión “denigrándonos con palabras maliciosas”; la versión Dios Habla Hoy dice: “anda contando chismes y mentiras contra nosotros”; mientras que la Nueva Traducción Viviente afirma: “y sus infames acusaciones contra nosotros”. Estas expresiones dejan claro que Diótrefes violó los principios bíblicos relacionados con el buen uso del lenguaje, los cuales condenan toda palabra corrupta, maliciosa o dañina (Ef. 4:29, 31; Mt. 12:36-37; Col. 4:5-6).
En cuarto lugar, se observa una marcada falta de hospitalidad hacia los hermanos. El texto indica que Diótrefes no los recibía, lo cual puede referirse tanto a la negativa de ofrecer hospitalidad en su hogar como al rechazo de aceptarlos en la congregación. Las Escrituras exhortan repetidamente a los cristianos a practicar la hospitalidad (Rom. 12:13; Heb. 13:2). Al negarse a hacerlo, Diótrefes transgredía la autoridad divina y contribuía al daño espiritual de la iglesia. Además, el texto señala que prohibía a otros hermanos recibirlos, reflejando una actitud controladora y divisiva que aún hoy se manifiesta cuando algunos se oponen a que los hermanos cultiven relaciones sanas dentro de la iglesia.
Finalmente, Diótrefes fue culpable de abuso de autoridad al expulsar de la iglesia a aquellos hermanos que no compartían su mentalidad pecaminosa. Usó su influencia de manera indebida para imponer su voluntad, provocando un grave daño a la obra del Señor. Tal conducta es completamente contraria a los principios del liderazgo bíblico.
El apóstol Juan estaba dispuesto a confrontar y reprender este tipo de actitudes que perjudican la iglesia de Cristo. De igual manera, los cristianos de hoy deben estar siempre preparados y dispuestos a señalar y corregir conductas pecaminosas que dañan la causa del Señor. Nunca se deben tolerar tales actitudes, sino promover aquellas que Dios enseña claramente por medio de Su santa y perfecta Palabra.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La actitud pecaminosa de Himeneo y Fileto – Apostasía y trastorno de la fe
(2 Timoteo 2:16-18)
Willie A. Alvarenga
En este artículo se abordará el tema de Himeneo y Fileto, dos personajes mencionados por el apóstol Pablo, quienes fueron responsables de causar daño a la iglesia del Señor. Pablo escribió lo siguiente acerca de ellos:
“Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2 Tim. 2:16-18).
A través de este pasaje se pueden identificar los pecados cometidos por estos hombres, los cuales perjudicaron la iglesia del Señor. Es necesario que el pueblo de Dios evite caer en prácticas semejantes.
En primer lugar, se observa la desobediencia a la Palabra de Dios al apartarse de ella. Pablo señala que Himeneo y Fileto “se desviaron de la verdad”. El verbo “desviaron”, en tiempo aoristo, indica una acción completa en el pasado y significa descarriarse, perder el camino o apostatar. Al desviarse de la Palabra de Dios, abandonaron la fidelidad que Dios merece y dejaron de ser un apoyo espiritual para la iglesia. La expresión “la verdad” se refiere al cuerpo de la doctrina de Dios que debe ser respetado y obedecido. La conducta de estos hombres presenta un mal ejemplo y ejerce una influencia negativa sobre los demás, ya que existe el riesgo de que otros hermanos sigan el mismo camino, causando perjuicio a la iglesia.
En segundo lugar, Himeneo y Fileto trastornaron la fe de algunos creyentes. Enseñaban falsamente que la resurrección ya se había efectuado, lo que provocó confusión y debilitamiento de la fe en Cristo. La palabra “trastornada” denota derribar, destruir o arruinar las convicciones del corazón. Estos hombres no consideraron el daño espiritual que causaban a la comunidad de creyentes. La enseñanza de falsa doctrina está prohibida por la Palabra de Dios, la cual enfatiza que solo debe enseñarse la sana doctrina (Tit. 2:1; 2 Tim. 1:13; 1 P. 4:11; 2 Jn. 9-11).
La conducta de Himeneo y Fileto es un ejemplo claro de cómo la apostasía y la falsa enseñanza pueden dañar la iglesia. Su desobediencia y tergiversación de la verdad provocaron trastornos en la fe de los hermanos y pusieron en riesgo la integridad espiritual de la comunidad. Por ello, los cristianos deben permanecer firmes en la sana doctrina, obedecer la Palabra de Dios y cuidar de no ser instrumentos de confusión o división en la iglesia. La fidelidad a la verdad y la protección de la fe de los hermanos son esenciales para la salud y crecimiento de la obra del Señor.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
Las mentiras y la mala influencia de Ananías y Safira
(Hechos 5:1-11).
Willie A. Alvarenga
La historia de Ananías y Safira ha quedado marcada en los primeros años de la iglesia del Señor como una seria advertencia contra la práctica de la mentira. Este relato muestra cómo un matrimonio decidió trabajar unido, no para honrar a Dios, sino para mentirle a Él, al Espíritu Santo y al apóstol Pedro acerca del precio por el cual habían vendido una heredad (Hch. 5:3–4, 9). Ambos se pusieron de acuerdo para engañar (Hch. 5:2, 8), y la Escritura revela cómo los dos fueron castigados por causa de su pecado.
La Biblia enseña claramente que Dios no se complace en los labios mentirosos (Prov. 12:22) y que las consecuencias eternas de la mentira son terribles (Ap. 21:8, 27).
¿De qué manera perjudicaron Ananías y Safira a la iglesia del Señor? A continuación, consideremos un aspecto fundamental.
Ananías y Safira fueron culpables de dar un mal ejemplo a la iglesia. Su mal ejemplo se manifiesta en la forma en que ambos se pusieron de acuerdo para practicar la mentira contra Dios, el Espíritu Santo y el apóstol Pedro. Lamentablemente, hoy también pueden existir matrimonios que se prestan para engañar juntos a los hermanos de la iglesia, poniéndose de acuerdo para mentir en diversos asuntos de la vida espiritual.
Este matrimonio mintió de tal manera que probablemente la iglesia pensó que ellos eran fieles y muy generosos con la obra del Señor, cuando en realidad no lo eran. Tal actitud no agrada a Dios. Los matrimonios cristianos deben trabajar unidos para dar un ejemplo fiel que anime a otros a practicar la verdad y no la mentira.
La iglesia se dio cuenta de este pecado, y no solo los hermanos, sino también “todos” (Hch. 5:5, 11). Estos pasajes sugieren que el pecado de Ananías y Safira fue notorio tanto dentro como fuera de la iglesia. Su infidelidad llegó a ser conocida aun por los no cristianos. La Biblia exhorta al pueblo de Dios a ser luz y buen ejemplo para todos (Mt. 5:16), pero este no fue el caso con ellos.
Los matrimonios hoy deben cuidarse de no perjudicar la obra del Señor con un mal ejemplo, ya que esto puede ser piedra de tropiezo para los hermanos y una mala imagen ante los que no son cristianos.
Póngase a pensar en esta historia: aun los jóvenes de la iglesia tuvieron trabajo extra por causa del pecado de Ananías y Safira. Ellos tuvieron que sacar y sepultar sus cuerpos (Hch. 5:6, 10). Esos jóvenes pudieron haber usado su tiempo en evangelizar o en servir de manera positiva en la obra del Señor, pero tuvieron que ocuparse de las consecuencias del pecado de otros.
Hermanos, Dios no se agrada cuando el cristiano perjudica la obra del Señor. Por eso, debemos practicar la fidelidad en todo tiempo y alejarnos de la mentira y del mal ejemplo. Que Dios nos ayude a nunca unirnos para el error, sino siempre para la verdad y la fidelidad.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La inmoralidad sexual en la iglesia
(1 Corintios 5:1-13).
Willie A. Alvarenga
En 1 Corintios 5:1–13, el apóstol Pablo aborda uno de los problemas más graves que puede perjudicar profundamente a la iglesia del Señor: la inmoralidad sexual tolerada dentro de la congregación. Pablo informa que entre los hermanos de Corinto existía un caso escandaloso: “uno tiene la mujer de su padre” (v. 1). Tal conducta constituía una clara y abierta violación de los principios morales establecidos por Dios desde tiempos antiguos. De hecho, este tipo de pecado ya había sido condenado explícitamente en la ley mosaica. Moisés declaró:
“Ninguno tomará la mujer de su padre, ni profanará el lecho de su padre” (Deuteronomio 22:30; cf. Levítico 18:8; 20:11).
Esto demuestra que el pecado cometido en Corinto no era una cuestión cultural o de ignorancia, sino una transgresión clara y deliberada de la voluntad revelada de Dios.
Algunos intérpretes sugieren que la mujer mencionada era la madrastra del hombre involucrado, mientras que otros consideran la posibilidad de que se tratara de su propia madre. El texto Bíblico no especifica este detalle, por lo cual ambas posturas han sido propuestas. No obstante, el punto central del pasaje no es la identidad exacta de la mujer, sino el hecho de que la inmoralidad sexual, cuando no es confrontada ni corregida, no reconoce límites (cf. Proverbios 6:27–29; Efesios 4:19).
El apóstol Pablo no solo reprende al individuo culpable, sino también a toda la iglesia, señalando que tal fornicación era conocida públicamente dentro de la congregación. Además, los reprende severamente porque, en lugar de lamentarse profundamente, estaban “envanecidos” (v. 2). Este término describe una actitud de orgullo, arrogancia y autosuficiencia (cf. 1 Corintios 4:6, 18–19). Aun más, Pablo denuncia la jactancia de los hermanos (vv. 6–7), una actitud que la Escritura condena repetidamente (cf. Jeremías 9:23–24; Santiago 4:16). Hasta ese lamentable nivel había llegado la iglesia en Corinto: no solo toleraban el pecado, sino que se sentían orgullosos de su aparente “tolerancia”.
Como resultado, la iglesia en Corinto era culpable de varios pecados graves:
- Fornicación, practicada por el hermano que tenía la mujer de su padre (1 Co. 5:1; cf. 1 Tes. 4:3).
- Un pecado sexual tan grave que ni aun se nombraba entre los gentiles, es decir, entre los no creyentes (1 Co. 5:1; cf. Romanos 2:14–15).
- Envanecimiento, al no lamentarse ni tomar medidas correctivas frente al pecado (1 Co. 5:2; cf. Proverbios 28:13).
- Jactancia, una actitud claramente condenada por Dios (1 Co. 5:6; cf. Proverbios 16:18).
- Comunión con los culpables de inmoralidad sexual, ignorando la necesidad de aplicar la disciplina bíblica ordenada por Dios (1 Co. 5:9–11; cf. Mateo 18:15–17; 2 Tesalonicenses 3:6).
Todas estas acciones estaban perjudicando seriamente la obra del Señor. No cabe duda de que la iglesia en Corinto había adquirido una mala reputación ante el mundo. En lugar de ser luz, su testimonio estaba oscurecido (cf. Mateo 5:14–16), y Dios no estaba siendo glorificado como Él lo demanda (cf. 1 Corintios 10:31).
La inmoralidad sexual nunca es un pecado privado cuando se tolera dentro de la iglesia; afecta a todo el cuerpo de Cristo. Pablo utiliza la ilustración de la levadura para enseñar que “un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Co. 5:6; cf. Gálatas 5:9). Este pecado debilita el testimonio de la iglesia, destruye la pureza espiritual, endurece la conciencia y provoca que el nombre de Dios sea blasfemado entre los incrédulos (cf. Romanos 2:24; 1 Timoteo 6:1).
Cuando la iglesia deja de lamentarse por el pecado y comienza a justificarlo o tolerarlo, pierde su identidad y su poder espiritual (cf. Isaías 1:21–23; Apocalipsis 2:20–23). Por esta razón, Pablo exhorta a la iglesia a tomar una postura firme, santa y Bíblica, removiendo al pecador impenitente para preservar la pureza del cuerpo (1 Co. 5:5, 7, 13).
La pureza moral no es opcional, sino esencial para que la iglesia glorifique a Dios, mantenga su testimonio y cumpla fielmente su misión en el mundo (cf. Efesios 5:3–7; 1 Pedro 1:15–16). Solo una iglesia comprometida con la santidad podrá reflejar el carácter de Cristo y honrar el nombre del Señor delante de una generación corrompida.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La actitud de división de la iglesia de Cristo en Corinto
(1 Corintios 1:10-13).
Willie A. Alvarenga
En 1 Corintios 1:10–13, el apóstol Pablo aborda uno de los problemas más serios que se estaban presentando en la iglesia de Cristo en la ciudad de Corinto: la división entre los hermanos. Este problema atentaba directamente contra la unidad que Cristo demanda para Su iglesia. El pasaje revela la profunda preocupación de Pablo y su actitud pastoral al exhortar a los hermanos diciendo:
“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Cor. 1:10-13).
A través de esta sección de la Escritura, se puede observar cómo los hermanos se estaban dividiendo entre sí al adoptar un espíritu de lealtad indebida hacia aquellos que les predicaban la Palabra de Dios. Algunos habían llegado al punto de exaltar a Pablo, Pedro o Apolos como si alguno de ellos fuera superior espiritualmente. Para ciertos hermanos, el haber sido bautizados por Pablo parecía tener más valor que haber sido bautizados por Pedro; para otros, Apolos era preferible. Esta mentalidad carnal reflejaba una comprensión errónea del evangelio y del propósito de los siervos de Dios (1 Cor. 3:3-7).
Tal actitud divisiva no es correcta y debe ser rechazada por el pueblo de Dios, ya que todos los predicadores fieles son solo colaboradores en la obra del Señor, mientras que Dios es quien da el crecimiento (1 Cor. 3:6-9). Ningún siervo debe ocupar el lugar que solo pertenece a Cristo, quien es la cabeza de la iglesia (Col. 1:18).
Los siervos de Dios deben tener la misma importancia ante todos los hijos de Dios. No importa cuánto hayan logrado en sus ministerios, el hecho permanece firme: todos son instrumentos en las manos de Dios y deben ser valorados como tales (2 Cor. 4:5). Exaltar a unos y menospreciar a otros solo fomenta el orgullo y la división, pecados que Dios claramente condena (Prov. 6:16-19).
Es muy probable que aquellos que preferían a Pablo menospreciaran a Pedro y a Apolos. Esta actitud de hacer diferencias entre los hermanos causa divisiones dentro de la iglesia y provoca que muchos sean lastimados por el desprecio y la arrogancia espiritual. Tal conducta contradice el amor fraternal que debe caracterizar al pueblo de Dios (Rom. 12:10; Efesios 4:1-3).
Según el pasaje bajo consideración, los corintios no estaban obedeciendo la Palabra de Dios. No estaban en la misma sintonía espiritual ni caminaban conforme a la enseñanza apostólica. Al ignorar las instrucciones recibidas, se hicieron culpables de promover la división. Cuando un cristiano considera que un hermano es mejor que otro, incurre en el pecado de la acepción de personas y fomenta una práctica que Dios claramente reprueba (Santiago 2:1-13; Romanos 2:11).
Además, los corintios fallaron en estar perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. La falta de unidad espiritual siempre traerá consecuencias negativas, pues una iglesia dividida pierde efectividad en su misión y debilita su testimonio ante el mundo (Juan 17:20-21; Mateo 12:25). La división no edifica; por el contrario, destruye la obra del Señor.
Por lo tanto, aprendamos del error cometido por los corintios y esforcémonos por tratar a todos los hermanos con el mismo amor, respeto y consideración. Amemos a todos por igual, tal como Cristo nos ha amado, para que el pecado de la división no lastime la obra del Señor (Juan 13:34-35; Filipenses 2:1-4; Colosenses 3:12-15). Atendamos con seriedad a las palabras del apóstol Pablo, a fin de no encontrarnos en desobediencia directa a la voluntad de Dios. La unidad siempre será lo mejor y más beneficioso para la iglesia del Señor.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La indiferencia hacia la obra del Señor
Willie A. Alvarenga
Otra práctica que daña seriamente a la iglesia del Señor es la indiferencia hacia Su obra. El sustantivo “indiferencia” describe una actitud de frialdad, desdén, insensibilidad, falta de interés o apatía hacia algo o alguien (Diccionario Manual de Sinónimos y Antónimos, p. 448). Lamentablemente, esta actitud ha penetrado el corazón de muchos cristianos a quienes simplemente no les importa la obra del Señor. Para tales cristianos, la obra del Señor no merece su tiempo, su esfuerzo ni su preocupación. Esta actitud contradice claramente el mandato Bíblico de servir a Dios con diligencia y fervor (Romanos 12:11).
Este tipo de indiferencia se manifiesta de diversas maneras:
(1) Ausencia voluntaria a los servicios de adoración (Hebreos 10:25).
(2) Falta de amor fraternal hacia la iglesia (Juan 13:34-35).
(3) Ausencia voluntaria a las actividades espirituales de la congregación (Hechos 2:42).
(4) Falta de oración en la vida del cristiano (1 Tesalonicenses 5:17).
(5) Falta de participación en los servicios de adoración (Colosenses 3:16).
(6) Falta de interés en la adoración a Dios (Juan 4:23-24).
(7) Falta de atención a los sermones que se predican (Hechos 17:11).
(8) Falta de interés en el estudio serio de las Escrituras (2 Timoteo 2:15).
(9) Falta de interés en la evangelización de las almas perdidas (Marcos 16:15; Mateo 28:19-20).
(10) Falta de arrepentimiento ante la práctica del pecado (Hechos 8:22).
(11) Falta de respeto al liderazgo de la iglesia (Hebreos 13:17).
(12) Amor superficial hacia los hermanos (1 Juan 3:16-18).
(13) Frialdad en la ofrenda a Dios (2 Corintios 9:6-7).
(14) Falta de compromiso espiritual con Dios (Lucas 9:23) y
(15) Falta de amor profundo por Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo (Mateo 22:37; Juan 14:15).
La obra de la iglesia ha sido grandemente afectada de manera negativa por causa de miembros que practican las actitudes antes mencionadas. Muchas congregaciones están perdiendo miembros e incluso han llegado al punto de cerrar sus puertas debido a la indiferencia espiritual de muchos (Oseas 4:6). La indiferencia debilita la iglesia, apaga el celo espiritual y deshonra el nombre de Cristo (Apocalipsis 2:4).
¿Qué se puede hacer ante este grave error? En primer lugar, se deben reconocer los daños serios que se causan a la obra del Señor (Salmo 51:3). En segundo lugar, se debe recordar con seriedad el compromiso que tenemos con Dios (Filipenses 1:21; Mateo 6:33; Romanos 14:8). En tercer lugar, se debe aumentar cada día el amor profundo por Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerzas (Marcos 12:30). En cuarto lugar, se debe evitar a toda costa la práctica de las quince manifestaciones de indiferencia señaladas en este artículo. En quinto lugar, se debe recordar que la indiferencia espiritual puede provocar la pérdida eterna del alma (Apocalipsis 3:14-22; Mateo 16:26).
Este es un problema serio y debe evitarse a toda costa. Recordemos las palabras de Jesús a la iglesia en Laodicea: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16). Asimismo, el Señor exhorta diciendo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19). El cristiano fiel debe aprender de este ejemplo para no cometer el mismo pecado de indiferencia espiritual.
Nunca se debe buscar entristecer a la Deidad por causa de esta actitud pecaminosa (Efesios 4:30). La iglesia le costó un precio muy alto al Señor Jesucristo, pues Él la compró con Su propia sangre (Hechos 20:28). Su sacrificio debe motivarnos a ser diligentes, fieles y comprometidos en la obra que se lleva a cabo para la gloria de Dios (1 Corintios 15:58).
La iglesia de Cristo del primer siglo es un gran ejemplo de la fidelidad que debemos reflejar en nuestra vida cristiana. Aquellos hermanos perseveraban en la doctrina, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones, aun en medio de severas tribulaciones (Hechos 2:42; Hechos 8:1-4). Por lo tanto, debemos procurar imitar este ejemplo apostólico para que Dios sea siempre glorificado y Su obra sea bendecida por medio de un servicio diligente, ferviente y libre del pecado de la indiferencia (Mateo 5:16).
“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21).
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
El chisme entre los miembros
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es el chisme. Aunque algunos lo consideran un pecado “pequeño”, las Escrituras lo presentan como una conducta destructiva y condenable, especialmente cuando se practica entre los miembros del cuerpo de Cristo.
El término chisme ha sido traducido de diferentes maneras en las versiones bíblicas. Por ejemplo, La Biblia de las Américas lo traduce como “calumnia”, mientras que La Biblia Textual utiliza el término “difamación”. Los léxicos y diccionarios bíblicos definen esta palabra como el acto de hablar mal de otra persona sin necesidad ni edificación, divulgando información —sea verdadera o falsa— que daña su reputación, siembra división y provoca conflictos. En esencia, la práctica del chisme busca perjudicar el buen nombre del prójimo.
Las Escrituras inspiradas tienen mucho que decir respecto a esta práctica pecaminosa:
- Levítico 19:16
“No andarás chismeando entre tu pueblo…” - Proverbios 11:13
“El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo”. - Proverbios 16:28
“El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos”. - 1 Timoteo 5:13
“Y también aprenden a ser ociosas, andando de casa en casa; y no solamente ociosas, sino también chismosas y entremetidas, hablando lo que no debieran”. - Tito 2:3
“Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras…”
Estos pasajes deberían motivar seriamente a los cristianos a rechazar la práctica del chisme. No solo se viola la voluntad de Dios, sino que también se perjudica injustamente la reputación de los miembros del cuerpo de Cristo. Cuando cristianos se reúnen —ya sea en hogares o en cualquier otro lugar— para hablar negativamente de un hermano o hermana, con el propósito de dañar su imagen, tal conducta no agrada a Dios.
Santiago, el hermano del Señor, advierte con firmeza:
Santiago 4:11
“Hermanos, no murmuréis los unos de los otros…”
El verbo “murmuréis” aparece en tiempo presente y modo imperativo, lo cual indica una prohibición continua. Dios demanda que esta práctica sea evitada en todo momento, no solo ocasionalmente.
El chisme perjudica a la iglesia porque, con frecuencia, se utiliza para dañar la reputación de personas que no están practicando el pecado. Lamentablemente, quienes propagan el chisme suelen encontrar oyentes dispuestos a creer sin verificar los hechos. Esto contradice el principio bíblico de justicia y prudencia (cf. Proverbios 18:13).
Tal como señala Proverbios 16:28, el chismoso aparta a los mejores amigos. En el contexto de la iglesia, esta conducta promueve la división, rompe la comunión y debilita la unidad espiritual del pueblo de Dios.
Por ello, el apóstol Pablo exhorta:
Efesios 4:29
“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”.
El chisme no edifica, no restaura y no glorifica a Dios. En lugar de practicarlo, los cristianos deben comprometerse a hablar con verdad, amor y sabiduría, procurando siempre la edificación del cuerpo de Cristo y la honra del nombre del Señor.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La hipocresía en el amor fraternal
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado en gran manera a la iglesia del Señor es la hipocresía en el amor fraternal. El apóstol Pablo dirigió palabras muy claras a la iglesia en Roma cuando escribió:
“El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno” (Romanos 12:9).
La expresión “sin fingimiento” procede del término griego anupókritos, el cual denota aquello que es sin hipocresía, es decir, algo sincero, genuino y verdadero. Los léxicos coinciden en que este término describe una actitud libre de doblez y simulación. La Biblia Traducción en Lenguaje Actual traduce este pasaje diciendo: “Amen a los demás con sinceridad”, mientras que la Nueva Traducción Viviente declara: “No finjan amar a los demás; ámenlos de verdad”. Cada una de estas traducciones resalta la gran verdad de que el amor que debe practicarse entre los hermanos no puede ser fingido, sino auténtico y constante.
El supremo ejemplo de amor que encontramos en las Escrituras es el de Dios y Su Hijo, Jesucristo. El amor de Dios hacia la humanidad jamás ha sido fingido, sino siempre real, sacrificial y fiel. De la misma manera, el amor de Jesús hacia Sus discípulos fue verdadero y constante. Por ello, el Señor los exhortó diciendo:
“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado…” (Juan 13:34–35).
CONSECUENCIAS DE LA HIPOCRESÍA EN EL AMOR FRATERNAL
Las consecuencias de practicar un amor lleno de hipocresía son graves y peligrosas. En primer lugar, quien practica la hipocresía se engaña a sí mismo, pues no está poniendo en práctica lo que la Palabra de Dios enseña. Santiago advierte claramente sobre este autoengaño espiritual (Santiago 1:22–25).
En segundo lugar, el que ama con hipocresía no ha conocido verdaderamente a Dios, porque Dios es amor, y Su amor es genuino y sin doblez (1 Juan 4:8).
En tercer lugar, todo aquel que practica un amor fingido no anda en el camino de la vida eterna, sino que se expone al juicio divino. El apóstol Juan afirma que el odio, aun cuando se disfraza de amor, coloca al individuo fuera de la comunión con Dios (1 Jn. 3:14–15).
CÓMO SE LASTIMA LA CAUSA DE CRISTO
La causa de Cristo también se ve seriamente afectada cuando hermanos y hermanas no practican un amor sincero. En primer lugar, se presenta un mal ejemplo dentro de la iglesia del Señor. Algunos piensan que su hipocresía pasa desapercibida, pero en la mayoría de los casos la congregación puede percibir claramente cuando el amor es fingido.
En segundo lugar, los inconversos observan la incoherencia entre la profesión cristiana y la conducta diaria. La hipocresía, la acepción de personas y la falta de amor genuino se convierten en grandes obstáculos para que otros deseen obedecer el evangelio. Jesús exhortó a Sus seguidores a vivir de tal manera que glorificaran a Dios delante de los hombres (Mateo 5:16).
EXHORTACIÓN FINAL
Se hace un llamado urgente y diligente al pueblo de Dios a no permitir jamás que el amor fingido forme parte de nuestra vida cristiana. Debemos esforzarnos por amar a nuestros hermanos con sinceridad, pureza y constancia. Cuando este amor genuino se practica, la iglesia del Señor se fortalece y presenta un testimonio poderoso ante el mundo.
Recordemos que todos los cristianos somos exhortados a ser imitadores de Dios y de Cristo, andando en amor, así como Él nos amó (Efesios 5:1–2; 1 Corintios 11:1). Que Dios, en Su gracia y misericordia, nos ayude siempre a vivir este amor verdadero en nuestra vida diaria.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
El abandono de la causa de Cristo
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es el abandono de la causa de Cristo. Esta conducta no es nueva, pues la Escritura nos presenta ejemplos claros de quienes, por diversas razones, decidieron apartarse del compromiso con el Señor y Su obra.
Un caso notable es el de Demas. En 2 Timoteo 4:10 leemos:
“Porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica; Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia”.
El verbo “desamparado” implica el acto de dejar, abandonar o desatender. El léxico BDAG lo define como abandonar a una persona, dejándola sin cuidado o apoyo. Esto fue exactamente lo que Demas hizo con el apóstol Pablo y, en consecuencia, con la causa de Cristo. Su amor por el mundo (cf. 1 Jn. 2:15–17) lo llevó a tomar una decisión que tuvo serias implicaciones espirituales.
El capítulo 4 de 2 Timoteo presenta varios eventos que evidencian momentos de profundo desánimo en la vida del apóstol Pablo. En el versículo 10, Demas lo abandona; en el versículo 14, Alejandro el calderero le causa muchos males; y en el versículo 16, Pablo declara que en su primera defensa “ninguno estuvo a su lado”. Sin duda, estas acciones no solo afectaron emocionalmente a Pablo, sino que también perjudicaron la obra del Señor.
No obstante, Pablo afirma con confianza que hubo alguien que jamás lo desamparó: el Señor. En 2 Timoteo 4:17–18 declara que el Señor estuvo a su lado y lo fortaleció. Esta verdad armoniza con promesas como Hebreos 13:5 (“No te desampararé, ni te dejaré”) y Mateo 28:20 (“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”).
Ante este panorama, surge una pregunta importante:
¿Por qué el abandono de la causa de Cristo perjudica gravemente la obra del Señor? Consideremos las siguientes razones:
1. Provoca que la obra del Señor sea blasfemada
Cuando los cristianos abandonan su compromiso, el nombre de Dios es deshonrado. Romanos 2:24 afirma:
“El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros”.
Además, Jesús enseñó que nuestras buenas obras deben glorificar a Dios (Mt. 5:16). La infidelidad produce el efecto contrario.
2. Reduce la fuerza necesaria para la evangelización y el trabajo de la iglesia
La obra del Señor requiere cooperación y compromiso. En el primer siglo, la iglesia creció porque todos trabajaban unidos (Hch. 2:42–47; 4:32). Cuando algunos abandonan la causa de Cristo, el avance del evangelio se dificulta (cf. 1 Cor. 3:6–9).
3. Da un mal ejemplo a los recién convertidos
La apostasía y la indiferencia espiritual proyectan un ejemplo negativo de inconstancia y falta de amor por Cristo. Pablo exhortó a Timoteo a ser “ejemplo de los creyentes” (1 Tim. 4:12). Un mal ejemplo puede hacer tropezar a los más débiles en la fe (cf. Rom. 14:13; 1 Cor. 8:9).
4. Impide que Dios sea glorificado
Dios es glorificado cuando Su pueblo vive en obediencia y fidelidad (Jn. 15:8; Fil. 1:11). La indiferencia espiritual y la infidelidad conducen a la pérdida de la esperanza eterna (Heb. 3:12–14; Ap. 2:10), lo cual resalta la gravedad de este asunto.
El pueblo de Dios es exhortado a perseverar fielmente en la causa del Señor (1 Cor. 15:58; Gál. 6:9). Dios ha provisto todo lo necesario para una vida piadosa (2 Pedro 1:3). Por lo tanto, debemos procurar con diligencia vivir fielmente, para que, al final de nuestra carrera, podamos entrar en la gloria preparada para los que aman y permanecen en Cristo (2 Tim. 4:7–8; Ap. 21:7).
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La comunión con falsos maestros
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado en gran manera a la iglesia del Señor es la comunión con falsos maestros. Un falso maestro es aquel que ha tergiversado la enseñanza correcta y verdadera de las Escrituras (cf. 2 Pedro 3:16-17). La palabra “tergiversado” denota el acto de distorsionar, mal representar o malinterpretar algo. La Biblia advierte repetidamente acerca de la presencia de tales hombres entre el pueblo de Dios. Por ejemplo, el apóstol Pedro declaró que, así como hubo falsos profetas entre el pueblo, también habría falsos maestros entre los cristianos (2 Pedro 2:1). Asimismo, el apóstol Pablo advirtió que algunos hablarían cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos (Hechos 20:28-30).
Entre las características de los falsos maestros se encuentran: (1) Introducen enseñanzas erróneas contrarias a la verdad de Dios (2 Pedro 2:1), (2) Engañan con palabras persuasivas y halagadoras (Colosenses 2:4; Romanos 16:17-18), (3) Buscan el provecho personal y explotan a otros por avaricia (2 Pedro 2:3; 1 Timoteo 6:3-5), (4) Dividen a la iglesia del Señor causando tropiezos (Romanos 16:17; Judas 19), (5) Desvían a las personas de la verdad de Dios (Gálatas 1:6-7; Hechos 20:28-30), (6) Aparentan piedad y fidelidad a Dios, pero niegan el poder de ella (Mateo 7:15; 2 Timoteo 3:5), (7) Enseñan doctrinas de hombres en lugar de la Palabra de Dios (Mateo 15:8-9; 1 Timoteo 4:1-2). La lista de características de un falso maestro podría continuar, ya que son muchas; sin embargo, es imperativo que el pueblo de Dios las conozca y procure no ser engañado por estas personas (1 Juan 4:1).
El problema grave surge cuando varios hermanos que profesan ser seguidores de la sana doctrina mantienen comunión con aquellos que poseen las características ya mencionadas. Lamentablemente, muchos en la actualidad están más enfocados en mantener amistades y relaciones con aquellos que no andan conforme a la verdad de Dios. Muchos están más interesados en ser reconocidos por ellos que por el Señor. Esta clase de actitudes constituye una violación directa de lo que Dios prohíbe. Por ejemplo, el apóstol Pablo exhortó a la iglesia en Éfeso a no tener comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien a reprenderlas (Efesios 5:11). El apóstol también exhortó a la iglesia en Roma a tener cuidado con aquellos que procuraban causar divisiones y tropiezos contra la doctrina verdadera que habían recibido, y a apartarse de ellos (Romanos 16:17-18).
De igual manera, el apóstol Juan enseñó claramente que no se debe recibir ni dar bienvenida a quienes no permanecen en la doctrina de Cristo (2 Juan 9-11). El hacerlo, dice el texto, implica participar en sus malas obras. Estas enseñanzas muestran que Dios espera que su pueblo mantenga una clara separación doctrinal del error. Sin embargo, parece que a muchos no les importa predicar en el mismo programa donde también predican falsos maestros, ni compartir plataformas que dan legitimidad al error. Hermanos, esto no debería ser así.
¿De qué forma perjudica a la iglesia del Señor el tener comunión con falsos maestros? En primer lugar, se presenta un patrón erróneo que sugiere que es correcto mantener comunión con aquellos que andan en el error. Miembros débiles en el Cuerpo de Cristo podrían pensar que tal práctica es aceptable, cuando en realidad no lo es (1 Corintios 8:9-13). En segundo lugar, la Palabra de Dios se ignora cuando se busca comunión con falsos maestros. Ya se ha observado cómo la Palabra de Dios prohíbe la comunión con el error (2 Tesalonicenses 3:6, 14-15). Por ende, se debe evitar a toda costa practicar esto. En tercer lugar, la reputación de la iglesia del Señor se mancha ante aquellos que pueden llegar a pensar que Dios aprueba el error y a quienes lo promueven (1 Tesalonicenses 5:22). En cuarto lugar, tal comunión debilita el compromiso con la sana doctrina y puede llevar gradualmente a la tolerancia del error (2 Timoteo 4:3-4).
Es tiempo de que muchos en el pueblo de Dios, especialmente algunos predicadores, abran sus ojos y dejen de pensar que el ecumenismo es bíblico. La verdadera unidad en la iglesia no se logra apoyando el error ni a quienes lo promueven. La unidad verdadera siempre debe procurarse sobre la base de la doctrina correcta y verdadera de Dios (Efesios 4:1-6; Tito 2:1; 2 Timoteo 1:13). La iglesia será gravemente lastimada si esta comunión con el error continúa creciendo. Por lo tanto, el pueblo de Dios debe contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Judas 3) y mantenerse firme en la doctrina de Cristo (Hechos 2:42). Sólo así la iglesia podrá permanecer fiel al Señor y proteger la pureza de su enseñanza.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La pereza espiritual
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado en gran manera a la iglesia del Señor es la pereza espiritual. Esta actitud, aunque muchas veces silenciosa, tiene consecuencias devastadoras tanto para el individuo como para la congregación en general.
El apóstol Pablo escribió las siguientes palabras a la iglesia de Cristo en Roma:
“En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Romanos 12:11).
En este pasaje se observan palabras clave que ayudan a comprender la voluntad de Dios respecto a nuestra actitud en la obra del Señor.
El sustantivo “diligencia” denota esfuerzo máximo, esmero, prontitud, dedicación y entusiasmo. Según el léxico de Louw & Nida, implica estar dispuesto a hacer algo con la disposición de invertir energía y esfuerzo. La Biblia también enfatiza esta actitud en otros pasajes:
- Eclesiastés 9:10: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”
- Colosenses 3:23: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor”
Por otro lado, el término “perezosos” describe a aquellos que dudan o rehúsan involucrarse en lo que vale la pena, mostrando falta de interés o ambición. La Escritura advierte claramente contra esta actitud:
- Proverbios 18:9: “El que es negligente en su trabajo es hermano del que destruye”
- Hebreos 6:12: “A fin de que no os hagáis perezosos…”
La palabra “fervientes” literalmente significa “hervir en el espíritu”, es decir, tener un entusiasmo ardiente y constante en el servicio a Dios. Este fervor también se refleja en:
- Gálatas 4:18: “Bueno es mostrar celo en lo bueno siempre”
- Hechos 18:25: Apolos, “fervoroso de espíritu”
Todas estas definiciones muestran claramente que Dios espera de Sus hijos una vida activa, comprometida y llena de entusiasmo espiritual.
La naturaleza de la pereza espiritual
La pereza espiritual es el antónimo de la diligencia. Es la actitud de descuido, indiferencia y falta de compromiso en las cosas de Dios. El cristiano no ha sido llamado a ser un holgazán, es decir, alguien que evita el esfuerzo espiritual.
Nuestra actitud debe ser como un fuego encendido en el corazón, siempre listo para servir. Sin embargo, esta “enfermedad espiritual” ha afectado a muchos a través del tiempo, incluyendo predicadores y miembros. Tristemente, algunos parecen pensar que entre menos hacen, mejor están. ¡Esto no debe ser así!
La exhortación Bíblica es clara:
- 1 Corintios 15:58: “estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre”
- Tito 2:14: “celoso de buenas obras”
¿Cómo perjudica la pereza espiritual a la iglesia del Señor?
1. La obra del Señor recae en unos pocos
Cuando muchos son perezosos, pocos hacen el trabajo:
- Nehemías 4:6: “el pueblo tuvo ánimo para trabajar” (ejemplo positivo)
- Contraste: pocos trabajan cuando falta ese ánimo
2. Desanima a los que sí trabajan
Los que laboran fielmente pueden fatigarse al ver la falta de apoyo:
- Gálatas 6:9: “no nos cansemos de hacer el bien”
- 2 Tesalonicenses 3:13: “no os canséis de hacer bien”
3. Detiene el crecimiento espiritual
La pereza impide la madurez:
- Hebreos 5:12-13: “tenéis necesidad de leche…”
- 2 Pedro 1:5-8: crecimiento requiere diligencia
4. Abre la puerta al pecado
La inactividad espiritual produce descuido:
- Mateo 26:41: “Velad y orad…”
- Santiago 4:17: “al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado”
5. Da un mal ejemplo
La falta de diligencia influye negativamente en otros:
- 1 Timoteo 4:12: “sé ejemplo”
- Mateo 5:16: “alumbre vuestra luz”
6. Pone en peligro la salvación
La negligencia espiritual tiene consecuencias eternas:
- Mateo 25:26-30: el siervo negligente fue castigado
- Apocalipsis 3:15-16: la tibieza es rechazada
- Hebreos 2:3: “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos…?”
7. Impide llevar fruto para Dios
El cristiano perezoso no produce lo que Dios espera:
- Juan 15:2: el que no lleva fruto es quitado
- Tito 3:14: “ocuparse en buenas obras”
Ejemplos Bíblicos de advertencia
- El siervo negligente (Mateo 25:24-30)
- Los discípulos dormidos (Mateo 26:40-43)
- La iglesia en Laodicea (Apocalipsis 3:15-16)
- El perezoso en Proverbios (Proverbios 6:6-11)
Hermanos, la pereza espiritual es un enemigo peligroso que debilita la iglesia, desanima a los fieles y pone en riesgo el alma. Por lo tanto, debemos esforzarnos en cultivar una vida espiritual activa, comprometida y ferviente.
La exhortación final es clara:
- Romanos 12:11: “fervientes en espíritu, sirviendo al Señor”
- Hebreos 6:11: “mostrar la misma solicitud hasta el fin”
Procuremos trabajar con ese espíritu ferviente que Dios desea de nosotros, recordando que nuestro trabajo en el Señor no es en vano (1 Corintios 15:58).
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La murmuración en la iglesia
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es la murmuración. ¿Qué significa esta palabra? Según el diccionario de la Real Academia Española, es una conversación en perjuicio de un ausente, censurando sus acciones. Denota hablar a espaldas, criticar o dañar la reputación de alguien. El Diccionario de la lengua española la define como hablar entre dientes, manifestando queja o disgusto; es decir, hablar mal de otros en su ausencia. El léxico BDAG la describe como una queja o expresión de descontento, incluyendo una actitud de inconformidad.
Desde la perspectiva bíblica, la murmuración no es simplemente un problema de comunicación, sino un problema del corazón. Jesús enseñó: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12:34). Por lo tanto, cuando una persona murmura, revela un corazón lleno de descontento, crítica, falta de amor y, muchas veces, orgullo.
La práctica de la murmuración siempre ha sido desagradable ante Dios y jamás ha tenido una connotación positiva. En Juan 6:41 leemos: “Murmuraban entonces de Él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo”. Estas personas expresaron descontento y rechazo hacia Jesús. En Juan 6:42 se observa cómo esta murmuración los llevó a cuestionar y desacreditar su identidad. De igual manera, en Lucas 15:2, los fariseos y escribas murmuraban diciendo: “Este a los pecadores recibe, y con ellos come”, mostrando una actitud crítica y orgullosa.
El Antiguo Testamento también presenta serias advertencias. El pueblo de Israel murmuró repetidamente contra Dios y contra Moisés (Éxodo 16:7-8; Números 14:2), lo cual fue considerado rebelión contra Dios mismo. En 1 Corintios 10:10, el apóstol Pablo advierte: “Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor” (cf. Núm. 16:41-49). Esto demuestra que la murmuración trae consecuencias graves delante de Dios.
¿De qué forma perjudica la iglesia la práctica de la murmuración? Consideremos algunas:
• Viola el mandamiento del amor cristiano (Jn. 13:34-35). No puede existir verdadero amor fraternal donde hay crítica, queja y hablar a espaldas (1 Jn. 3:15).
• Viola el mandamiento de no hablar mal de los hermanos (Stg. 4:11-12). Hablar contra un hermano es colocarse como juez, una posición que solo pertenece a Dios. Recordemos que perseguir o hablar contra los cristianos es hacerlo contra Cristo mismo (Hch. 9:4).
• Produce contiendas, divisiones y tropiezos (Stg. 4:1-2; Rom. 16:17). La murmuración destruye la unidad por la cual Cristo oró (Jn. 17:20-21).
• Contamina a otros y se esparce fácilmente (1 Cor. 15:33). Una sola actitud negativa puede influir en muchos y dañar la congregación entera.
• Da mal testimonio a los no creyentes (Mt. 5:16; Rom. 2:24). Cuando los cristianos hablan mal unos de otros, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles.
• Refleja falta de gratitud y fe (Fil. 2:14-15; 1 Tes. 5:18). La murmuración nace de un corazón inconforme con la voluntad de Dios.
• Fomenta la soberbia y la autosuficiencia (Prov. 12:15; 21:2; Stg. 4:6). El que murmura cree estar en lo correcto y se exalta a sí mismo por encima de los demás.
• Contrista al Espíritu Santo (Ef. 4:29-31). Toda palabra corrompida, incluyendo la murmuración, entristece a Dios.
Ante esta realidad, la Biblia nos llama a una conducta diferente. En lugar de murmurar, debemos:
- Hablar lo que edifica (Ef. 4:29)
- Practicar la bondad y el perdón (Ef. 4:31-32)
- Ser humildes y pacientes (Col. 3:12-13)
- Resolver conflictos directamente y con amor (Mt. 18:15)
- Hacer todo sin murmuraciones (Fil. 2:14)
Sea Dios quien ayude a Su pueblo a mantenerse alejado de la murmuración. Esta práctica, si no se corrige, puede llevar a consecuencias espirituales graves, incluso a la pérdida de la salvación (Gál. 5:19-21). Por esta razón, se exhorta a los hijos de Dios a practicar el amor fraternal, cuidar sus palabras y procurar siempre aquello que edifica, promueve la unidad y glorifica a Dios.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
El materialismo
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es el materialismo. Este término describe una realidad espiritual muy seria: el amor al dinero, el apego excesivo a las riquezas, la confianza en lo material en lugar de Dios, y una vida dominada por la codicia o avaricia (Colosenses 3:5).
Diversos diccionarios ayudan a comprender la magnitud de este problema. La Real Academia Española lo define como la tendencia a dar importancia primordial a los intereses materiales. Otros diccionarios coinciden en que el materialismo es una preocupación excesiva por las cosas materiales en detrimento de los valores espirituales. A la luz de la enseñanza Bíblica, esta condición no es simplemente una debilidad, sino una verdadera enfermedad espiritual que puede afectar profundamente al cristiano.
Lamentablemente, esta actitud ha penetrado en el corazón de algunos hijos de Dios, quienes han llegado a priorizar lo temporal sobre lo eterno (Filipenses 3:18-19). Esto nos lleva a considerar seriamente cómo el materialismo afecta a la iglesia del Señor.
El materialismo extravía a los cristianos de la fe. El apóstol Pablo advierte que el amor al dinero ha llevado a muchos a desviarse, causándose a sí mismos muchos dolores (1 Timoteo 6:9-10). No se trata simplemente de poseer bienes, sino de permitir que el deseo por ellos gobierne el corazón.
También conduce a la violación de los mandamientos de Dios. Jesús enseñó claramente que nadie puede servir a dos señores (Mateo 6:24), y exhortó a guardarse de toda avaricia (Lucas 12:15). El materialismo coloca al cristiano en una posición donde debe escoger entre Dios y las riquezas, y muchas veces, tristemente, escoge lo segundo.
Además, el materialismo desordena las prioridades espirituales. En lugar de buscar primeramente el reino de Dios (Mateo 6:33), el cristiano comienza a enfocarse en las cosas de esta vida, descuidando su crecimiento espiritual, su servicio y su comunión con Dios.
El corazón del materialista también se endurece y se engaña a sí mismo. Jesús declaró que donde está el tesoro, allí estará el corazón (Mateo 6:21). La iglesia en Laodicea pensaba que era rica, pero en realidad era pobre espiritualmente (Apocalipsis 3:17). Así, el materialismo produce una falsa sensación de bienestar.
Otra consecuencia grave es que fomenta el favoritismo dentro de la iglesia. Cuando se da mayor valor a lo material, las personas comienzan a ser juzgadas por su apariencia o posición económica, algo claramente condenado en Santiago 2:1-4.
El materialismo también impide amar a Dios con todo el corazón. El gran mandamiento exige una devoción total (Marcos 12:30), pero esto es imposible cuando el corazón está dividido entre Dios y las riquezas (Mateo 6:24).
Asimismo, desvía la confianza que debe estar puesta en Dios. Pablo exhorta a no poner la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo (1 Timoteo 6:17). Sin embargo, el materialista encuentra seguridad en lo que posee.
Otra evidencia del materialismo es el descontento. El escritor a los Hebreos enseña que debemos estar contentos con lo que tenemos (Hebreos 13:5), pero el que ama el dinero nunca se sacia (Eclesiastés 5:10). Siempre quiere más.
El materialismo también abre la puerta a otros pecados. La avaricia es identificada como idolatría (Colosenses 3:5), y puede llevar a la injusticia, la deshonestidad y el egoísmo. No es un pecado aislado, sino una raíz que produce muchos males.
Además, debilita la generosidad cristiana. Dios espera que demos con alegría (2 Corintios 9:7) y que seamos ricos en buenas obras (1 Timoteo 6:18), pero el materialista tiende a retener en lugar de compartir.
Finalmente, el materialismo ahoga la Palabra de Dios e impide el crecimiento espiritual. Jesús enseñó que el engaño de las riquezas puede sofocar la Palabra, haciéndola infructuosa (Mateo 13:22). Esto pone en peligro la salvación del alma, ya que amar al mundo es incompatible con amar a Dios (1 Juan 2:15-17).
El materialismo es una amenaza constante contra la iglesia del Señor. No solo afecta al individuo, sino también a la congregación en su totalidad. Por ello, cada cristiano debe examinar su corazón y asegurarse de mantener sus prioridades en orden. Es necesario buscar primeramente el reino de Dios, aprender a vivir con contentamiento y poner la mirada en las cosas de arriba (Colosenses 3:1-2; Filipenses 4:11-13).
Que Dios nos ayude a no caer en este grave error, y a mantenernos fieles, recordando que lo temporal es pasajero, pero lo eterno permanece para siempre.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La arrogancia entre hermanos
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es la arrogancia entre hermanos. Este término describe una actitud de orgullo excesivo en la que una persona se cree superior a los demás y actúa con desprecio, autosuficiencia y una evidente falta de humildad. En esta condición, el individuo llega a pensar que no necesita la ayuda de nadie, que siempre tiene la razón y que sus opiniones deben prevalecer sobre las de los demás.
La arrogancia no es simplemente un rasgo negativo del carácter; es una condición espiritual que afecta profundamente la relación del cristiano con Dios y con su prójimo. Es un problema del corazón que, si no se corrige, puede causar gran daño dentro del cuerpo de Cristo.
Una persona arrogante manifiesta varias características evidentes. Se considera superior a los demás, rechaza la corrección (Proverbios 12:15), menosprecia las opiniones ajenas y busca constantemente exaltarse a sí misma (Mateo 23:12). Además, tiene dificultad para reconocer sus errores, carece de amor genuino hacia todos (1 Corintios 13:4-5) y, en muchos casos, busca la aprobación de los hombres en lugar de la de Dios (Gálatas 1:10). Su vida espiritual puede volverse superficial, honrando a Dios solo de labios (Mateo 15:8), mientras su corazón permanece lejos de Él.
Los sinónimos de esta actitud incluyen soberbia, altivez, orgullo (en sentido negativo), vanidad, prepotencia, jactancia e insolencia. Todos estos términos reflejan distintas facetas de un mismo problema: un corazón que no se ha sometido completamente a la voluntad de Dios.
Desde una perspectiva Bíblica, la arrogancia tiene su raíz en la autosuficiencia y en el olvido de nuestra dependencia total de Dios. La Escritura enseña en 1 Corintios 4:7 que nada tenemos que no hayamos recibido, lo cual debería producir en nosotros una actitud de humildad constante. Sin embargo, cuando el ser humano pierde de vista esta verdad, comienza a confiar en sí mismo y a elevarse por encima de los demás.
La Biblia habla con claridad respecto a la gravedad de este pecado. En Proverbios 8:13 se nos recuerda que Dios aborrece la soberbia y la arrogancia. Asimismo, Proverbios 16:18 advierte que la soberbia precede al quebrantamiento. El Nuevo Testamento también enfatiza esta verdad al declarar que Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes (Santiago 4:6). Incluso en la enseñanza de Jesús, como en Lucas 18:9-14, se muestra claramente que el corazón arrogante no es justificado delante de Dios.
Las consecuencias de la arrogancia dentro de la iglesia son devastadoras. Esta actitud produce divisiones, contiendas y rivalidades entre hermanos (1 Corintios 1:10). También fomenta la envidia y la vanagloria (Gálatas 5:26), debilitando la unidad espiritual que debe caracterizar al pueblo de Dios (Efesios 4:3). En muchos casos, las congregaciones se ven afectadas no tanto por errores doctrinales, sino por actitudes orgullosas que impiden la armonía y el crecimiento espiritual.
Ante esta realidad, es necesario que el cristiano tome medidas para evitar que la arrogancia se arraigue en su corazón. La oración es fundamental, pidiendo a Dios sabiduría y un espíritu humilde (Santiago 1:5-6). También es esencial practicar el amor sincero hacia todos los hermanos (Juan 13:34-35; Romanos 12:9), evitando la vanagloria y aprendiendo a gloriarse únicamente en el Señor (Gálatas 6:14). La humildad debe ser una práctica diaria, como enseña Miqueas 6:8, recordando siempre nuestra dependencia total de Dios (Juan 15:5).
Finalmente, la exhortación Bíblica es clara: debemos guardar nuestro corazón con toda diligencia (Proverbios 4:23), ya que de él mana la vida. La arrogancia es una enfermedad espiritual destructiva que puede infiltrarse silenciosamente, pero la humildad, cultivada a través de una relación sincera con Dios, fortalece la iglesia y glorifica al Señor.
La arrogancia no tiene lugar en la vida del cristiano fiel. Solo cuando aprendemos a someternos a Dios y a considerar a los demás como superiores a nosotros mismos, podremos vivir en armonía, crecer espiritualmente y reflejar verdaderamente el carácter de Cristo.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
La vestimenta inapropiada
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor es la vestimenta inapropiada. Por vestimenta inapropiada me refiero a toda aquella forma de vestir que contradice los principios bíblicos establecidos por Dios en Su Palabra. La manera en que nos vestimos no es un asunto superficial, sino espiritual, ya que refleja el carácter, las intenciones del corazón y nuestro respeto hacia Dios (1 Samuel 16:7).
Algunos ejemplos de vestimenta inapropiada pueden ser: (1) Blusas o camisas que dejan el abdomen o el pecho demasiado expuesto, (2) Faldas o vestidos excesivamente cortos, (3) Ropa transparente sin la cobertura debida, (4) Pantalones muy ajustados tanto para hombres como para mujeres, (5) Camisas abiertas que exhiben el pecho del hombre o de la mujer, (6) Prendas que marcan de forma exagerada el cuerpo, (7) Ropa diseñada para resaltar partes íntimas tanto en hombres como en mujeres, (8) Camisas que promueven cigarros, alcohol, drogas, sustancias prohibidas y el pecado, (9) Camisetas con mensajes de doble sentido, (10) Ropa diseñada para provocar, como escotes exagerados y estilos que buscan atraer miradas, (11) Ropa demasiado casual o descuidada en la adoración al Creador de los cielos y la tierra, y (12) Vestimenta inadecuada durante eventos formales.
La lista de ejemplos pudiera ampliarse aún más, pero estos se presentan para darnos una idea clara y precisa de lo que constituye una vestimenta inapropiada. La Biblia contiene múltiples enseñanzas acerca de la vestimenta que agrada a Dios. Un pasaje fundamental es 1 Timoteo 2:9, donde el apóstol Pablo enseña que las mujeres deben ataviarse con ropa decorosa, con pudor y modestia. El término “decoroso” denota aquello que es respetable, digno y apropiado; “pudor” implica reverencia, respeto y una sana vergüenza moral; y “modestia” describe lo que es sensato, prudente, de buen juicio, cordura y decencia.
Asimismo, 1 Pedro 3:3-4 enfatiza que la verdadera belleza no está en lo externo, sino en el “incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible”. De igual manera, Romanos 12:1-2 nos exhorta a no conformarnos a este siglo, sino a vivir una vida transformada que agrade a Dios en todo, incluyendo nuestra forma de vestir.
Toda vestimenta inapropiada que provoque que el hombre o la mujer enfoquen su mirada de manera indebida viola la enseñanza de Mateo 5:28, donde Cristo declara: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. También debemos considerar 1 Corintios 8:9, que nos advierte a no ser tropiezo para otros. Nuestra libertad en Cristo nunca debe convertirse en ocasión para hacer caer a alguien más en pecado.
Ni la mujer ni el hombre pueden argumentar que no es su responsabilidad si otros los miran de manera indebida cuando visten inapropiadamente. Gálatas 5:13 enseña que no debemos usar la libertad como pretexto para la carne. Se debe razonar correctamente: si las personas evitaran vestirse de manera indecorosa, se reduciría en gran manera la tentación y el pecado en el corazón de muchos. Nunca debemos ser culpables de hacer que otros pequen por causa de nuestra vestimenta o conducta.
¿Por qué la vestimenta inapropiada es un problema en la iglesia?
(1) Viola principios de santidad (Hebreos 12:14; Mateo 5:8; 1 Pedro 1:15-16).
(2) Presenta un mal ejemplo a creyentes y no creyentes (1 Timoteo 4:12; Mateo 5:16; Tito 2:7-8).
(3) Tienta a las personas a pecar en su corazón (Mateo 5:28; Romanos 14:13).
(4) Refleja una mentalidad conformada al mundo (Romanos 12:2; 1 Juan 2:15-17).
(5) Deshonra el cuerpo, que es templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19-20).
¿Qué se puede hacer para evitar que este problema dañe la iglesia del Señor?
(1) Procure pensar con cuidado antes de usar algo inapropiado (Proverbios 4:23).
(2) Pregúntese a sí mismo: ¿Da gloria a Dios la vestimenta que deseo usar? (1 Corintios 10:31). ¿Existe la posibilidad de que alguien sea tentado a pecar por lo que llevo puesto?
(3) Estudie las Escrituras para aplicar su enseñanza y no pecar contra Dios (Salmo 119:11).
(4) Desarrolle un corazón humilde y temeroso de Dios que busque agradarle en todo (Eclesiastés 12:13).
(5) Recuerde que su vida es un testimonio constante ante el mundo (Filipenses 2:15).
Procuremos siempre que nuestra conducta y manera de vivir reflejen la santidad, la pureza y la modestia que Dios demanda de Sus hijos. Recordemos que Dios se merece lo mejor de cada uno de nosotros (Colosenses 3:17), por lo que debemos esforzarnos en vivir en santidad, reverencia y obediencia a Su Palabra en todos los aspectos de nuestra vida, incluyendo nuestra manera de vestir.
RETOS QUE ENFRENTAN LOS JÓVENES – “CULTIVAR UN DESEO PROFUNDO DE QUERER FORMAR PARTE DE LA ORGANIZACIÓN BÍBLICA DE LA IGLESIA”
Willie A. Alvarenga
Otro reto importante que los jóvenes enfrentan hoy es el de cultivar el deseo profundo de querer formar parte de la organización Bíblica de la iglesia. Cuando hablo de la organización Bíblica de la iglesia, me refiero a las diferentes responsabilidades que Dios ha delegado a los ancianos, diáconos y predicadores (Filipenses 1:1; Hechos 20:28; 1 Tim. 3:1-13; Tito 1:5-9; 1 P. 5:1-4). Estas funciones no son invenciones humanas, sino parte del diseño divino para el buen funcionamiento y crecimiento espiritual de la iglesia del Señor.
El joven cristiano debe considerar seriamente la posibilidad de servir algún día en una de estas responsabilidades y privilegios disponibles en la iglesia. La Biblia enseña que desear servir en estas áreas es algo bueno y digno: “Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea” (1 Timoteo 3:1). Por lo tanto, es esencial que los jóvenes crezcan de tal manera que desarrollen un profundo anhelo de servir a Dios, ya sea como futuros ancianos, diáconos, ministros de la Palabra, o como cristianos fieles, comprometidos y activos en la obra del Señor (1 Corintios 15:58).
Es un gran desafío pensar y orar acerca de llegar a formar parte de estas hermosas responsabilidades algún día. Sin embargo, este deseo comienza con un corazón dispuesto a servir. Los hermanos que actualmente sirven como ancianos, diáconos y predicadores también pasaron por un proceso de crecimiento espiritual, oración y reflexión seria respecto a su responsabilidad de servir a la iglesia en estas áreas (1 Timoteo 3:8-13; Tito 1:5-9). Nadie llega a estas funciones de la noche a la mañana; es el resultado de una vida de preparación, fidelidad y madurez en Cristo.
La Biblia también muestra ejemplos de jóvenes que decidieron servir a Dios desde temprana edad, como Timoteo (2 Timoteo 2:15) y Jeremías (Jeremías 1:6-7). Estos siervos entendieron que la edad no es un impedimento para comenzar a servir, sino una oportunidad para prepararse mejor.
Animamos a todos los jóvenes cristianos a estudiar diligentemente las Escrituras para estar bien preparados y así poder servir a la iglesia del Señor en el futuro. El conocimiento de la Palabra de Dios es fundamental para todo aquel que desea servir (2 Timoteo 3:16-17; Salmo 119:11). Asimismo, es importante desarrollar cualidades cristianas como el buen testimonio, la disciplina, la humildad y el amor por las almas (1 Timoteo 4:12).
Las escuelas de predicación pueden ser una gran bendición para capacitar hermanos en el ministerio del ancianato, diaconado o la predicación del evangelio. Sin embargo, la preparación también comienza en el hogar, en la congregación local y en la vida diaria del cristiano (Deuteronomio 6:6-7).
Si comienzas a meditar, prepararte y orar desde temprana edad, Dios puede bendecirte con la hermosa oportunidad de servir a la iglesia en diferentes capacidades. Recuerda que el servicio a Dios es un privilegio y una responsabilidad (Colosenses 3:23-24). Te animo a que pongas tu vida en las manos del Señor y permitas que Él te use para Su honra y gloria.
PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR
El favoritismo entre hermanos
Willie A. Alvarenga
Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha perjudicado seriamente a la iglesia del Señor es el favoritismo entre hermanos. Este ha sido un problema desde el primer siglo, aun en los días de la iglesia primitiva. Santiago, el hermano del Señor, trató directamente este asunto en su carta. En el capítulo 2, presenta la relación entre la fe y las obras, enfatizando que la fe verdadera debe ir acompañada de obediencia. Una de esas obras consiste en evitar la acepción de personas. El texto declara claramente que nuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo debe ser sin favoritismo (Santiago 2:1).
La expresión “acepción de personas” denota parcialidad o trato preferencial injusto hacia ciertos individuos. Implica valorar a unos más que a otros por razones externas como apariencia, posición social o conveniencia personal (cf. Santiago 2:2-4). Esta actitud es pecaminosa porque contradice la naturaleza de Dios, quien no hace acepción de personas (Hechos 10:34; Romanos 2:11). Además, ataca directamente la integridad de la fe cristiana, ya que no puede existir una fe genuina que agrade a Dios mientras se practica el favoritismo (Santiago 2:9).
El favoritismo también es pecado porque destruye la unidad y el amor fraternal que Dios desea ver en Su pueblo. Nuestro Señor Jesucristo mandó: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros” (Juan 13:34-35). Este amor debe ser sincero, sin hipocresía (Romanos 12:9), y extendido a todos los hermanos sin distinción (1 Pedro 1:22). Cristo mismo es el ejemplo perfecto, pues mostró compasión y amor sin discriminar a nadie. Él reflejó el carácter del Padre, quien trata a todos con justicia y equidad (Colosenses 3:25).
Aquellos que practican el favoritismo muchas veces no perciben que sus acciones son evidentes. La Escritura enseña: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). El pecado, aunque se intente ocultar, termina manifestándose (Números 32:23). El favoritismo revela una falta de madurez espiritual y una fe débil, cualidades que deben corregirse si se desea heredar la vida eterna (2 Pedro 1:5-11).
Además, es importante recordar que en el cuerpo de Cristo no hay lugar para divisiones ni preferencias humanas. Gálatas 3:28 enseña que todos somos uno en Cristo Jesús. Asimismo, Efesios 4:1-3 exhorta a mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. El favoritismo rompe esa unidad y causa tropiezo entre los hermanos (Romanos 14:13).
¿Cuáles son algunos síntomas del favoritismo?
(1) Preferir convivir solo con un grupo selecto,
(2) hablar mal de quienes no pertenecen a ese grupo (Santiago 4:11),
(3) mostrar interés solo por los cercanos,
(4) hacer bien únicamente a quienes corresponden (Lucas 6:32-33),
(5) excluir o ignorar a otros hermanos,
(6) mostrar actitudes de desprecio o superioridad (Filipenses 2:3),
(7) vivir una fe superficial, sin verdadero amor cristiano.
Hermanos, pidamos a Dios que nos ayude a no abrir nuestro corazón al pecado del favoritismo. Recordemos que tal actitud es contraria al evangelio y puede impedirnos alcanzar la vida eterna (Apocalipsis 2:10). Practiquemos el amor verdadero, la humildad y la justicia. Aprendamos a amar a todos nuestros hermanos en Cristo sin distinción, porque esto es lo que Dios desea de cada uno de nosotros (Miqueas 6:8).