Artículos Bíblicos / Bible Articles 2026

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

Introducción a la serie de artículos para el año 2026

Willie A. Alvarenga

Este es el primer boletín del año 2026, en el cual se introduce una nueva serie de artículos que abordarán el tema de las prácticas que lastiman la iglesia del Señor. En la portada principal del año, los artículos tratarán de manera breve algunos de los retos que enfrentan nuestros jóvenes en la actualidad. Ambos temas deberán ser examinados cuidadosamente a la luz de las Escrituras y, al mismo tiempo, considerados con seriedad en nuestros corazones, evaluando su importancia y aplicación en nuestra vida cristiana.

En lo personal, expreso mi más sincero agradecimiento a todos los hermanos y hermanas que, durante el año 2025, tomaron el tiempo para leer y reflexionar sobre los artículos incluidos en el boletín semanal. También agradezco a quienes respondieron al boletín de la semana pasada y se acercaron para compartir sus comentarios y sugerencias. Gracias por mostrar un interés genuino en su crecimiento espiritual. Lamentablemente, no todos los cristianos muestran esta misma disposición para crecer en el conocimiento de la Palabra de Dios (2 P. 3:18). Mi oración constante es que este no sea el caso con la iglesia aquí en Brown Trail. Como predicador, hermano en Cristo y siervo de todos, mi deseo es siempre lo mejor para cada uno de ustedes, y que su crecimiento espiritual glorifique a Dios por medio de sus vidas.

Durante este año, mi intención es escribir acerca de ciertas prácticas que tienen el potencial de lastimar a la iglesia del Señor. El propósito de esta serie es ofrecer una especie de “vacuna espiritual” que nos ayude a no contaminarnos con actitudes, conductas o enseñanzas que puedan dañar la iglesia y la obra que buscamos realizar para la gloria de Dios. A través de estos artículos aprenderemos cuáles son esas prácticas y qué podemos hacer para ser más que victoriosos sobre todo aquello que pueda afectar negativamente a la iglesia por la cual nuestro Señor Jesucristo dio Su vida en la cruz del Calvario.

Cada miembro del cuerpo de Cristo tiene la responsabilidad de cuidar la obra del Señor. Las consecuencias de dañar o destruir el Cuerpo de Cristo son sumamente serias. Esto lo vemos claramente en 1 Corintios 3:16-17, donde el apóstol Pablo escribe:

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.”
Que Dios nos ayude a nunca adoptar prácticas que tengan el potencial de lastimar o destruir Su obra.

Cada artículo contará con aproximadamente 550 palabras, y, con la ayuda de Dios, todo este material será compilado en un libro al final del año. Damos gracias a Dios porque ya contamos con tres libros titulados “Meditando en las Escrituras”, correspondientes a los años 2023, 2024 y 2025, los cuales contienen todos los artículos publicados en el boletín de la congregación. Estos libros están disponibles en la página de internet de la iglesia.

Hermanos, les ruego que oren por mí, para que al preparar estos artículos pueda hacerlo conforme a la voluntad de Dios, enseñando siempre con fidelidad a Su Palabra (Tit. 2:1; 1 P. 4:11).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

La actitud pecaminosa Diótrefes 

Willie A. Alvarenga

En la tercera carta del apóstol Juan, específicamente en los versículos 9 y 10, se presenta un claro listado de actitudes pecaminosas manifestadas por un individuo llamado Diótrefes. El texto inspirado declara lo siguiente:

“Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace, parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se los prohíbe, y los expulsa de la iglesia”.

A la luz de este pasaje, se puede identificar un conjunto de actitudes que estaban causando un daño significativo a la iglesia del Señor.

En primer lugar, se observa un amor desmedido por la preeminencia. A Diótrefes le agradaba ocupar el primer lugar entre los hermanos. Esta actitud contrasta directamente con la enseñanza de Jesucristo, quien exhortó a Sus discípulos a no imitar el modelo de liderazgo del mundo (Mr. 10:42-45). El Señor enseñó que la verdadera grandeza se manifiesta en el servicio humilde, recordándonos que Él mismo vino para servir y no para ser servido. El deseo de preeminencia inevitablemente conduce a actitudes que perjudican la armonía y la edificación de la iglesia.

En segundo lugar, se evidencia un rechazo claro y deliberado de la autoridad apostólica. Diótrefes se atrevió a rechazar al apóstol Juan, lo cual implica, en esencia, un rechazo de la Palabra de Dios. Juan fue designado apóstol por Jesucristo; por lo tanto, rechazar su autoridad equivalía a rechazar la autoridad del mismo Señor. Aquellos que adoptan una actitud similar a la de Diótrefes tienden a menospreciar la autoridad de las Escrituras y a hablar no conforme a la sana doctrina, sino según sus propios pensamientos y opiniones (1 P. 4:11; Tit. 2:1).

En tercer lugar, se puede notar una conducta pecaminosa caracterizada por el uso indebido de la lengua. El verbo “parloteando” implica la idea de denigrar, calumniar o hablar maliciosamente. La Biblia Textual emplea la expresión “denigrándonos con palabras maliciosas”; la versión Dios Habla Hoy dice: “anda contando chismes y mentiras contra nosotros”; mientras que la Nueva Traducción Viviente afirma: “y sus infames acusaciones contra nosotros”. Estas expresiones dejan claro que Diótrefes violó los principios bíblicos relacionados con el buen uso del lenguaje, los cuales condenan toda palabra corrupta, maliciosa o dañina (Ef. 4:29, 31; Mt. 12:36-37; Col. 4:5-6).

En cuarto lugar, se observa una marcada falta de hospitalidad hacia los hermanos. El texto indica que Diótrefes no los recibía, lo cual puede referirse tanto a la negativa de ofrecer hospitalidad en su hogar como al rechazo de aceptarlos en la congregación. Las Escrituras exhortan repetidamente a los cristianos a practicar la hospitalidad (Rom. 12:13; Heb. 13:2). Al negarse a hacerlo, Diótrefes transgredía la autoridad divina y contribuía al daño espiritual de la iglesia. Además, el texto señala que prohibía a otros hermanos recibirlos, reflejando una actitud controladora y divisiva que aún hoy se manifiesta cuando algunos se oponen a que los hermanos cultiven relaciones sanas dentro de la iglesia.

Finalmente, Diótrefes fue culpable de abuso de autoridad al expulsar de la iglesia a aquellos hermanos que no compartían su mentalidad pecaminosa. Usó su influencia de manera indebida para imponer su voluntad, provocando un grave daño a la obra del Señor. Tal conducta es completamente contraria a los principios del liderazgo bíblico.

El apóstol Juan estaba dispuesto a confrontar y reprender este tipo de actitudes que perjudican la iglesia de Cristo. De igual manera, los cristianos de hoy deben estar siempre preparados y dispuestos a señalar y corregir conductas pecaminosas que dañan la causa del Señor. Nunca se deben tolerar tales actitudes, sino promover aquellas que Dios enseña claramente por medio de Su santa y perfecta Palabra.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

La actitud pecaminosa de Himeneo y Fileto – Apostasía y trastorno de la fe

(2 Timoteo 2:16-18)

Willie A. Alvarenga

En este artículo se abordará el tema de Himeneo y Fileto, dos personajes mencionados por el apóstol Pablo, quienes fueron responsables de causar daño a la iglesia del Señor. Pablo escribió lo siguiente acerca de ellos:

“Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2 Tim. 2:16-18).

A través de este pasaje se pueden identificar los pecados cometidos por estos hombres, los cuales perjudicaron la iglesia del Señor. Es necesario que el pueblo de Dios evite caer en prácticas semejantes.


En primer lugar, se observa la desobediencia a la Palabra de Dios al apartarse de ella. Pablo señala que Himeneo y Fileto “se desviaron de la verdad”. El verbo “desviaron”, en tiempo aoristo, indica una acción completa en el pasado y significa descarriarse, perder el camino o apostatar. Al desviarse de la Palabra de Dios, abandonaron la fidelidad que Dios merece y dejaron de ser un apoyo espiritual para la iglesia. La expresión “la verdad” se refiere al cuerpo de la doctrina de Dios que debe ser respetado y obedecido. La conducta de estos hombres presenta un mal ejemplo y ejerce una influencia negativa sobre los demás, ya que existe el riesgo de que otros hermanos sigan el mismo camino, causando perjuicio a la iglesia.


En segundo lugar, Himeneo y Fileto trastornaron la fe de algunos creyentes. Enseñaban falsamente que la resurrección ya se había efectuado, lo que provocó confusión y debilitamiento de la fe en Cristo. La palabra “trastornada” denota derribar, destruir o arruinar las convicciones del corazón. Estos hombres no consideraron el daño espiritual que causaban a la comunidad de creyentes. La enseñanza de falsa doctrina está prohibida por la Palabra de Dios, la cual enfatiza que solo debe enseñarse la sana doctrina (Tit. 2:1; 2 Tim. 1:13; 1 P. 4:11; 2 Jn. 9-11).


La conducta de Himeneo y Fileto es un ejemplo claro de cómo la apostasía y la falsa enseñanza pueden dañar la iglesia. Su desobediencia y tergiversación de la verdad provocaron trastornos en la fe de los hermanos y pusieron en riesgo la integridad espiritual de la comunidad. Por ello, los cristianos deben permanecer firmes en la sana doctrina, obedecer la Palabra de Dios y cuidar de no ser instrumentos de confusión o división en la iglesia. La fidelidad a la verdad y la protección de la fe de los hermanos son esenciales para la salud y crecimiento de la obra del Señor.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

Las mentiras y la mala influencia de Ananías y Safira 

(Hechos 5:1-11).

Willie A. Alvarenga

La historia de Ananías y Safira ha quedado marcada en los primeros años de la iglesia del Señor como una seria advertencia contra la práctica de la mentira. Este relato muestra cómo un matrimonio decidió trabajar unido, no para honrar a Dios, sino para mentirle a Él, al Espíritu Santo y al apóstol Pedro acerca del precio por el cual habían vendido una heredad (Hch. 5:3–4, 9). Ambos se pusieron de acuerdo para engañar (Hch. 5:2, 8), y la Escritura revela cómo los dos fueron castigados por causa de su pecado.

La Biblia enseña claramente que Dios no se complace en los labios mentirosos (Prov. 12:22) y que las consecuencias eternas de la mentira son terribles (Ap. 21:8, 27).

¿De qué manera perjudicaron Ananías y Safira a la iglesia del Señor? A continuación, consideremos un aspecto fundamental.

Ananías y Safira fueron culpables de dar un mal ejemplo a la iglesia. Su mal ejemplo se manifiesta en la forma en que ambos se pusieron de acuerdo para practicar la mentira contra Dios, el Espíritu Santo y el apóstol Pedro. Lamentablemente, hoy también pueden existir matrimonios que se prestan para engañar juntos a los hermanos de la iglesia, poniéndose de acuerdo para mentir en diversos asuntos de la vida espiritual.

Este matrimonio mintió de tal manera que probablemente la iglesia pensó que ellos eran fieles y muy generosos con la obra del Señor, cuando en realidad no lo eran. Tal actitud no agrada a Dios. Los matrimonios cristianos deben trabajar unidos para dar un ejemplo fiel que anime a otros a practicar la verdad y no la mentira.

La iglesia se dio cuenta de este pecado, y no solo los hermanos, sino también “todos” (Hch. 5:5, 11). Estos pasajes sugieren que el pecado de Ananías y Safira fue notorio tanto dentro como fuera de la iglesia. Su infidelidad llegó a ser conocida aun por los no cristianos. La Biblia exhorta al pueblo de Dios a ser luz y buen ejemplo para todos (Mt. 5:16), pero este no fue el caso con ellos.

Los matrimonios hoy deben cuidarse de no perjudicar la obra del Señor con un mal ejemplo, ya que esto puede ser piedra de tropiezo para los hermanos y una mala imagen ante los que no son cristianos.

Póngase a pensar en esta historia: aun los jóvenes de la iglesia tuvieron trabajo extra por causa del pecado de Ananías y Safira. Ellos tuvieron que sacar y sepultar sus cuerpos (Hch. 5:6, 10). Esos jóvenes pudieron haber usado su tiempo en evangelizar o en servir de manera positiva en la obra del Señor, pero tuvieron que ocuparse de las consecuencias del pecado de otros.

Hermanos, Dios no se agrada cuando el cristiano perjudica la obra del Señor. Por eso, debemos practicar la fidelidad en todo tiempo y alejarnos de la mentira y del mal ejemplo. Que Dios nos ayude a nunca unirnos para el error, sino siempre para la verdad y la fidelidad.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

La inmoralidad sexual en la iglesia

(1 Corintios 5:1-13).

Willie A. Alvarenga

En 1 Corintios 5:1–13, el apóstol Pablo aborda uno de los problemas más graves que puede perjudicar profundamente a la iglesia del Señor: la inmoralidad sexual tolerada dentro de la congregación. Pablo informa que entre los hermanos de Corinto existía un caso escandaloso: “uno tiene la mujer de su padre” (v. 1). Tal conducta constituía una clara y abierta violación de los principios morales establecidos por Dios desde tiempos antiguos. De hecho, este tipo de pecado ya había sido condenado explícitamente en la ley mosaica. Moisés declaró:

“Ninguno tomará la mujer de su padre, ni profanará el lecho de su padre” (Deuteronomio 22:30; cf. Levítico 18:8; 20:11).

Esto demuestra que el pecado cometido en Corinto no era una cuestión cultural o de ignorancia, sino una transgresión clara y deliberada de la voluntad revelada de Dios.

Algunos intérpretes sugieren que la mujer mencionada era la madrastra del hombre involucrado, mientras que otros consideran la posibilidad de que se tratara de su propia madre. El texto Bíblico no especifica este detalle, por lo cual ambas posturas han sido propuestas. No obstante, el punto central del pasaje no es la identidad exacta de la mujer, sino el hecho de que la inmoralidad sexual, cuando no es confrontada ni corregida, no reconoce límites (cf. Proverbios 6:27–29; Efesios 4:19).

El apóstol Pablo no solo reprende al individuo culpable, sino también a toda la iglesia, señalando que tal fornicación era conocida públicamente dentro de la congregación. Además, los reprende severamente porque, en lugar de lamentarse profundamente, estaban “envanecidos” (v. 2). Este término describe una actitud de orgullo, arrogancia y autosuficiencia (cf. 1 Corintios 4:6, 18–19). Aun más, Pablo denuncia la jactancia de los hermanos (vv. 6–7), una actitud que la Escritura condena repetidamente (cf. Jeremías 9:23–24; Santiago 4:16). Hasta ese lamentable nivel había llegado la iglesia en Corinto: no solo toleraban el pecado, sino que se sentían orgullosos de su aparente “tolerancia”.

Como resultado, la iglesia en Corinto era culpable de varios pecados graves:

  1. Fornicación, practicada por el hermano que tenía la mujer de su padre (1 Co. 5:1; cf. 1 Tes. 4:3).
  2. Un pecado sexual tan grave que ni aun se nombraba entre los gentiles, es decir, entre los no creyentes (1 Co. 5:1; cf. Romanos 2:14–15).
  3. Envanecimiento, al no lamentarse ni tomar medidas correctivas frente al pecado (1 Co. 5:2; cf. Proverbios 28:13).
  4. Jactancia, una actitud claramente condenada por Dios (1 Co. 5:6; cf. Proverbios 16:18).
  5. Comunión con los culpables de inmoralidad sexual, ignorando la necesidad de aplicar la disciplina bíblica ordenada por Dios (1 Co. 5:9–11; cf. Mateo 18:15–17; 2 Tesalonicenses 3:6).

Todas estas acciones estaban perjudicando seriamente la obra del Señor. No cabe duda de que la iglesia en Corinto había adquirido una mala reputación ante el mundo. En lugar de ser luz, su testimonio estaba oscurecido (cf. Mateo 5:14–16), y Dios no estaba siendo glorificado como Él lo demanda (cf. 1 Corintios 10:31).

La inmoralidad sexual nunca es un pecado privado cuando se tolera dentro de la iglesia; afecta a todo el cuerpo de Cristo. Pablo utiliza la ilustración de la levadura para enseñar que “un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Co. 5:6; cf. Gálatas 5:9). Este pecado debilita el testimonio de la iglesia, destruye la pureza espiritual, endurece la conciencia y provoca que el nombre de Dios sea blasfemado entre los incrédulos (cf. Romanos 2:24; 1 Timoteo 6:1).

Cuando la iglesia deja de lamentarse por el pecado y comienza a justificarlo o tolerarlo, pierde su identidad y su poder espiritual (cf. Isaías 1:21–23; Apocalipsis 2:20–23). Por esta razón, Pablo exhorta a la iglesia a tomar una postura firme, santa y Bíblica, removiendo al pecador impenitente para preservar la pureza del cuerpo (1 Co. 5:5, 7, 13).

La pureza moral no es opcional, sino esencial para que la iglesia glorifique a Dios, mantenga su testimonio y cumpla fielmente su misión en el mundo (cf. Efesios 5:3–7; 1 Pedro 1:15–16). Solo una iglesia comprometida con la santidad podrá reflejar el carácter de Cristo y honrar el nombre del Señor delante de una generación corrompida.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

La actitud de división de la iglesia de Cristo en Corinto

(1 Corintios 1:10-13).

Willie A. Alvarenga

En 1 Corintios 1:10–13, el apóstol Pablo aborda uno de los problemas más serios que se estaban presentando en la iglesia de Cristo en la ciudad de Corinto: la división entre los hermanos. Este problema atentaba directamente contra la unidad que Cristo demanda para Su iglesia. El pasaje revela la profunda preocupación de Pablo y su actitud pastoral al exhortar a los hermanos diciendo:

“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Cor. 1:10-13).

A través de esta sección de la Escritura, se puede observar cómo los hermanos se estaban dividiendo entre sí al adoptar un espíritu de lealtad indebida hacia aquellos que les predicaban la Palabra de Dios. Algunos habían llegado al punto de exaltar a Pablo, Pedro o Apolos como si alguno de ellos fuera superior espiritualmente. Para ciertos hermanos, el haber sido bautizados por Pablo parecía tener más valor que haber sido bautizados por Pedro; para otros, Apolos era preferible. Esta mentalidad carnal reflejaba una comprensión errónea del evangelio y del propósito de los siervos de Dios (1 Cor. 3:3-7).

Tal actitud divisiva no es correcta y debe ser rechazada por el pueblo de Dios, ya que todos los predicadores fieles son solo colaboradores en la obra del Señor, mientras que Dios es quien da el crecimiento (1 Cor. 3:6-9). Ningún siervo debe ocupar el lugar que solo pertenece a Cristo, quien es la cabeza de la iglesia (Col. 1:18).

Los siervos de Dios deben tener la misma importancia ante todos los hijos de Dios. No importa cuánto hayan logrado en sus ministerios, el hecho permanece firme: todos son instrumentos en las manos de Dios y deben ser valorados como tales (2 Cor. 4:5). Exaltar a unos y menospreciar a otros solo fomenta el orgullo y la división, pecados que Dios claramente condena (Prov. 6:16-19).

Es muy probable que aquellos que preferían a Pablo menospreciaran a Pedro y a Apolos. Esta actitud de hacer diferencias entre los hermanos causa divisiones dentro de la iglesia y provoca que muchos sean lastimados por el desprecio y la arrogancia espiritual. Tal conducta contradice el amor fraternal que debe caracterizar al pueblo de Dios (Rom. 12:10; Efesios 4:1-3).

Según el pasaje bajo consideración, los corintios no estaban obedeciendo la Palabra de Dios. No estaban en la misma sintonía espiritual ni caminaban conforme a la enseñanza apostólica. Al ignorar las instrucciones recibidas, se hicieron culpables de promover la división. Cuando un cristiano considera que un hermano es mejor que otro, incurre en el pecado de la acepción de personas y fomenta una práctica que Dios claramente reprueba (Santiago 2:1-13; Romanos 2:11).

Además, los corintios fallaron en estar perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. La falta de unidad espiritual siempre traerá consecuencias negativas, pues una iglesia dividida pierde efectividad en su misión y debilita su testimonio ante el mundo (Juan 17:20-21; Mateo 12:25). La división no edifica; por el contrario, destruye la obra del Señor.

Por lo tanto, aprendamos del error cometido por los corintios y esforcémonos por tratar a todos los hermanos con el mismo amor, respeto y consideración. Amemos a todos por igual, tal como Cristo nos ha amado, para que el pecado de la división no lastime la obra del Señor (Juan 13:34-35; Filipenses 2:1-4; Colosenses 3:12-15). Atendamos con seriedad a las palabras del apóstol Pablo, a fin de no encontrarnos en desobediencia directa a la voluntad de Dios. La unidad siempre será lo mejor y más beneficioso para la iglesia del Señor.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

La indiferencia hacia la obra del Señor

Willie A. Alvarenga

Otra práctica que daña seriamente a la iglesia del Señor es la indiferencia hacia Su obra. El sustantivo “indiferencia” describe una actitud de frialdad, desdén, insensibilidad, falta de interés o apatía hacia algo o alguien (Diccionario Manual de Sinónimos y Antónimos, p. 448). Lamentablemente, esta actitud ha penetrado el corazón de muchos cristianos a quienes simplemente no les importa la obra del Señor. Para tales cristianos, la obra del Señor no merece su tiempo, su esfuerzo ni su preocupación. Esta actitud contradice claramente el mandato Bíblico de servir a Dios con diligencia y fervor (Romanos 12:11).

Este tipo de indiferencia se manifiesta de diversas maneras:


(1) Ausencia voluntaria a los servicios de adoración (Hebreos 10:25).
(2) Falta de amor fraternal hacia la iglesia (Juan 13:34-35).
(3) Ausencia voluntaria a las actividades espirituales de la congregación (Hechos 2:42).
(4) Falta de oración en la vida del cristiano (1 Tesalonicenses 5:17).
(5) Falta de participación en los servicios de adoración (Colosenses 3:16).
(6) Falta de interés en la adoración a Dios (Juan 4:23-24).
(7) Falta de atención a los sermones que se predican (Hechos 17:11).
(8) Falta de interés en el estudio serio de las Escrituras (2 Timoteo 2:15).
(9) Falta de interés en la evangelización de las almas perdidas (Marcos 16:15; Mateo 28:19-20).
(10) Falta de arrepentimiento ante la práctica del pecado (Hechos 8:22).
(11) Falta de respeto al liderazgo de la iglesia (Hebreos 13:17).
(12) Amor superficial hacia los hermanos (1 Juan 3:16-18).
(13) Frialdad en la ofrenda a Dios (2 Corintios 9:6-7).
(14) Falta de compromiso espiritual con Dios (Lucas 9:23) y
(15) Falta de amor profundo por Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo (Mateo 22:37; Juan 14:15).

La obra de la iglesia ha sido grandemente afectada de manera negativa por causa de miembros que practican las actitudes antes mencionadas. Muchas congregaciones están perdiendo miembros e incluso han llegado al punto de cerrar sus puertas debido a la indiferencia espiritual de muchos (Oseas 4:6). La indiferencia debilita la iglesia, apaga el celo espiritual y deshonra el nombre de Cristo (Apocalipsis 2:4).

¿Qué se puede hacer ante este grave error? En primer lugar, se deben reconocer los daños serios que se causan a la obra del Señor (Salmo 51:3). En segundo lugar, se debe recordar con seriedad el compromiso que tenemos con Dios (Filipenses 1:21; Mateo 6:33; Romanos 14:8). En tercer lugar, se debe aumentar cada día el amor profundo por Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerzas (Marcos 12:30). En cuarto lugar, se debe evitar a toda costa la práctica de las quince manifestaciones de indiferencia señaladas en este artículo. En quinto lugar, se debe recordar que la indiferencia espiritual puede provocar la pérdida eterna del alma (Apocalipsis 3:14-22; Mateo 16:26).

Este es un problema serio y debe evitarse a toda costa. Recordemos las palabras de Jesús a la iglesia en Laodicea: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16). Asimismo, el Señor exhorta diciendo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19). El cristiano fiel debe aprender de este ejemplo para no cometer el mismo pecado de indiferencia espiritual.

Nunca se debe buscar entristecer a la Deidad por causa de esta actitud pecaminosa (Efesios 4:30). La iglesia le costó un precio muy alto al Señor Jesucristo, pues Él la compró con Su propia sangre (Hechos 20:28). Su sacrificio debe motivarnos a ser diligentes, fieles y comprometidos en la obra que se lleva a cabo para la gloria de Dios (1 Corintios 15:58).

La iglesia de Cristo del primer siglo es un gran ejemplo de la fidelidad que debemos reflejar en nuestra vida cristiana. Aquellos hermanos perseveraban en la doctrina, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones, aun en medio de severas tribulaciones (Hechos 2:42; Hechos 8:1-4). Por lo tanto, debemos procurar imitar este ejemplo apostólico para que Dios sea siempre glorificado y Su obra sea bendecida por medio de un servicio diligente, ferviente y libre del pecado de la indiferencia (Mateo 5:16).

“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

El chisme entre los miembros

Willie A. Alvarenga

Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es el chisme. Aunque algunos lo consideran un pecado “pequeño”, las Escrituras lo presentan como una conducta destructiva y condenable, especialmente cuando se practica entre los miembros del cuerpo de Cristo.

El término chisme ha sido traducido de diferentes maneras en las versiones bíblicas. Por ejemplo, La Biblia de las Américas lo traduce como “calumnia”, mientras que La Biblia Textual utiliza el término “difamación”. Los léxicos y diccionarios bíblicos definen esta palabra como el acto de hablar mal de otra persona sin necesidad ni edificación, divulgando información —sea verdadera o falsa— que daña su reputación, siembra división y provoca conflictos. En esencia, la práctica del chisme busca perjudicar el buen nombre del prójimo.

Las Escrituras inspiradas tienen mucho que decir respecto a esta práctica pecaminosa:

  • Levítico 19:16
    “No andarás chismeando entre tu pueblo…”
  • Proverbios 11:13
    “El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo”.
  • Proverbios 16:28
    “El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos”.
  • 1 Timoteo 5:13
    “Y también aprenden a ser ociosas, andando de casa en casa; y no solamente ociosas, sino también chismosas y entremetidas, hablando lo que no debieran”.
  • Tito 2:3
    “Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras…”

Estos pasajes deberían motivar seriamente a los cristianos a rechazar la práctica del chisme. No solo se viola la voluntad de Dios, sino que también se perjudica injustamente la reputación de los miembros del cuerpo de Cristo. Cuando cristianos se reúnen —ya sea en hogares o en cualquier otro lugar— para hablar negativamente de un hermano o hermana, con el propósito de dañar su imagen, tal conducta no agrada a Dios.

Santiago, el hermano del Señor, advierte con firmeza:

Santiago 4:11

“Hermanos, no murmuréis los unos de los otros…”

El verbo “murmuréis” aparece en tiempo presente y modo imperativo, lo cual indica una prohibición continua. Dios demanda que esta práctica sea evitada en todo momento, no solo ocasionalmente.

El chisme perjudica a la iglesia porque, con frecuencia, se utiliza para dañar la reputación de personas que no están practicando el pecado. Lamentablemente, quienes propagan el chisme suelen encontrar oyentes dispuestos a creer sin verificar los hechos. Esto contradice el principio bíblico de justicia y prudencia (cf. Proverbios 18:13).

Tal como señala Proverbios 16:28, el chismoso aparta a los mejores amigos. En el contexto de la iglesia, esta conducta promueve la división, rompe la comunión y debilita la unidad espiritual del pueblo de Dios.

Por ello, el apóstol Pablo exhorta:

Efesios 4:29

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”.

El chisme no edifica, no restaura y no glorifica a Dios. En lugar de practicarlo, los cristianos deben comprometerse a hablar con verdad, amor y sabiduría, procurando siempre la edificación del cuerpo de Cristo y la honra del nombre del Señor.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

La hipocresía en el amor fraternal

Willie A. Alvarenga

Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado en gran manera a la iglesia del Señor es la hipocresía en el amor fraternal. El apóstol Pablo dirigió palabras muy claras a la iglesia en Roma cuando escribió:

“El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno” (Romanos 12:9).

La expresión “sin fingimiento” procede del término griego anupókritos, el cual denota aquello que es sin hipocresía, es decir, algo sincero, genuino y verdadero. Los léxicos coinciden en que este término describe una actitud libre de doblez y simulación. La Biblia Traducción en Lenguaje Actual traduce este pasaje diciendo: “Amen a los demás con sinceridad”, mientras que la Nueva Traducción Viviente declara: “No finjan amar a los demás; ámenlos de verdad”. Cada una de estas traducciones resalta la gran verdad de que el amor que debe practicarse entre los hermanos no puede ser fingido, sino auténtico y constante.

El supremo ejemplo de amor que encontramos en las Escrituras es el de Dios y Su Hijo, Jesucristo. El amor de Dios hacia la humanidad jamás ha sido fingido, sino siempre real, sacrificial y fiel. De la misma manera, el amor de Jesús hacia Sus discípulos fue verdadero y constante. Por ello, el Señor los exhortó diciendo:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado…” (Juan 13:34–35).

CONSECUENCIAS DE LA HIPOCRESÍA EN EL AMOR FRATERNAL

Las consecuencias de practicar un amor lleno de hipocresía son graves y peligrosas. En primer lugar, quien practica la hipocresía se engaña a sí mismo, pues no está poniendo en práctica lo que la Palabra de Dios enseña. Santiago advierte claramente sobre este autoengaño espiritual (Santiago 1:22–25).

En segundo lugar, el que ama con hipocresía no ha conocido verdaderamente a Diosporque Dios es amor, y Su amor es genuino y sin doblez (1 Juan 4:8).

En tercer lugar, todo aquel que practica un amor fingido no anda en el camino de la vida eterna, sino que se expone al juicio divino. El apóstol Juan afirma que el odio, aun cuando se disfraza de amor, coloca al individuo fuera de la comunión con Dios (1 Jn. 3:14–15).

CÓMO SE LASTIMA LA CAUSA DE CRISTO

La causa de Cristo también se ve seriamente afectada cuando hermanos y hermanas no practican un amor sincero. En primer lugar, se presenta un mal ejemplo dentro de la iglesia del Señor. Algunos piensan que su hipocresía pasa desapercibida, pero en la mayoría de los casos la congregación puede percibir claramente cuando el amor es fingido.

En segundo lugar, los inconversos observan la incoherencia entre la profesión cristiana y la conducta diaria. La hipocresía, la acepción de personas y la falta de amor genuino se convierten en grandes obstáculos para que otros deseen obedecer el evangelio. Jesús exhortó a Sus seguidores a vivir de tal manera que glorificaran a Dios delante de los hombres (Mateo 5:16).

EXHORTACIÓN FINAL

Se hace un llamado urgente y diligente al pueblo de Dios a no permitir jamás que el amor fingido forme parte de nuestra vida cristiana. Debemos esforzarnos por amar a nuestros hermanos con sinceridad, pureza y constancia. Cuando este amor genuino se practica, la iglesia del Señor se fortalece y presenta un testimonio poderoso ante el mundo.

Recordemos que todos los cristianos somos exhortados a ser imitadores de Dios y de Cristo, andando en amor, así como Él nos amó (Efesios 5:1–2; 1 Corintios 11:1). Que Dios, en Su gracia y misericordia, nos ayude siempre a vivir este amor verdadero en nuestra vida diaria.

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

El abandono de la causa de Cristo

Willie A. Alvarenga

Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado gravemente a la iglesia del Señor es el abandono de la causa de Cristo. Esta conducta no es nueva, pues la Escritura nos presenta ejemplos claros de quienes, por diversas razones, decidieron apartarse del compromiso con el Señor y Su obra.

Un caso notable es el de Demas. En 2 Timoteo 4:10 leemos:

“Porque Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica; Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia”.

El verbo “desamparado” implica el acto de dejar, abandonar o desatender. El léxico BDAG lo define como abandonar a una persona, dejándola sin cuidado o apoyo. Esto fue exactamente lo que Demas hizo con el apóstol Pablo y, en consecuencia, con la causa de Cristo. Su amor por el mundo (cf. 1 Jn. 2:15–17) lo llevó a tomar una decisión que tuvo serias implicaciones espirituales.

El capítulo 4 de 2 Timoteo presenta varios eventos que evidencian momentos de profundo desánimo en la vida del apóstol Pablo. En el versículo 10, Demas lo abandona; en el versículo 14, Alejandro el calderero le causa muchos males; y en el versículo 16, Pablo declara que en su primera defensa “ninguno estuvo a su lado”. Sin duda, estas acciones no solo afectaron emocionalmente a Pablo, sino que también perjudicaron la obra del Señor.

No obstante, Pablo afirma con confianza que hubo alguien que jamás lo desamparó: el Señor. En 2 Timoteo 4:17–18 declara que el Señor estuvo a su lado y lo fortaleció. Esta verdad armoniza con promesas como Hebreos 13:5 (“No te desampararé, ni te dejaré”) y Mateo 28:20 (“Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”).

Ante este panorama, surge una pregunta importante:
¿Por qué el abandono de la causa de Cristo perjudica gravemente la obra del Señor? Consideremos las siguientes razones:

1. Provoca que la obra del Señor sea blasfemada

Cuando los cristianos abandonan su compromiso, el nombre de Dios es deshonrado. Romanos 2:24 afirma:

“El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros”.
Además, Jesús enseñó que nuestras buenas obras deben glorificar a Dios (Mt. 5:16). La infidelidad produce el efecto contrario.

2. Reduce la fuerza necesaria para la evangelización y el trabajo de la iglesia

La obra del Señor requiere cooperación y compromiso. En el primer siglo, la iglesia creció porque todos trabajaban unidos (Hch. 2:42–47; 4:32). Cuando algunos abandonan la causa de Cristo, el avance del evangelio se dificulta (cf. 1 Cor. 3:6–9).

3. Da un mal ejemplo a los recién convertidos

La apostasía y la indiferencia espiritual proyectan un ejemplo negativo de inconstancia y falta de amor por Cristo. Pablo exhortó a Timoteo a ser “ejemplo de los creyentes” (1 Tim. 4:12). Un mal ejemplo puede hacer tropezar a los más débiles en la fe (cf. Rom. 14:13; 1 Cor. 8:9).

4. Impide que Dios sea glorificado

Dios es glorificado cuando Su pueblo vive en obediencia y fidelidad (Jn. 15:8; Fil. 1:11). La indiferencia espiritual y la infidelidad conducen a la pérdida de la esperanza eterna (Heb. 3:12–14; Ap. 2:10), lo cual resalta la gravedad de este asunto.

El pueblo de Dios es exhortado a perseverar fielmente en la causa del Señor (1 Cor. 15:58; Gál. 6:9). Dios ha provisto todo lo necesario para una vida piadosa (2 Pedro 1:3). Por lo tanto, debemos procurar con diligencia vivir fielmente, para que, al final de nuestra carrera, podamos entrar en la gloria preparada para los que aman y permanecen en Cristo (2 Tim. 4:7–8; Ap. 21:7).

PRÁCTICAS QUE LASTIMAN LA IGLESIA DEL SEÑOR

La comunión con falsos maestros 

Willie A. Alvarenga

Otra práctica peligrosa que, a través de los siglos, ha lastimado en gran manera a la iglesia del Señor es la comunión con falsos maestros. Un falso maestro es aquel que ha tergiversado la enseñanza correcta y verdadera de las Escrituras (cf. 2 Pedro 3:16-17). La palabra “tergiversado” denota el acto de distorsionar, mal representar o malinterpretar algo. La Biblia advierte repetidamente acerca de la presencia de tales hombres entre el pueblo de Dios. Por ejemplo, el apóstol Pedro declaró que, así como hubo falsos profetas entre el pueblo, también habría falsos maestros entre los cristianos (2 Pedro 2:1). Asimismo, el apóstol Pablo advirtió que algunos hablarían cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos (Hechos 20:28-30).

Entre las características de los falsos maestros se encuentran: (1) Introducen enseñanzas erróneas contrarias a la verdad de Dios (2 Pedro 2:1), (2) Engañan con palabras persuasivas y halagadoras (Colosenses 2:4; Romanos 16:17-18), (3) Buscan el provecho personal y explotan a otros por avaricia (2 Pedro 2:3; 1 Timoteo 6:3-5), (4) Dividen a la iglesia del Señor causando tropiezos (Romanos 16:17; Judas 19), (5) Desvían a las personas de la verdad de Dios (Gálatas 1:6-7; Hechos 20:28-30), (6) Aparentan piedad y fidelidad a Dios, pero niegan el poder de ella (Mateo 7:15; 2 Timoteo 3:5), (7) Enseñan doctrinas de hombres en lugar de la Palabra de Dios (Mateo 15:8-9; 1 Timoteo 4:1-2). La lista de características de un falso maestro podría continuar, ya que son muchas; sin embargo, es imperativo que el pueblo de Dios las conozca y procure no ser engañado por estas personas (1 Juan 4:1).

El problema grave surge cuando varios hermanos que profesan ser seguidores de la sana doctrina mantienen comunión con aquellos que poseen las características ya mencionadas. Lamentablemente, muchos en la actualidad están más enfocados en mantener amistades y relaciones con aquellos que no andan conforme a la verdad de Dios. Muchos están más interesados en ser reconocidos por ellos que por el Señor. Esta clase de actitudes constituye una violación directa de lo que Dios prohíbe. Por ejemplo, el apóstol Pablo exhortó a la iglesia en Éfeso a no tener comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien a reprenderlas (Efesios 5:11). El apóstol también exhortó a la iglesia en Roma a tener cuidado con aquellos que procuraban causar divisiones y tropiezos contra la doctrina verdadera que habían recibido, y a apartarse de ellos (Romanos 16:17-18).

De igual manera, el apóstol Juan enseñó claramente que no se debe recibir ni dar bienvenida a quienes no permanecen en la doctrina de Cristo (2 Juan 9-11). El hacerlo, dice el texto, implica participar en sus malas obras. Estas enseñanzas muestran que Dios espera que su pueblo mantenga una clara separación doctrinal del error. Sin embargo, parece que a muchos no les importa predicar en el mismo programa donde también predican falsos maestros, ni compartir plataformas que dan legitimidad al error. Hermanos, esto no debería ser así.

¿De qué forma perjudica a la iglesia del Señor el tener comunión con falsos maestros? En primer lugar, se presenta un patrón erróneo que sugiere que es correcto mantener comunión con aquellos que andan en el error. Miembros débiles en el Cuerpo de Cristo podrían pensar que tal práctica es aceptable, cuando en realidad no lo es (1 Corintios 8:9-13). En segundo lugar, la Palabra de Dios se ignora cuando se busca comunión con falsos maestros. Ya se ha observado cómo la Palabra de Dios prohíbe la comunión con el error (2 Tesalonicenses 3:6, 14-15). Por ende, se debe evitar a toda costa practicar esto. En tercer lugar, la reputación de la iglesia del Señor se mancha ante aquellos que pueden llegar a pensar que Dios aprueba el error y a quienes lo promueven (1 Tesalonicenses 5:22). En cuarto lugar, tal comunión debilita el compromiso con la sana doctrina y puede llevar gradualmente a la tolerancia del error (2 Timoteo 4:3-4).

Es tiempo de que muchos en el pueblo de Dios, especialmente algunos predicadores, abran sus ojos y dejen de pensar que el ecumenismo es bíblico. La verdadera unidad en la iglesia no se logra apoyando el error ni a quienes lo promueven. La unidad verdadera siempre debe procurarse sobre la base de la doctrina correcta y verdadera de Dios (Efesios 4:1-6; Tito 2:1; 2 Timoteo 1:13). La iglesia será gravemente lastimada si esta comunión con el error continúa creciendo. Por lo tanto, el pueblo de Dios debe contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Judas 3) y mantenerse firme en la doctrina de Cristo (Hechos 2:42). Sólo así la iglesia podrá permanecer fiel al Señor y proteger la pureza de su enseñanza.